jueves, 29 de septiembre de 2016

CACHEMIRA: India lanza "ataques quirúrgicos" en la frontera con Pakistán. 4º ESO

EL MUNDO Internacional
Paramilitares indios junto a una mujer en la región de Cachemira. AFP


Tras dos semanas de acusaciones mutuas, la situación en la frontera entre India y Pakistán se encuentra al rojo vivo después de que el Ejército indio haya llevado a cabo "ataques quirúrgicos" en la Línea de Control que divide ambos países en la región de Cachemira. Pakistán confirma que dos de sus soldados han muerto en los enfrentamientos.
"India realizó ataques quirúrgicos anoche a través de la Línea de Control para salvaguardar nuestra nación", ha dicho el teniente general Ranbir Singh, director general de las operaciones militares indias, que ha asegurado que se trataba de una operación antiterrorista que "ha causado bajas significativas a los terroristas y a quienes intentan protegerles".
En una rueda de prensa en Delhi, Singh ha señalado que el ataque tuvo lugar tras recabar "información muy específica y creíble" sobre el posicionamiento de grupos terroristas que supuestamente estaban "esperando para infiltrarse en el país y atacar". Según el teniente general, India ha hablado con Pakistán y no tiene intención de lanzar más ataques de ese tipo, si bien no se conocen detalles de cómo se llevó a cabo la operación.
Pakistán niega los "ataques quirúrgicos"
El Ejército de Pakistán ha confirmado que dos de sus soldados han muerto en un enfrentamiento en la frontera, pero asegura que no se trató de ningún "ataque quirúrgico", sino del habitual "fuego transfronterizo" que mantienen en ocasiones ambos países.
"La idea de un ataque quirúrgico relacionado con supuestas bases terroristas es una ilusión generada deliberadamente por India para crear falsos efectos", ha replicado el Ejército paquistaní en un comunicado en el que señala que sus tropas respondieron al "fuego injustificado" indio durante casi seis horas a lo largo de la Línea de Control. Islamabad quiere "dejar claro" que "si hay un ataque quirúrgico en suelo paquistaní, será respondido con fuerza".
En todo caso, el primer ministro paquistaní, Nawaz Sharif, ha condenado la "brutal y no provocada agresión" de India, afirmando: "Nuestra intención de paz no debe confundirse con debilidad ya que nuestras valientes fuerzas son capaces de defender nuestra integridad territorial".
India, que denuncia que en lo que va de año se han producido casi una veintena de intentos de infiltración de insurgentes a través de la frontera, acusa a Pakistán de dar cobijo a terroristas que operan en su territorio. La tensión histórica entre ambos países se disparó recientemente tras el ataque a una base militar en Uri, en la Cachemira india, donde murieron 19 soldados.
Ese ataque fue perpetrado de madrugada por cuatro supuestos insurgentes. Delhi asegura que el asalto se preparó en suelo paquistaní y culpa a las autoridades de ese país de ayudar a los grupos armados, unas acusaciones que Islamabad rechaza y califica de "infundadas e irresponsables".
Fuego cruzado de acusaciones
Ambos potencias nucleares se disputan la región de Cachemira desde 1947 y han librado al menos dos guerras y numerosos conflictos menores. Existe un alto el fuego en la Línea de Control desde 2003, pero se ha roto en incontables ocasiones bajo un interminable fuego cruzado de acusaciones.
En los últimos días, tras el ataque de Uri, se ha ido intensificando el tono de sus declaraciones. Primero India llamó "Estado terrorista" a su eterno enemigo y luego Pakistán reafirmó que está listo para responder como sea ante cualquier amenaza. En su discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas, la ministra india de Exteriores, Sushma Swaraj, cargó duramente contra el país vecino, al que aconsejó que "abandonase el sueño" de hacerse con el territorio de Cachemira ayudando a grupos insurgentes.
El Gobierno indio quiere "aislar" a su vecino del mundo por la vía diplomática, ya que sostiene que la comunidad internacional no puede ser aliada de un país que "exporta terroristas". El último paso en este sentido ha sido el aplazamiento (sin nueva fecha) de la cumbre de la Asociación para la Cooperación Regional del Sur de Asia (SAARC), después de que Bangladesh, Bután, Nepal y Afganistán se uniesen a la negativa de India de acudir a la cita en Islamabad en noviembre.
Pakistán afirma que, con estos movimientos, India "busca desviar la atención de sus atrocidades en Cachemira", en palabras del jefe de la Diplomacia paquistaní, Sartaj Aziz, a Efe. Esa región del norte de India atraviesa desde hace tres meses una crisis profunda, sumergida en unas protestas diarias que llevan más de 80 muertos y 10.000 heridos.

Pandora, el enorme cúmulo que deforma el espacio-tiempo. 1º ESO

Esta formación tiene una gravedad tan intensa que provoca el efecto de «lente gravitacional», en el cual el espacio-tiempo se curva y los rayos de luz distorsionan el fondo como si hubiera una lente delante de la imagen.
Pinchando en el enlace se accede a la noticia.



El enemigo obeso de Carlos V al que sus kilos le impidió escapar de los Tercios españoles. 2º ESO

ABC Historia

Tras ser derrotado en Mühlberg, Juan Federico I de Sajonia trató de huir al galope del Emperador. Sin embargo, sus kilos de más acabaron cansando a su caballo. Tras ser interceptado y luchar valientemente, fue apresado durante cinco años.

Juan Federico I - ABC

Un hombre que atesoraba una gran cantidad de títulos sobre sus anchas espaldas y que, curiosamente, destacaba en el campo de batalla -además de por su habilidad con la espada- por ser sumamente obeso. La figura de Juan Federico I (Elector de Sajonia y Duque de Sajonia-Wittenberg, entre otros cargos) ha sido olvidada por el tiempo debido a su escasa importancia política. Sin embargo, la Historia sí recuerda que sus excesivos kilos le terminaron costando 5 años de cautiverio. Y es que, mientras trataba de huir a caballo después de haber sido derrotado en la batalla de Mühlberg por las tropas deCarlos V -entre las que había soldados de los Tercios españoles-, su montura acabó extenuada por su peso y se detuvo. Un contratiempo que hizo que fuera capturado por los hombres del Emperador después de una heroica lucha.
Hoy hemos decidido recuperar la historia de Juan Federico después de que,el pasado 24 de abril, se celebrase el aniversario de la batalla de Mühlberg. Sin embargo, para llegar hasta esa contienda es necesario señalar primero que nuestro protagonista -nacido en 1503- logró empezar a tener importancia para los escribas cuando se reunió junto a otros nobles alemanes en la ciudad de Esmalcalda en 1530. Y es que, allí decidieron enfrentarse al Emperador Carlos V (quien había logrado unificar bajo su cetro, entre otras regiones, Austria, Alemania, parte de Italia, Bélgica y España) reivindicando su derecho a elegir el protestantismo como su religión. Así fue como, en los años siguientes, la conocida como «Liga de Esmalcalda» empezó a plantar cara a las tropas imperiales y a sus ejércitos a base de espada, pica y arcabuz.

Primeros movimientos

Tras multitud de contiendas (y de derrotas) en el año 1547 los protestantes decidieron enfrentarse por enésima vez al Emperador. En este caso, no obstante, lo hicieron bajo las órdenes de nuestro orondo protagonista, el príncipe elector de Sajonia Juan Federico I. Por entonces este noble alemán lucía una barba densa, un bigote escaso y un pelo bastante corto.
Al menos, así lo muestra el artista Tiziano en un retrato que le hizo allá por 1548. Una pintura, por cierto, en la que fue bastante benévolo mostrando los «kilitos extra» que tenía este noble. Independientemente de su figura, lo cierto es que logró reunir un ejército de entre 20.000 y 25.000 infantes y de -aproximadamente- 5.000 jinetes para hacer válidos los derechos de la Liga. Una idea feliz que terminó enfadando más de lo deseable a Carlos V, quien reunió a sus hombres y les hizo marchar sobre la misma Sajonia para acabar a tortazo vivo con aquellos rebeldes.

Juan Federico
Juan Federico- Wikimedia

A finales de marzo, Carlos en persona se lanzó contra los protestantes y, al final, les dio caza en Mühlberg (un pequeño pueblo ubicado en la orilla derecha del Elba). Para desgracia del elector, sus fuerzas habían sumaban entonces 6.000 infantes y 3.000 caballeros, mientras que las imperiales eran de 20.000 hombres a pie y 6.000 jinetes.
No obstante, lo cierto es que tuvo algo de suerte, pues la providencia hizo que los hombres del Emperador (que contaba en sus filas con oficiales de la importancia del mismísimo Duque de Alba) llegasen al pueblo desde la orilla contrario del río. Es decir, que se veían obligados a cruzar el Elba si querían dar de tortazos a los protestantes. Por ello, Juan Federico dio órdenes de quemar todos los puentes por los que pudieran pasar sus enemigos y ubicó varias unidades de arcabuceros cerca del cauce. El objetivo estaba claro:aplastar bajo un tormenta de plomo a todo aquel imperial que tuviese el naso de tratar de atravesar aquella corriente de agua mientras se preparaba para la contienda.

De carro, a caballo

Aquel día (curiosamente el de su mayor derrota) el elector prefirió hacer algunos cambios en su forma de entrar en batalla. De esta forma -tras embutirse en su armadura tamaño XXL, ponerse un cinto del mismo tamaño y armarse con su espada- consideró que la ocasión tenía la suficiente importancia como para plantar batalla de la forma más digna posible.
Así lo afirma, al menos, el soldado Diego Núñez de Alba (contemporáneo del elector y combatiente en el Tercio de Nápoles) en sus «Diálogos de la vida del soldado»: «Juan Federico, aunque por ser muy gordo acostumbraba a andar siempre en un carro, aquel día andaba en un caballo mediano y doblado, que se hacía siempre traer junto al carro». Desconocemos la fuerza del jamelgo, pero atendiendo a los cuadros que quedan de este militar asumimos que debía tener bastante como para aguantar el peso combinado de su jinete y la armadura de este.

El Emperador, en Mühlberg
El Emperador, en Mühlberg

Nuestro compañero César Cervera da en su próximo libro («El imperio de los chiflados» -editado por «La esfera de los libros»-) una interpretación de por qué el elector prefirió dejar a un lado su carro en aquella contienda: «En Mühlberg prefirió regalar al mundo una escena que suponía heroica, pero que más bien era surrealista. Frente al heroico Carlos, que ya por entonces estaba gotoso pero mantenía su dignidad imperial, se interpuso el regordete y dicharachero protestante».
No obstante, aquella imagen valerosa le duró poco. Concretamente, se extendió hasta que -ese 24 de abril- una avanzadilla de las fuerzas de Carlos V logró cruzar el Elba y se abalanzó sobre sus tropas. En ese momento Juan Federico, con su obesa figura encima de un jamelgo que apenas podía sostenerle, ordenó a la caravana de intendencia de su ejército y a sus cañones retirarse.

Una cruel derrota

Después de horas de batalla, la suerte se tornó esquiva con nuestro elector. Y es que, una buena parte del ejército imperial logró atravesar también el río y plantarse frente a sus huestes. Para entonces la batalla ya estaba perdida, pues la vanguardia enemiga (de unos dos millares de jinetes) ya había causado estragos entre sus tropas.
Y eso, a pesar de que el grueso del contingente del «César» (como era conocido Carlos) todavía no había logrado cruzar el Elba para plantar batalla. Juan Federico llamó entonces a la retirada general para evitar una masacre. Con todo, mientras ponía pezuñas en polvorosa junto a su caballo (a eso de las seis de la tarde) aún le dio tiempo a ordenar a su caballería pesada que hiciese una última carga contra sus equivalentes cristianos y a algunas unidades de infantería que cubriesen la huida del resto.

Juan Federico
Juan Federico- Wikimedia

«Habiendo ya empezado a anochecer, tuvo lugar en el paraje denominado Blachfeld (al noroeste de Falkenberg) el choque entre las caballerías rivales: dos escuadrones de hombres de armas ernestinos [protestantes] cargaron contra los perseguidores y lograron incluso hacerles retroceder, pero al ordenárseles reagruparse sufrieron la embestida de la caballería del Duque de Alba y de Mauricio de Sajonia [aliado imperial], siendo completamente batidos y dispersados», explica el historiador Mario Díaz Gavier en su obra «Mülberg, 1547».
Este ataque desmoralizó totalmente a la infantería que cubría la retirada del contingente principal, que salió por piernas al ver como las tropas imperiales habían masacrado a sus compañeros. Los jinetes del «César» hicieron entonces estragos entre los hombres de Juan Federico. El cronista Bernabé de Bustos define de esta forma aquella barbarie: «Anduvieron gran rato entre los enemigos y los siguieron más de tres leguas dando cuchilladas a diestro y siniestro matando cuantos topaban con ellos».

Atrapado por su peso

Con su ejército en desbandada, Juan Federico decidió que la escasa honra que todavía le quedaba no merecía ser guardada y salió a galope tendido sobre su jamelgo en dirección norte. Pero lo que no sabía es que, para entonces, el caballo ya estaba tan cansado por soportar su peso y el de su armadura, que no tardó en desfallecer y perder velocidad.
«Su obesa figura (y la armadura talla extra grande destinada a protegerla) era demasiada carga para su sufrido frisón. En el bosque de Schweinert (dos kilómetros al nordeste de Falkenberg) Juan Federico fue interceptado y por una partida de caballería imperial», explica Gavier. Sin montura (o carro) sobre el que escapar de los hombres de Carlos, y sin aliados que le defendiesen del enemigo, el elector se dispuso entonces a vender cara su vida a base de espadazos. Desenfundó y combatió como si le fuera la vida en ello.
«Su obesa figura (y la armadura talla extra grande destinada a protegerla) era demasiada carga para su sufrido frisón»
De esta forma recuerda Nuñez de Alba aquellos instantes tan tensos: «Puesta muy animosamente mano a su estoque, se defendía lo mejor que podía; un caballo ligero le hirió en el rostro; más nunca se supo quien era; ora lo matase el allí, ora se perdiese después en el alcance». En palabras de Gavier, ofreció un combate sumamente digno hasta que fue desarmado.
«Después llegaron entre otros un capitán de infantería española y un hombre de armas español, y le sacaron el estoque de las manos, y el, viéndose perdido, dijo que se rendía al emperador», añade el cronista. Al final, fue capturado por Thilo von Trotha, uno de los caballero de Mauricio de Sajonia. Para entonces su rostro lucía una fea herida en la mejilla izquierda que sangraba considerablemente. Por su parte, su captor no tardó en entregarle al Duque de Alba, quien portaba unas armas doradas y blancas y que, según el cronista Luis de Ávila y Zúñiga, «venía lleno de sangre de las heridas que traía».

El cruel destino del elector

Llegada la noche, y con la batalla finalizada, Carlos V solicitó ver a su prisionero. Cuentan las crónicas que Juan Federico llegó a lomos de su caballo, chorreando sangre por la herida que tenía en la cara y totalmente extenuado la jornada. «Juan Federico, llegando donde estaba el Emperador, quisose arrojar del caballo [por respeto] para irle a besar las manos. Mas su majestad no le consintió que se apease, porque lo vio tan cansado y lleno de sangre que no tuvo tanto lugar en el enojo, que no lo tuviese mayor la clemencia y la piedad», explica Nuñez de Alba en su obra.
Minutos después se dio una situación sumamente tensa cuando el orondo elector se dirigió a Carlos como «Emperador invictísimo». Y es que, el «César» le respondió airado que llevaba toda la guerra llamándole solo «Carlos de Gante» y solicitando a todos que hiciesen lo mismo como una forma de desprestigiarle. «El Duque [elector] se enojó tanto con esto que menospreciando su fortuna, con ánimo más de vencedor que de vencido, le dijo que hiciese lo que quisiese y que en su poder estaba; y con un meneo de la mano y de la cabeza quiso demostrar en cuan poco temía perder su estado y su vida», completa el cronista. Aquella tensión solo terminó cuando el Emperador ordenò que se retirase. Su custodia le fue encargada a Alonso Vivas, maestre de campo del Tercio de Nápoles.
Hasta el cetro de nuestro rechoncho protagonista, Carlos le condenó a muerte. Sin embargo, el 5 de mayo varias personalidades del ejército imperial tales como el mismo duque de Alba o el elector de Brandemburgo solicitaron clemencia para él. El Emperador aceptó, aunque se tomó su ansiada venganza contra aquel rollizo enemigo.

Juan Federico I
Juan Federico I- Wikimedia

«El 18 de mayo de 1547, Juan Federico de Sajonia fue despojado de su electorado en su nombre y en el de sus sucesores. Además, tuvo que entregar por obligación sus ciudades y fortalezas de Wittemberg Gotha. Se le condenó también a liberar al marqués de Brandemburgo y a los duques de Braunschweig, padre e hijo, y a devolverles todos sus bienes, países y estados. Sus propiedades fueron entregadas al rey de Romanos y a Mauricio de Sajonia, al que se obligó a pagar a sus hijos una renta anual», explica el historiador Juan Antonio Vilar Sánchez en su obra Carlos V. Emperador y hombre».
A su vez, se le impuso el castigo de estar bajo una curiosa «prisión»: residir en la corte de Carlos hasta que el Emperador considerase oportuno. Eso sí, logró mantenerse firme en lo que se refiere a la religión. Al menos, así lo afirma el divulgador histórico José Miguel Carrillo de Albornoz en su libro «Carlos V. La espada de Dios»: «En materia de fe, Juan Federico I de Sajonia no se movió ni un ápice. […] Si querían matarlo por ello, que lo hicieran». Su resolución fue tal que asombró al mismísimo «César».
Al final, nuestro orondo Juan Federico fue liberado en 1552, después de algunas derrotas de Carlos V. «Juan Federico de Sajonia fue liberado y rehabilitado y se dictaminó que cada soberano príncipe o consejero podría elegir libremente su religión», señala Michel Péronnet, licenciado en Historia, en su obra «El siglo XVI. De los grandes descubrimientos a la contrarreforma». Con todo, lo que podemos afirmar de forma segura es que al elector no le habría venido nada mal contar con unos kilitos de menos, ya que eso le habría permitido evitar un cautiverio de varios años.

«La endogamia destruyó a los Austrias y los convirtió en unos desgraciados». 2º ESO

César Cervera publica el libro «Los Austrias. El imperio de los chiflados» (La Esfera de los Libros), un análisis de la vida privada de esta dinastía.
Pinchando en el enlace se abre la noticia.

Las batallas más épicas de los Tercios, los soldados que morían a pica y arcabuz por España. 2º ESO

Repasa las contiendas más destacables de estas unidades del siglo XVI y XVII y la vida de sus oficiales más heroicos.
Pinchando en el enlace se despliega la noticia.

La batalla de Bicocca, la infantería española de Carlos V aplasta la fama de los imbatibles piqueros suizos. 2º ESO

ABC HISTORIA
CÉSAR CERVERA

La facilidad con la que los españoles vencieron ha dado lugar a una expresión popular: una bicoca es algo sumamente fácil, o de escaso valor. Las tropas de Carlos V apenas registraron bajas, frente a los más de 3.000 suizos muertos.
Mala guerra, de Hans Holbein «el Joven» - Wikimedia

A principios del reinado de Carlos I de España y V de Alemania, el ambicioso rey francés vio la ocasión perfecta de apropiarse de la mayoría de los reinos italianos. Tal vez cada noche ante el espejo se decía que la juventud y la inexperiencia de su rival debía ser su perdición. O al menos esa es la única razón posible a tanta cerrazón. La guerra resurgía de forma cíclica cada vez que Francisco I de Francia lograba fondos para levantar un nuevo ejército, aunque casi siempre con un mismo desenlace. Dos derrotas casi seguidas, Bicocca y Pavía, demostraron al galo que, aunque Carlos era joven, contaba con temple y estaba respaldado por una brillante generación de consejeros y militares.
En ese momento se les consideraba la mejor infantería mercenaria de Europa; y eran la mejor baza con la que contaba Francisco I.
La facilidad con la que los españoles vencieron en Bicocca, de hecho, ha dado lugar a una expresión popular: una bicoca es algo sumamente fácil, o de escaso valor. Y como siempre en esa eterna guerra italiana, todo aquel desastre empezó por un exceso de confianza francés. Tras ser desalojados de MilánParma recientemente, los franceses se propusieron a principios de 1522 recuperar el terreno perdido con la ayuda de un gigantesco ejército de mercenarios suizos, cuya habilidad con las picas habían revolucionado los campos de batalla europeos. En ese momento se les consideraba la mejor infantería mercenaria de Europa; y eran la mejor baza con la que contaba Francisco I.

Lautrec contra Colonna, la oveja contra el zorro

Como relata Antonio Muñoz Lorente en su excepcional libro «Carlos V a la conquista de Europa» (Nowtilus, 2015), «el 10 de febrero de 1522 los suizos asomaron por Bellinzona y ocho días después la totalidad de los 16.000 hombres contratados se concentraron en Gallarate». Se dirigían todos a recuperar Milán, entre ellos la infantería gascona dirigida por el español Pedro Navarro, un antiguo oficial de los ejércitos del Gran Capitán que había cambiado de bando. En total, incluyendo mercenarios, franceses y venecianos, se contaban 28.000 infantes. Al frente de este ejército francés estaba Odet de Cominges, Vizconde de Lautrec, el hombre que iba a servir la victoria española en bandeja.
Retrato del Vizconde de Lautrec
Retrato del Vizconde de Lautrec
Los españoles por su parte contaban en su dirección con Prospero Colonna, un condotiero italiano, veterano en decenas de batallas y conocedor de los pormenores de la guerra en Italia. Suya fue la decisión de alistar dos regimientos de lansquenetes, mercenarios alemanes, cuando los suizos le comunicaron que no habría más levas ese año. Abriéndose paso a través de un invierno terrible, los alemanes contactaron con las huestes de Colonna el 21 de febrero y el ejército imperial al completo se replegó hacia Milán. Allí reforzó las defensas y multiplicó el cerco al castillo de la ciudad donde seguía resistiendo una pequeña guarnición francesa.
Lautrec intentó cercar Milán, aunque la nieve impedía mover los cañones y los suizos no estaban hechos para cavar. El asedio se quedó en amago, por lo que el ejército francés se desplazó a los alrededores de Pavía con la intención de que sus acciones de saqueo hicieran sacar a Colonna de su guarida. El general francés se pasó seis semanas en Cassino sin apenas realizar nuevas maniobras.
A esas alturas de campaña lo único que estaba claro, y así lo reseña Antonio Muñoz en el citado libro, es que los suizos estaban dictándo lo que debía hacer a Lautrec, en vez de ser el comandante el que ordenaba a sus hombres. Le habían obligado primero a lanzarse a por Milán, luego se habían negado a cavar y ahora le habían condenado a semanas de inactividad solo por el saqueo.

Una estrategia impuesta por los chantajes

Mientras los franceses estaban parados, las fuerzas imperiales lograron reforzarse con un pequeño contingente a cargo de Francesco Sforza, aliado de Carlos V, de las tropas papales de Francesco Gonzaga y de las españolas del riojano Antonio Leyva. Hostigado por varios frentes, los franceses tuvieron que esperar a la llegada del buen tiempo para poder aumentar ellos sus fuerzas. Con la llegada el 4 de abril de las Bandas negrasy de su mítico capitán, Giovanni de Médici (protagonista de la película de culto «El oficio de las armas»), se completó el tablero de los participantes de la batalla de Bicocca.
Retrato de Prospero Colonna
Retrato de Prospero Colonna
Lautrec acometió al fin el 9 de abril una acción de envergadura, asediar Pavía, pero ni siquiera era lo que quería hacer. De nuevo los suizos incluyeron en una decisión poco meditada. Es posible que Pavía no estuviera bien defendida, si bien el problema residía en que Prospero Colonna se encontraba apostado con sus tropas en Binasco a la espera de cerrar la pinza sobre su enemigo.
En cualquier caso, la única razón por la que el comandante francés había iniciado un asedio ante la atenta mirada española es porque los suizos llevaban semanas sin cobrar y las enfermedades habían matado a una quinta parte de sus hombres.
El 13 de abril Lautrec ordenó el asalto sobre la ciudad, prometiendo a los mercenarios el botín íntegro del saqueo. No obstante, éstos se negaron por tratarse de Domingo de Ramos. Y al día siguiente también se negaron a atacar porque, simple y llanamente, querían cobrar primero.
La indecisión francesa permitió a Colonna llegar al fin a los campos de Pavía. El enemigo le doblaba en número, pero no en inteligencia. Cuando los suizos clavaron en el suelo sus picas y se prepararon para el combate, el astuto zorro que había en Colonna supo que lo mejor que podía hacer era desesperar aún más al enemigo y retirarse de nuevo. No se equivocaba ni un pelo: coléricos, los suizos exigieron a Lautrec que los llevara cuanto antes al combate.
«¡Dinero, licencia o batalla!». De las tres opciones, un desesperado Lautrec eligió la que parecía la menos mala
El 20 de abril, el capitán Albert von Stein trasladó al francés las intenciones mercenarias: o había batalla o al día siguiente se marcharían. Solo ante la promesa de que cobrarían el doble y de la proximidad del convoy con nuevos fondos, los mercenarios accedieron a seguir bajo las filas galas.
También aquí Colonna respondió con astucia. Tras retrasar la llegada del convoy con el dinero todo lo que estuvo en su mano, el comandante imperial se trasladó a una posición bien defendida (tras un foso de un metro de profundidad y fortificado con estacas) entre Milán y Monzala Bicocca, y esperó cruzado de brazos a que los suizos retomaran el discurso de los ultimátum. Y así fue. Stein y otro mítico capitán suizo, Winkelried, exigieron a Lautrec entrar en combate: «¡Dinero, licencia o batalla!». De las tres opciones, un desesperado Lautrec eligió la que parecía la menos mala y ordenó un ataque el 27 de abril.

Los arcabuceros destrozan la fama suiza

Fieles a la confianza en sí mismo que les había hecho imbatibles en Europa, los mercenarios suizos alardearon ante los franceses de que no tendrían problemas en desalojar a la infantería hispano-alemana de su posición, por muy ventajosa que fuera. Evidentemente estaban lanzándose un farol, como poco. Las armas ligeras de fuego, arcabuces y mosquetes de posta, habían evolucionado tanto como para que los piqueros suizos ni siquiera tuvieran ocasión de chocar sus aceros.
Los dos mil arcabuceros españoles, italianos y alemanes se situaron en primera línea imperial y causaron una auténtica matanza entre los envalentonados «ordeñavacas» (la forma despectiva que usaban las otras naciones para dirigirse a los suizos). Asimismo, la compañía de lansquenetes y 8.000 piqueros españoles e italianos les esperaban atrás una vez superaran la lluvia de pólvora.
Pintura que muestra la huida desesperada de los mercenarios suizos en la batalla de Pavía. Bicocca y Pavía supusieron la pérdida de la imbatible moral suiza
Pintura que muestra la huida desesperada de los mercenarios suizos en la batalla de Pavía. Bicocca y Pavía supusieron la pérdida de la imbatible moral suiza
Originalmente, Lautrec había dispuesto que los suizos fueran secundados en su avance por arcabuceros venecianos y gendarmes franceses. Sin embargo, los mercenarios se arrojaron de forma suicida en dirección recta sin esperar a sus apoyos. Al sonido de los cuernos de Uridos gigantescos cuadros de cinco mil hombres cada uno avazaron compitiendo incluso entre ambas formaciones por ser el primero en llegar a la vanguardia imperial. El resultado fue desastroso: los cañones borraron del mapa a un millar de hombres antes de que llegaran al foso. Allí, en una zona fangosa y repleta de obstáculos, apenas un puñado de suizos logró escalar y batirse en batalla contra la infantería imperial.
Uno de ellos fue el propio Winkelried, que se topó de frente con el capitán de los lansquenetes, Georg von Frundsberg. Recordándole que en otro tiempo habían combatido juntos, el suizo afirmó
–Viejo compañero, ¿te encuentro aquí? ¿Has de morir por mi mano?
–¡Por Dios que no ha de ser así! –respondió el alemán–.
Winkelried murió a consecuencia del disparo de un arcabuz, así como la mayoría de los 3.000 suizos que perdieron la vida en aquella jornada. El resto huyó en mil direcciones.
Mientras se producía la mastodóntica huida, el otro plan ideado por los franceses también fracasó con estrépito. La caballería franco-italiana se internó en el corazón enemigo valiéndose de la treta de coserse cruces rojas en la ropa, que eran el distintivo de los ejércitos imperiales, pero fueron finalmente rodeados por miembros de la infantería española. Es por ello que ni siquiera fue necesario que interviniera la caballería española, al mando de Antonio de Leyva. La batalla fue un paseo triunfal.
Retrato de un capitán suizo vestido a la manera de los Reisläufer
Retrato de un capitán suizo vestido a la manera de los Reisläufer
Suiza perdió a un gran número de compatriotas ese día, mientras que los imperiales apenas sufrieron bajas. Se dice que solo hubo un muerto, pero no fue por un arma suiza sino por una coz de mula. No en vano, quebrar su fama era peor que la muerte en aquel siglo loco de militares románticos: «Las pérdidas sufridas en La Bicocca les afligieron de tal forma que ya no volvieron a mostrarse en los años que habían de seguir con el ardor de costumbre», afirmó el historiador Francesco Guicciardini sobre lo que verdaderamente extraviaron los suizos aquel día.
La principal ventaja para el Imperio español obtenida en la fácil victoria en Biccoca fue la sucesiva conquista de Génova. Colonna aprovechó la victoria para lanzarse a por esta ciudad de simpatías francesas, así como uno de los más importantes puertos mediterráneos. El 30 de mayo de 1522 cayó la ciudad y Francia sacó uno de sus últimos pies de Italia. La nueva ofensiva deFrancisco I había devenido en otro desastre.

Utrecht, el humillante tratado con el que España perdió Gibraltar. 2º-4º ESO

Aprovechando la firma del acuerdo de paz entre las FARC y el Gobierno colombiano, repasamos algunos «tratados imposibles» que detuvieron las hostilidades tras un dilatado período de guerra.
Pinchando en el enlace se abre la noticia.

Madrid dedicará un jardín al batallón ‘La Nueve’, que liberó París del nazismo. 4º ESO

EL PAÍS


El Ayuntamiento espera que la alcaldesa de París, la socialista Anne Hidalgo, presencie a la inauguración.


Madrid dedicará un jardín municipal a los combatientes de La Nueve, el grupo de milicianos, formado en casi su totalidad por republicanos ("mayoritariamente anarquistas", según reza la nota del Ayuntamiento) que participaron en la liberación de París de las tropas nazis en 1944. El pleno de distrito de Ciudad Lineal ha votado por unanimidad el proyecto y la junta de gobierno municipal, presidida por Manuela Carmena, también ha dado su visto bueno al homenaje a estos españoles que abrieron el paso a la liberación de la capital francesa al final de la segunda guerra mundial.
La portavoz del gobierno de Ahora Madrid, Rita Maestre, detalló que el homenaje a los combatientes se hará en un jardín actualmente sin nombre, ubicado en el número 128 de la calle Hermanos García Noblejas (una de las calles que aparece en el listado de propuestas del Comisionado de la Memoria Histórica para su sustitución por su vinculación con la época del franquismo).
Maestre reveló que el Consistorio espera contar en la inauguración del jardín con la alcaldesa de París, la socialista Anne Hidalgo. "Es una posibilidad", dijo la portavoz, mostrando su confianza para que la regidora francesa pueda asistir al evento. París reconoció el 3 de junio de 2015, en presencia del rey Felipe VI, el sacrificio de los combatientes españoles que entraron en París el 24 de agosto de 1944, bautizando un jardín adyacente al Ayuntamiento de la capital francesa como "Jardín de los combatientes de La Nueve".
Según explicó Maestre, la iniciativa, que no forma parte del paquete de medidas previstas para dar cumplimiento a la Ley de Memoria Histórica, sí tiene el beneplácito del Comisionado de la Memoria Histórica. En opinión de la portavoz, este homenaje va en reconocimiento del sacrificio de "los valerosos soldados españoles que contribuyeron a la liberación de París".
La Nueve fue una compañía formada en buena parte por combatientes españoles y republicanos que, bajo el mando francés, fue encargada de luchar para la liberación de París tras la ocupación nazi. Formando parte de la llamada División Leclerc, bajo el mando del general estadounidense George Patton, los combatientes desembarcaron en Normandía (Francia) en los primeros días de agosto de 1944 y marcharon hacia París, para liberarla a finales del mes de junio de ese año.