viernes, 10 de noviembre de 2017

‘Oro’, la conquista de lo ignoto. 3º ESO

EL PAÍS Cultura
Jesús Ruiz Mantilla

Agustín Díaz Yanes adapta un relato inédito de Pérez-Reverte sobre la búsqueda de El Dorado y logra una aventura de excelente pulso.




Aquel pulmón húmedo, verdoso y cuajado de barro que para los indígenas era la madre selva, los conquistadores lo llamaban de otra manera: maldita selva. Resultaba difícil hallar un hueco entre la maleza que sirviera de colchón sin quedar a salvo de las serpientes o había que llevar cuidado al cruzar un río para que no te engullera un caimán. Pero el oro, todo lo valía. La vida, incluso. Y si al final del camino, te había decepcionado el destello de su espejismo, siempre podías consolarte con la conquista de un océano.
Esa peripecia, nada absurda, aunque no lo parezca, llena de sentido, es lo que cuenta Oro, la nueva película de Agustín Díaz Yanes, basada en un relato inédito de Arturo Pérez-Reverte. Han retrocedido un siglo –del XVII al XVI- desde que Alatriste les conjuró a emprender la única adaptación al cine que se ha rodado sobre las entregas del autor. Y han saltado también de Flandes y el Madrid de los Austrias hacia América. “Arturo es un gentleman que te hace favores in que te enteres. Y que pensara en mí para adaptar esta historia, ha sido uno de tantos que le debo ya”, comenta el director.
Las páginas que leyó nada más caer en sus manos la historia estaban pobladas por un universo asfixiante y violento, trufado de sueños y delirios al tiempo. Pululaban por él un puñado de expedicionarios capitaneados por un oficial mayor más pendiente de su mujer que de la tropa; un cura más dado a sembrar conflicto que a imponer la paz al que todo el mundo deseaba que la ira divina se tragara; un escriba dispuesto a llevar testimonio al emperador, guías indígenas con el mapa en la cabeza y los pies o soldados curtidos, que preferían ahogarse en un río lejano que cocerse en tierras de Andalucía, Castilla y Extremadura o padecer reuma en Navarra y Vizcaya…
A ellos dan vida, entre otros, Raúl Arévalo, José Coronado, Óscar JaenadaBárbara LennieJuan Diego, Antonio Dechent… Oro lleva marcas y herraduras de leyenda. Pero nada negra: plagada de dorados, azules y claroscuros. Tatuada de barro y oxigenada por el verdor atosigante de una selva rodada principalmente en Canarias. “La leyenda negra existe y salta a la primera de cambio, como un resorte, por medio de los anglosajones, que la tienen muy integrada, para nuestra desgracia”, asegura el director.
Bien es cierto que a muchos conquistadores les movió la codicia, pero, a otros, la satisfacción de acometer algo grande o el mero placer de nombrar ríos y montañas”, asegura el director
Oro puede ser un intento de contrarrestar ese sambenito secular y nada equilibrado, a base de una exuberante aventura dirigida al gran público. “Tenemos una mala relación con nuestra Historia, no sé las razones. Nunca las he entendido del todo”, comenta Díaz Yanes. “Y eso que fue lo que estudié en la universidad. Nosotros hemos tenido parte de culpa, por dejación de responsabilidad a la hora de ofrecer un relato propio sin que tuviéramos que avergonzarnos. La etapa de Franco tampoco ayudó a dignificar nuestra memoria, pero a pesar de esa nube negra, hemos sido perezosos”, comenta.
Una manera de contrarrestar tópicos es calibrar las dimensiones de la hazaña. “Lo que algunas expediciones de 30 o 40 consiguieron en México, en Perú, atravesando el corazón de la selva, con vistas a hallar lugares y tesoros sin garantías de que existieran, sólo puede calificarse como una epopeya”, dice el cineasta. Desclasados, bastardos, tanciegos como para matarse entre ellos a falta de enemigo que se les cruzara en medio, hidalgos de segunda que veían allí, como definía Cervantes, “el refugio y amparo de los desesperados”.
Entre la avaricia y el deseo de no morir sin haber sentido el hechizo de algo grande, fueron plantando semilla de mestizaje y, al tiempo, arrasando culturas milenarias. “Las motivaciones fueron diversas. Bien es cierto que a muchos les movió la codicia, pero, a otros, la satisfacción de acometer algo grande o el mero placer de nombrar ríos y montañas”.
A Díaz Yanes le fueron muy útiles las crónicas de indias: “El testimonio de ese germen de periodistas que ven y describen cosas que muchas veces no entienden, con un lenguaje delicioso”, asegura. Una fuente que le ha ayudado a vislumbrar lo que el director, de vuelta, pretende hacer comprender a los espectadores: “¿Quiénes éramos entonces? ¿Qué hacíamos allí?”. Dos preguntas aparentemente sencillas que en muchos casos no tienen respuesta.

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