lunes, 28 de octubre de 2019

John Le Carré: “El Brexit es la mayor idiotez perpetrada por el Reino Unido”. Actualidad-3º-4º ESO

EL PAÍS BREXIT
Guillermo Altares

El novelista británico publica su nuevo libro, 'Un hombre decente', mientras muestra su indignación ante la salida de la UE.


John Le Carré, retratado en Deia (Mallorca) en agosto.  



Pregunta. Ha dicho en alguna ocasión que vio cómo se construía el Muro de Berlín cuando tenía 30 años, como se derribaba cuando tenía 60. ¿Se imaginó alguna vez la Europa en la que vivimos ahora y la crisis provocada por el Brexit?
Respuesta. Me parece algo impensable. Es sin duda alguna la mayor idiotez y la mayor catástrofe que ha perpetrado el Reino Unido desde la invasión de Suez [1956]. Para mí es un desastre autoinfligido, del que no podemos echar la culpa a nadie, ni a los irlandeses, ni a los europeos... Somos una nación que siempre ha estado integrada en el corazón de Europa. Podemos haber tenido conflictos, pero somos europeos. La idea de que podemos sustituir el acceso al mayor tratado comercial del mundo con el acceso al mercado estadounidense es terrorífica. La inestabilidad que provoca Donald Trump como presidente, sus decisiones de egomaniático… ¿Realmente nos vamos a poner a merced de eso en vez de continuar como miembros activos de la UE? Es una locura, es terrorífico y es peligroso. No me gusta políticamente, ni creo en ello económicamente y no lo entiendo. No entiendo cómo hemos llegado a esa situación en la que tenemos un Gobierno de Mickey Mouse de gente de segunda fila. El secretario [ministro] de Exteriores es alguien a quien realmente desprecio, nunca he conocido a esa gente, pero solo ha producido informes de segunda fila y es un hombre muy estúpido y un pésimo negociador. Eso es que lo pienso sobre esa situación.
P. “Cuando llegamos a una edad provecta los grandes espías nos ponemos a buscar las grandes verdades”, dice su personaje, George Smiley, al final de El legado de los espías, su anterior novela. ¿Eso es verdad también para los escritores?
R. Es verdad para mí. Conforme avanza la vida me he hecho más radical, más contrario a la guerra, desesperadamente preocupado por la ecología y el cambio climático. Tengo 14 nietos y 3 bisnietos y sus vidas están en peligro y la vida de la civilización. El planeta sobrevivirá, claro, pero no tengo claro que la humanidad lo consiga. Ha mencionado a Smiley al final de El legado de los espías. Es interesante para mí ahora retrospectivamente porque Smiley, por lo que sabemos, termina su vida en Alemania. Es allí donde le encontramos al final de aquella novela y este nuevo libro cuenta la historia de alguien a quien hay que sacar del Reino Unido. Ahora mismo es muy difícil ser un británico y un europeo. La demonización de Europa por esta horrible prensa británica parece imparable. Hay que recordar que el 80% de los medios británicos están en manos de oligarcas que viven en paraísos fiscales. ¿Quién se beneficia del Brexit? Es algo que no puedo entender. Si estás en un paraíso fiscal y puedes apostar contra la libra, si manejas fondos de inversión y ves por dónde sopla el viento, puedes hacer mucho dinero. ¿Es esto lo que les hace apostar por el Brexit a estos oligarcas de la prensa? Tenemos que recordar que tratamos con gente de segunda, empezando por Johnson. Me parece muy importante que los europeos comprendan eso. No es nuestra primera alineación, es nuestra tercera alineación.
P. ¿Qué piensa del nuevo acuerdo de salida alcanzado entre el Reino Unido y Bruselas?
"El nuevo acuerdo es una traición a Irlanda del Norte, una clavo más en el ataúd de la unión del Reino Unido"
R. Es una traición a Irlanda del Norte, un clavo más en el ataúd de la unión del Reino Unido. Lo interesante es lo que va a hacer ahora Boris Johnson, porque ha dado una respuesta de colegial al no querer firmar la carta a Bruselas. Es un niño haciéndose pasar por primer ministro. Lo principal es evitar que se produzca una salida sin acuerdo y en eso apoyo las medidas que ha tomado el Parlamento de pedir una nueva prórroga.
P. Este verano pensaba que existía una remota posibilidad de que la salida se hiciese imposible y que hubiese un nuevo referendo. ¿Ha perdido la esperanza?
R. Me temo que la realidad es la que es. Hay mucha fatiga por el Brexit, mucha impopularidad de las instituciones. Pese a que ha sido desautorizado por los jueces del Supremo, en cierta medida Johnson está cada vez más fuerte. Le van a cerrar la puerta de la salida sin pacto, pero me temo que en pocos días va a ganar. Nos enfrentamos a un aumento del neofascismo: la mayor amenaza terrorista actualmente en el Reino Unido viene de la ultraderecha, y eso lo dice lo policía. Esa gente ha envenenado la atmósfera. Primero tocan las viejas de canciones de eurofobia y luego han creado esos sentimientos de rechazo contra el otro a través de la prensa popular y ahora lo están explotando. En algún lugar de nuestro país se esconde la vieja estabilidad y el sentido común, pero ha sido desaparecido en el discurso político.
"Boris Johnson es un niño haciéndose pasar por primer ministro"
P. ¿Está el Reino Unido realmente en peligro?
R. Existe un peligro real de desintegración en el Reino Unido. Lo que estamos diciendo a Irlanda del Norte es que se jodan. Y todo esto acerca más que nunca la posibilidad de reunificación de Irlanda y en Escocia pueden aprovecharse de esta situación. Creo que existe la posibilidad de que se desmantele el Reino Unido. A largo plazo, es posible que el problema catalán se vuelva mucho peor como consecuencia de lo que ocurra aquí. Johnson es una persona que no tiene ninguna relación con la verdad, votó en contra de muchas de las cosas que ahora mismo está ofreciendo. Ha logrado un pacto mucho peor que el anterior. Es muy deprimente.
P. ¿Cree que Donald Trump, incluso Boris Johnson, pueden ser agentes rusos?
R. No veo por qué Johnson iba a serlo, salvo el hecho de que siempre ha vivido de forma muy desatada, que es un indiscreto y que tiene una personalidad muy desagradable. Trump es un asunto completamente diferente. Tiene enormes intereses económicos en Rusia, existen indicaciones de que su gente trató de especular en el mercado inmobiliario en Moscú y la vida de Trump es muy desordenada. Si Vladímir Putin tuviese pruebas de irregularidades financieras y estuviese dispuesto a difundirlas, tal vez, podría tumbarle. Pero ¿por qué lo haría? Es mucho mejor dominar al personaje. Siempre que aparece la cuestión rusa en el horizonte, Trump se ha comportado con una cercanía irracional hacia Putin. Fantaseo a veces con que ocurriría si la inteligencia británica, que tiene fuentes muy buenas en Rusia, consiguiese pruebas irrefutables de que Trump está controlado por Putin. ¿Quién le escucharía? ¿Cómo lo manejarían?
P. Sus últimos dos libros han recuperado el ambiente de la vieja Guerra Fría, en este último incluso entre Alemania y Reino Unido. ¿Cree que existe actualmente una desconfianza profunda hacia el Reino Unido por parte sus antiguos socios?
"Existe un peligro real de desintegración en el Reino Unido"
R. Padecemos un sistema de propaganda horrible. La mayoría de los periódicos apoyan el Brexit, demonizan al primer ministro irlandés y a toda Europa, aunque su peor enemigo es Alemania. No dejan de hablar del espíritu de Dunkerque, de cómo Europa dejó sola a Inglaterra. Es pura porquería. Pero estamos en las manos de manipuladores y en esta manipulación ha colaborado Rusia. No ha sido totalmente admitida la dimensión de la intervención rusa en aquel referéndum. Cada vez hay más evidencias. Convocar un referéndum en el Reino Unido, donde existe una democracia parlamentaria, es absurdo. ¿Hacemos un referéndum sobre la pena de muerte y comenzamos a colgar gente en las calles? La clave de la democracia parlamentaria es que se escogen a personas competentes para representar a tu comunidad. ¿Qué nos ha pasado, qué ha pasado con la gente moderada, decente, con los pragmáticos? Tenemos una tradición de eso. El olor a autocracia está ahí. Estoy furioso por todo esto: eso no somos nosotros.
P. Usted escribió que la eficacia de los servicios secretos refleja la capacidad de un país. En esta novela no parece que los servicios secretos británicos sean los más eficaces del mundo...
R. Nos falta dirección. Después de la Guerra Fría nos quedamos desarmados de pensamiento. Ahora mismo no encuentro ningún idealismo, excepto la confianza en el Brexit. No existe ningún líder con fuerza suficiente que nos muestre la realidad de lo que ocurre. En el libro vemos esa absoluta falta de dirección. Si el MI6 fuese capaz de mostrar las verdaderas intenciones de Trump, su acuerdo con Putin ¿A qué Gobierno se lo presentarán? ¿A qué entidad de Estados Unidos? Lo terrorífico en ambos lados del Atlántico es la ausencia de coraje moral.
P. Uno de los grandes temas de su literatura es la capacidad de las personas para continuar siendo morales en un mundo inmoral. ¿Es también uno de los temas de este libro?
R. Sin duda. Aunque actuar de forma consiste y moral puede ser tremendamente peligroso en un mundo real... En el periodo que va desde el final de la Guerra Fría hasta ahora, queríamos sentir que teníamos un objetivo moral, un gran líder y un plan Marshall. Queríamos en ese momento alguien que agarrase la oportunidad de rehacer el mundo. Era posible. Un gran momento y un gran líder. Nadie apareció.
"Hice cosas en el servicio secreto de las que ahora me avergüenzo"
P. En su libro hay una escena muy emocionante y que a la vez presiento que es muy personal para usted, cuando el protagonista confiesa a su familia que es espía por todo lo que implica de mentiras dentro de la familia como le ocurrió a usted con su propio padre. ¿Es así?
R. En los servicios secretos siempre era un problema porque en algún momento había que hablar con los hijos y normalmente esperaban a que hubiesen pasado la pubertad... Y es entonces cuando tenía lugar esa conversación. A mí no me ocurrió porque ya había dejado el servicio entonces. Pero mucha gente tuvo que pasar por eso y muchas veces la reacción de los chavales era muy dura: ‘Me mentiste durante toda la juventud’. En un sentido más amplio, hice cosas en el servicio de las que ahora me avergüenzo, cosas totalmente justificables por la ética del servicio pero que ahora las miro desnudas. En cierta medida, Nat también se avergüenza un poco y sus últimas palabras a Ed son: “Quise decirle que fui un hombre decente, pero que ya era demasiado tarde”. ¿Qué significa la decencia?
P. Volviendo a la escena de su libro en la República Checa que ha citado antes, ¿demuestra que los rusos perdieron la Guerra Fría, pero han ganado la posguerra?
R. Rusia, gracias a una masiva operación de relaciones públicas, da la sensación de que controla todo, en realidad está en bancarrota y la situación de su economía es terrible. Pero conduce su política de expansión territorial, por ejemplo en Ucrania, que está en la vía de desaparecer. Y los rusos parecen presentar un frente unificado frente a la desunión del Reino Unido, Europa, Estados Unidos... Putin no tiene escrúpulos y piensa solo en términos de conspiración...

INTERROGATORIOS

John Le Carré publicó un libro de memorias titulado Volar en círculos, en el que hablaba mucho de su vida literaria y muy poco de los años en los que trabajó como agente secreto, sobre todo en la Alemania de la Guerra Fría. Siempre ha dicho, que hay cosas que no podrá contar jamás porque sería una traición a sus antiguos colegas. En la biografía que escribió de él Alan Sisman, John Le Carré. The biography, hay un poco más de información y relata que uno de sus primeros trabajos fue entrevistar a personas que abandonaban el bloque soviético a través de Hungría en busca de la libertad en la misma frontera en la que ahora se detiene a refugiados.
"Estoy profundamente decepcionado, por el camino que han tomado varios antiguos países del bloque soviético: Polonia y la República Checa, que ha desaparecido bajo los rusos", responde al ser preguntado sobre esto. "Mi vida no ha sido una búsqueda moral sin fin. Aquellos interrogatorios, aunque los llamásemos entrevistas, eran fascinantes. Hacíamos lo que luego hace un escritor: contemplar todas las alternativas en el carácter de alguien y se establecía entonces una versión de aquello en nuestra mente.
Pregunta. ¿Era muy joven entonces?
Respuesta. Mucho. También interrogué a funcionarios británicos que tuvieron relación en algún momento de su juventud con el partido comunista. Imagine a alguien en el Ministerio de Defensa que va a ser ascendido a una posición en la que tenga relación con el partido comunista… En su expediente aparece que en su juventud fue miembro del partido comunista. Eso se convirtió en una operación: había que ir a su jefe de personal y decir que respetábamos a esa persona, pero que teníamos un problema con su pasado y que teníamos que interrogarlo. Y entonces esa persona tenía que aceptar los interrogatorios o mandarnos a la mierda. La mayoría decía que sí y le sometíamos a un interrogatorio que se prolongaba durante una semana, dos semanas, a ritmo de tres o cuatro horas al día. Y el joven interrogador hacía referencia todo el rato a otras fuentes: cartas interceptadas por ejemplo o información de agentes. Y al final hace una recomendación. El proceso era muy desagradable, pero era conducido con mucha cortesía e inteligencia.

Entrevista Paul Preston. Genealogía de la corrupción española. Actualidad-4º ESO

EL PAÍS BABELIA
Tereixa Constenla

Paul Preston recorre en su nuevo libro 140 años de la historia reciente. Un tiempo que ha estado marcado por la venalidad, la incompetencia política y la brecha social y territorial.


PEP BOATELLA


La corrupción también puede dar risa. En España se ha trampeado con dinero público para adjudicar el monopolio del exterminio de ratas, se han colocado urnas en pocilgas o tejados para disuadir la participación electoral, se han deconstruido y volatilizado del paisaje monasterios históricos a golpe del talonario de William Randolph Hearst y se ha favorecido la instalación de ruletas trucadas en casinos por parte de todo un presidente del Gobierno de la Segunda República, Alejandro Lerroux. Pero las 775 páginas (168 de notas) del nuevo libro de Paul PrestonUn pueblo traicionado (Debate), que sale a la venta el próximo jueves 24, producen sobre todo un desasosiego incómodo: la corrupción ha corroído la espina dorsal del Estado durante los últimos 140 años.
El ensayo se abre con el continuado fraude electoral de la Restauración, con dos partidos —liberales y conservadores— que se turnaban en el poder desde el que repartían prebendas y monopolios (el liberal Práxedes Mateo Sagasta dormía a veces en un hotel para evitar las colas de demandantes de empleo que se formaban ante su casa), y concluye con las tarjetas black de Bankia, los papeles de Bárcenas, los chanchullos de Iñaki Urdangarin, los ERE socialistas en Andalucía o las comisiones pagadas a la familia Pujol por adjudicaciones de la Generalitat. Un árbol genealógico vigoroso y bien enraizado. Como si la corrupción, por más que la sociedad se haya democratizado, fuese capaz de sobrevivir a cualquier régimen y casi cualquier ideología. Aunque tampoco en esto hay que sentirse diferentes. “He intentado subrayar que no pasa solo en España, y no solo en los países sospechosos habituales como Italia o Grecia. Aquí también ocurre”, sostiene el historiador durante una entrevista celebrada en su casa de Londres. “Hay un auge de la corrupción y tiene que ver con la manera en que se ha desarrollado el capitalismo, la sociedad de consumo. En este país, gracias a los conservadores ha habido un desprecio al Estado del bienestar y todo lo que son los servicios públicos. La corrupción aquí es más sofisticada que en España, pero igual de deleznable”, subraya.
Paul Preston, retratado esta semana en Londres. 
Preston (Liverpool, 1946) ha necesitado sus cinco décadas de hispanismo y cada uno de sus ensayos históricos para poder llegar a este. “Yo no saco libros así como así, este se construye sobre lo que he hecho desde que empecé a finales de los sesenta y sobre el trabajo de los últimos cinco o seis años sobre la corrupción, que es muy difícil porque el corrupto, si no es tonto, no deja constancia de lo que ha hecho”. El resultado es una sólida historia de España permeada de tal suciedad que el propio autor estaba deseando sacudirse el peso de encima. “Este libro se ha hecho a la sombra del Brexit. La depresión que me ha causado el Brexit ha contagiado el libro, que ya de por sí no era alegre. Estoy muy contento de haberlo acabado. No quiero saber más de la corrupción”.
En este ensayo que comprende desde 1874, cuando se produce la restauración borbónica con Alfonso XII, hasta 2014, cuando sube al trono Felipe VI tras la abdicación de su padre, hay tres grandes ejes que se entrecruzan a menudo: la corrupción, la incompetencia política y la fractura social y territorial. Hay etapas en las que uno de los elementos se impone sobre otros, si bien acostumbran a ir de la mano: las dictaduras de Franco y Primo de Rivera son los periodos donde todo se solapa. El enriquecimiento inmoral se generaliza, empezando por los dictadores. Franco se camufló durante años bajo una falsa austeridad pese a que comenzó a engordar su patrimonio desde los días crudos de la guerra. Entre 1937 y 1940 acumuló una fortuna personal de 34 millones de pesetas de la época. “Una fuente importante de liquidez para Franco era su apropiación de suscripciones teóricamente organizadas para cubrir el coste del esfuerzo bélico de los rebeldes. Por lo general, la contribución a estas iniciativas era obligatoria. Los ingresos se mantenían normalmente en secreto, lo que facilitaba la transferencia de fondos a una de las cuentas bancarias de Franco”, sostiene el hispanista en su libro. A partir de 1940, la Compañía Telefónica Nacional de España redondeó sus ingresos con 10.000 pesetas mensuales y, como desveló Ángel Viñas en La otra cara del caudillo (Crítica), obtuvo siete millones y medio de pesetas por la venta en el mercado negro de café donado al pueblo español por el dictador brasileño Getúlio Vargas. “La fortuna que dejó al morir ascendía al equivalente de más de 1.000 millones de euros de 2010”, señala Preston.
A su alrededor se enriquecieron varios generales con sobornos, y su familia con pelotazos urbanísticos o monopolios de negocios de importación, con un constante aprovechamiento del poder por parte de sus hermanos, Nicolás y Pilar; su esposa, Carmen Polo (el terror de los joyeros), y su yerno, Cristóbal Martínez Bordiú. Una cultura de la corrupción que imitaban quienes le rodeaban, de los ministros (a José Antonio Girón, 16 años al frente de Trabajo, se le acusó de malversación de fondos) a los empresarios y banqueros. Una élite que vivía atrapada en la berlanguiana cultura de la cacería.
Miguel Primo de Rivera fue un dictador más simpático (perdón por el oxímoron) que Franco, pero igual de corrupto. Con una de las suscripciones populares que organizó se compró una finca en Jerez de la Frontera, un método que también aprovecharía el general Queipo de Llano para hacerse con un cortijo en Camas (Sevilla) en agosto de 1937. El dictador andaluz fue un precursor en otros campos: “Hay notables semejanzas entre Primo y Trump. Las notas oficiosas que el dictador publicaba en la prensa, muchas veces escritas de madrugada cuando estaba tomado, son como los tuits de Trump”, compara Preston. “Es un momento absolutamente trumpiano cuando escribe un texto sobre sí mismo para destacar que era un gran amante e insiste en que salga en una biografía oficial”, añade entre risas.
Hay un latido en el libro que se condensa en la cita de Ortega y Gasset de 1921 con la que arranca: “Empezando por la Monarquía y siguiendo por la Iglesia, ningún poder nacional ha pensado más que en sí mismo”. El desprecio hacia el bien común —por resumir en un concepto contemporáneo, una necesidad de siempre— ha sido una constante entre las élites, ya fuesen políticas, empresariales, militares o eclesiásticas. Los chanchullos a gran escala de Alfonso XIII contribuyeron a expandir el republicanismo. “Ahora no se le arroja por anticonstitucional, sino por ladrón”, escribió Valle-Inclán tras la proclamación de la República el 14 de abril de 1931. Se abrió entonces un periodo de corrupción “menos tóxica” porque buena parte de los nuevos dirigentes abrazaban el regeneracionismo, pero no desapareció en absoluto debido a personajes como el empresario Juan March o el radical Alejandro Lerroux.
Genealogía de la corrupción española
March estuvo en casi todas las salsas del siglo XX. La gran fuente financiera del golpe de 1936 se había forrado durante la Primera Guerra Mundial, con el contrabando de tabaco y la exportación de alimentos a los países en guerra. Por entonces tenía en su cartera de sobornos al ministro de Hacienda, Santiago Alba (a cuya esposa regaló un ramo con flores y 10 billetes de 1.000 pesetas de los años veinte). Su poder siguió expandiéndose con Primo de Rivera y se intensificó con el franquismo. En los pocos años en los que tenía enfrente a los políticos —fue encarcelado e investigado durante la Segunda República— siguió imponiendo su criterio: Preston recuerda que sus días carcelarios se parecieron mucho a una estancia hotelera y que finalmente logró fugarse. Uno de sus grandes aliados de esta época fue Lerroux, un radical de verbo encendido (llegó a alentar la violación de monjas: “Jóvenes bárbaros de hoy, entrad a saco en la civilización decadente y miserable de este país sin ventura, destruid sus templos, acabad con sus dioses, alzad el velo de las novicias y elevadlas a la categoría de madres para virilizar la especie”) y bolsillos hambrientos. Prueba de que la corrupción estaba por todas partes es que los intelectuales opuestos al régimen de 1923, exiliados en París, como Blasco Ibáñez, Eduardo Ortega y Gasset y Miguel de Unamuno editaron una revista satírica titulada España con honra, que tiraba 50.000 ejemplares. Blasco Ibáñez, además, vendió como rosquillas Alphonse ­XIII démasqué —en España de forma clandestina—, donde le responsabilizaba del desastre de Annual y le involucraba en negocios turbios.
Preston cree, como Machado, al que cita al comienzo de su ensayo, que en España “lo mejor es el pueblo” y que la mala gestión no tiene exclusividad ideológica. El socialista Francisco Largo Caballero fue, a su juicio, el político más incompetente de la historia reciente de España. “Lo peor que puedo decir de Jeremy Corbyn es que es el Largo Caballero de la política británica”, afirma con sorna.
La alianza entre corrupción e incompetencia política, escribe, “ha tenido un efecto corrosivo sobre la coexistencia política y la cohesión social”. En dos siglos: cuatro guerras civiles, más de 25 pronunciamientos, unas cuantas revoluciones sangrientas limitadas en el tiempo y en el espacio (Cataluña, Asturias…), la pérdida definitiva de los restos de un imperio y la catástrofe de Annual. Una pésima digestión para los militares, que durante muchas décadas se dedicaron a combatir al enemigo interior. “En gran parte gracias a la entrada en la OTAN y a las reformas de Narcís Serra, el Ejército y las fuerzas de seguridad han cambiado mucho”, elogia Preston.
Por una vez el hispanista ha deseado concluir un libro y alejarse de él, dolido también por decepciones personales como lo ocurrido durante los últimos años del reinado de Juan Carlos I, a quien dedicó una biografía en 2002. “Sigo pensando que nadie le quita el papel que jugó en la historia de España. Lo que le pasó en los últimos cinco años es una terrible lástima que mancha su imagen, pero si uno estuviera haciendo un retrato psicológico podría encontrar no justificaciones pero sí muchas explicaciones de por qué terminó así en la búsqueda del placer. Le robaron la infancia y la adolescencia, cuando llegó al poder vivió una época muy peligrosa como el bombero de la democracia, yo creo que pensó: “Ahora a mí me toca algo”. Pero, en contra de los que dicen que la Transición fue un desastre, opino que fue un pequeño milagro en el contexto en que se hizo”.


¿Envió España «al hombre más estúpido del mundo» al congreso que se repartió Europa en Viena? 4º ESO

ABC HISTORIA
César Cervera

El enviado de Fernando VII acudió al Congreso de Viena como representante de una de las potencias que habían ganado la guerra, pero salió humillado sin cumplir ninguno de sus objetivos y con un imperio que nadie quería ya escuchar.


Parodia francesa sobre cómo transcurrió el Congreso de Viena


España acudió al Congreso de Viena (1814), donde Europa se repartió el botín de Napoleón y redibujó las fronteras del continente, como parte de las naciones vencedoras. La misión del Marqués de Labrador, representante español en Viena, era lograr que Francia pagara los costes de una guerra que habían destrozado económica, social, industrial y demográficamente el país. Cuando el resultado no fue el deseado y España incluso perdió su consideración de gran potencia, las críticas se giraron al unísono hacia Labrador, al que se le acusó de ser demasiado tímido, gris y sin sal para unas negociaciones que se llevaron a cabo tanto en los salones de baile como en los despachos. El Duque de Wellington, que bailó el vals de Viena hasta que tuvo que marcharse apresuradamente cuando Napoleón escapó de la Isla de Elba, definió al extremeño como «el hombre más estúpido que he visto en mi vida». Su posterior apoyo al carlismo tejió una leyenda negra sobre este diplomático que aún perdura.

Una misión imposible

Durante casi un año, dos emperadores, cuatro reyes, once príncipes reinantes, unas 215 cabezas de familias principescas y una infinidad de ministros, embajadores, consejeros, familiares y sirvientes, espías, hombres de negocios, aventureros y prostitutas participaron en Viena en la configuración de la Europa que debía resurgir tras dos décadas de guerras. El Antiguo Régimen se rearmó en la ciudad austriaca, donde las fiestas, las óperas, los bailes y los encuentros informales pusieron la pimienta al encuentro histórico. Entre risas y bebidas se decidía casi tanto como en las mesas de negociación, lo que jugó en detrimento del represente de España, al que Fernando VII no dotó apenas de fondos para organizar recepciones.

El Antiguo Régimen se rearmó en la ciudad austriaca, donde las fiestas, las óperas, los bailes y los encuentros informales pusieron sal al encuentro.
El Rey esperaba del extremeño Pedro Benito Gómez Labrador que reclamara a Francia los gastos de guerra provocada por la ocupación del país y, a su vez, que volvieran a su soberanía territorios españoles extraviados por culpa de Napoleón, como fue el caso de la Luisiana, vendida a EE.UU. por cuatro duros o los territorios italianos de donde habían sido desplazados los Borbones. Peticiones que la Europa triunfante tras la guerra no estaban dispuesta a debatir y que resultaban anacrónicas para los tiempos que corrían. Solo al principio del encuentro mostró cierto interés por las demandas españolas el representante francés, Charles Maurice de Talleyrand, imaginando que podría ganarse el apoyo de Labrador para sus propios objetivos. Más pronto que tarde, el galo también perdió el interés por el apoyo de España.
Grabado de una reunión de trabajo del Congreso de Viena, donde el representante de España aparece con el número 16.
Grabado de una reunión de trabajo del Congreso de Viena, donde el representante de España aparece con el número 16.
La historiografía española, en parte por la caída en desgracia que tuvo Labrador tras su apoyo al Carlismo, ha culpado tradicionalmente del fracaso español a la incompetencia del diplomático extremeño, un hombre culto que fue alumno del poeta Meléndez Valdés en Salamanca. Algunos historiadores han intentado, precisamente, en los últimos años poner en valor la figura de Labrador. Así lo hace Elena García Mantecón en un artículo publicado en «Revistas de Estudios Extremeños», en el tomo LXIX, Número I (2013):
«La figura del Marqués del Labrador a pesar de su gran carrera política y diplomática, ha sido denostada por los pocos historiadores que de él se han acordado y que lo muestran como un personaje simplón, burdo e incluso como un bufón en manos de Fernando VII. Con esta comunicación quiero demostrar que, tomando como base documentos históricos, la figura del marqués del Labrador no es ni mucho menos como nos la habían dibujado, si no más bien todo lo contrario. La documentación nos habla de una persona culta, bien formado en la Universidad de Salamanca, donde se graduó en leyes y sobretodo de un patriota que defendió hasta donde pudo y le dejaron, los derechos de España y sus territorios, actuando como plenipotenciario de España en el Congreso de Viena»

Un patriota

La carrera diplomática del Marqués de Labrador no comenzó ni terminó en el Congreso de Viena. Ya con Carlos IV había sido embajador en Rusia, encargado de negocios en la embajada de Florencia, ministro plenipotenciario en varios tratados y secretario de Estado y de Despacho en 1812, entre muchas otras tareas diplomáticas y políticas. A Viena acudió tras la Guerra de Independencia como representante de Fernando VII y, eso es innegable, no cumplió ninguna de las metas fijadas por el Rey. Lo que cabe determinar es cuánta responsabilidad tuvo en el fracaso su forma de ser más bien metálica y cuánto las ínfulas de Fernando en un tiempo en el que el Imperio español ya estaba herido de muerte.
Sobre su papel allí, un artículo de la revista «La España», fechado el día 11 de septiembre de 1855, defendió que el marqués actuó con gran energía y patriotismo, pero no pudo hacer todo lo que le hubiera gustado debido a las presiones recibidas desde la corte española:
Retrato de Labrador
Retrato de Labrador
«El Marqués de Labrador, de cuya capacidad podrá haber muchos que duden, pero cuyo patriotismo está al abrigo de toda sospecha, hizo cuanto pudo para sacar el partido a que tan justamente tenía derecho España. No sólo abogó con energía en pro de los intereses que representaba, sino que protestó todos los actos y decisiones que consideraba perjudiciales, y llevó su tenacidad hasta tal punto que, por su negativa, estuvieron mucho tiempo abiertos los protocolos, y no los hubiera firmado de no haber recibido orden expresa de la corte de Madrid. Era tan grande la insistencia del Marqués, que fatigado un día Lord Wellington de sus repetidas protestas, le dijo en tono un tanto burlón, que hablaba como si fuera el embajador de Carlos V, a lo cual contestó Labrador con notable oportunidad “Si yo fuera, señor duque, embajador de Carlos V, no hablaría tanto, pero en cambio haría más de lo que ahora puedo hacer “. Con tan significativa respuesta queda explicado el Congreso de Viena por lo que respecta a España»
En su correspondencia con Madrid y con el embajador en Londres, Labrador no dejó de quejarse porque el Gobierno le estuviera desacreditando sistemáticamente y tomando decisiones que luego contradecían su postura en Viena. Asimismo, protestó porque el congreso, al final, se convirtiera en la finca privada de las cuatro grandes naciones de Europa, Austria, Rusia, Francia e Inglaterra, de modo que todo lo decidieron sus monarcas en secreto y de espaldas al resto de países. En una carta fechada el 20 de mayo de 1815, escribió Labrador:
«[...] Los ministros de cuatro potencias que se creen árbitros de la Europa, se reunían y reúnen casi diariamente, pero lo que tratan o no lo sabemos los demás o lo sabemos por contrabando... He notado que los ingleses miran a Londres como el centro del Universo, y quieren que sea su gobierno el tribunal de apelación hasta del Congreso Europeo...»
Su caída en desgracia estuvo causada por su apoyo a Carlos María Isidro durante la crisis sucesoria
Hasta 1817, España se negó a suscribir lo acordado en el Congreso de Viena, lo que supuso que no recibió hasta entonces ninguna indemnización de guerra. A pesar de su proverbial costumbre de culpar a los demás de sus fracasos, Fernando no castigó a Labrador por su papel en Viena. Al contrario, le premió con el nombramiento de Caballero de la Gran Cruz de la Real Orden de San Fernando, y, años después, con el cargo de embajador extraordinario en Nápoles para cerrar el acuerdo matrimonial entre el Rey y María Cristina de Borbón Dos Sicilias. En 1829, recibió el título de Marqués de Labrador, con el que todo el mundo le conoce hoy, y le concedieron la Orden del Toisón de Oro.
Su caída en desgracia estuvo causada por su apoyo a Carlos María Isidro durante la crisis sucesoria que enfrentó a los partidarios de este contra los de Isabel II, entonces casi un bebé. Labrador se retiró a París, donde fallecería en junio de 1850.

El catálogo de estrellas más detallado del Centro Galáctico llega a manos de los astrónomos. Actualidad

EL PAÍS materia
Agathe Cortés

La cartografía estelar permite estudiar las propiedades del núcleo de la Vía Láctea con una precisión sin precedentes.


Imagen en falso color de uno de los campos estudiados por el proyecto Galacticnucleus.