martes, 19 de febrero de 2019

Los pasajeros de avión aumentan un 10% en 2018, mientras que los del AVE suben un 3,8%. 4º ESO-IAEE-Economía

ABC ECONOMÍA
EFE

Solo en diciembre pasado, los usuarios de vuelos internos aumentaron un 7,3% en relación con el mismo mes de 2017, mientras que los viajes en AVE crecieron un 2,9%.

En el transporte aéreo, los vuelos peninsulares crecieron un 7,1% - JOSÉ RAMÓN LADRA


El número de pasajeros de vuelos nacionales se incrementó un 10% en 2018 con respecto a 2017, mientras que los usuarios del AVE aumentaron un 3,8%, según los datos difundidos este lunes por el Instituto Nacional de Estadística (INE). Solo en diciembre pasado, los usuarios de vuelos internos aumentaron un 7,3% en relación con el mismo mes de 2017, mientras que los viajes en AVE crecieron un 2,9%.
En 2018, más de 4.905,7 millones de pasajeros utilizaron el transporte público, un 3,1% más que en 2017, con lo que lleva cuatro años creciendo.
El año pasado, el transporte urbano se incrementó un 2,7% (un 4,6% más en metro y un 1,5 % en autobús) y el interurbano, un 3,6% (el transporte por ferrocarril creció un 4,4%; el marítimo, un 3,1%, y por autobús, un 2,6%).
En el transporte aéreo, los vuelos peninsulares crecieron un 7,1%; los que conectan la península con el resto del territorio, un 9,2%, y los interinsulares, un 22,9%.
En 2018, fue el metro de Palma el que registró mayor incremento (21%), seguido del de Málaga (9,7%), Sevilla (5,7%) y Valencia (5,4%).
El metro con mayor número de viajeros en 2018 fue el de Madrid (657,2 millones), seguido del de Barcelona (407,5 millones).
De vuelta a los datos de diciembre de 2018, más de 398,2 millones de pasajeros utilizaron el transporte público ese mes, gracias al aumento del 5,4% del transporte urbano y del 5,2 % del interurbano.
El transporte por metro aumentó un 6,1% en tasa anual y el metro de Palma fue también el que presentó el mayor incremento, del 23,8%.
En interurbano, el transporte por ferrocarril creció un 5,9% y por autobús, un 4,5 .

Los precios en origen del aceite de oliva virgen extra en España son un 58% inferiores a los de Italia. 4º ESO-Economía-IAEE

ABC ECONOMÍA
EP

Según COAG, los costes en España se encuentran por debajo de los umbrales de rentabilidad.

ADOBESTOCK


Los precios en origen del aceite de oliva virgen extra en España se han situado durante la primera semana de febrero un 58% por debajo de los registrados en Italia, según ha denunciado este lunes la organziación agraria COAG. En concreto, los últimos datos ponen de manifiesto que en la semana del 1 al 7 de febrero el precio medio del aceite de oliva en origen se pagaba a 2,46 euros por kilogramo y a 2,62 euros por kilogramo el virgen extra. En Italia, el virgen extra se situaba en la misma semana entre 6,10 y 6,20 euros el kilo, según los datos de la Cámara de Comercio de Bari.
Según COAG, los precios en España se encuentran por debajo de los umbrales de rentabilidad, tal y como ya alertaba el mes pasado la Asociación Española de Municipios del Olivo (AEMO), que en un estudio de 2012 fijaba en 2,73 euros el coste medio para producir un kilo de aceite.
La organización agraria ha señalado que la reducción de producción de aceite de oliva en el resto del mundo, debido a la vecería del olivar y a los temporales, no ha repercutido hasta el momento en una subida de precios en España. Además, según ponía de manifiesto el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación durante la celebración de la 36ª Mesa Sectorial del Aceite de Oliva y la Aceituna de Mesa, las cotizaciones de la categoría virgen extra en todos los mercados internacionales son superiores a las existentes en España.
En este escenario, COAG vuelve a hacer un llamamiento al sector y a la venta ordinaria de aceite por las cooperativas, para que no se venda el aceite de oliva a precios por debajo de la rentabilidad, "especialmente, porque no se dan las circunstancias para ello".
Por un lado, la producción será menor a la prevista, debido al bajo rendimiento del fruto (en la provincia de Jaén, por ejemplo, se espera una producción de alrededor de 600.000 toneladas, frente a las 680.000 previstas en el aforo) y, por otro, el menor volumen de aceite que se espera a nivel internacional, con cosechas incluso un 50% menores en países como Italia.
El representante de COAG en la Interprofesional del Aceite de Oliva, Juan Luis Ávila, ha insistido en que, en la actual coyuntura, la ley oferta-demanda indica que los precios tendrían que mantenerse por encima de los costes de producción, ya que el incremento de aceite de oliva previsto en España no conseguirá compensar la caída de producción en el resto de los principales países productores.
"Estaremos vigilantes ante las previsiones interesadas al alza que suelen surgir desde distintos agentes del sector, con una finalidad claramente especulativa", ha afirmado Ávila.

Segunda Guerra Mundial. El verdugo de Nüremberg. 4º ESO

ABC HISTORIA
Pedro García Cuartango

John C. Woods fue separado del Ejército con deshonor tras un informe que concluía que era un inepto para asumir cualquier tarea.


John C. Woods 


John Clarence Woods fue un soldado alcohólico, psicópata y degenerado que los aliados eligieron como verdugo de la cúpula nazi juzgada en el proceso de Nüremberg. Él mismo eligió las sogas para ahorcar el 18 de octubre de 1946 a los diez jerarcas que habían sido condenados a muerte por crímenes de guerra, entre los que figuraban Keitel, Von Ribbentrop, Rosenberg, Kaltenbrunner y Hans Frank.
Ayudado por Joseph Malta, un policía militar de 28 años, Woods les ejecutó con un espantoso sufrimiento, ya que había calculado mal la longitud de las cuerdas, por lo que los condenados no murieron con celeridad sino que expiraron por asfixia. Las víctimas se golpearon además la cabeza contra la trampilla, que también estaba mal diseñada.
Woods, nacido en Wichita (Kansas) en 1911, era un sujeto con un historial de faltas al servicio y trampas a sus compañeros, que había sido expulsado de la Marina por ausentarse sin permiso después de negarse a trabajar. Fue capturado como prófugo en Omaha (Nebraska) y, desde allí, se le trasladó a California, donde fue juzgado por un tribunal militar.
Fue condenado y separado del Ejército con deshonor tras un informe médico que concluía que Woods era incapaz de acatar las órdenes, que era un inepto para asumir cualquier tarea y que padecía fuertes tendencias psicopáticas.
Intentó reconstruir su vida en Kansas, aceptando trabajos de peón y de vendedor en comercios. Se casó con Hazel, de profesión enfermera, poco antes de la entrada de EE.UU. en la guerra. Pero no tuvieron hijos y el matrimonio fue muy breve. Quienes le conocieron le describían como un sujeto repugnante por su suciedad, sus modales groseros y su mal aliento.
Woods se reincorporó al Ejército en 1942 gracias a que no se detectaron sus antecedentes y a que la necesidad de personal hacía que apenas hubiera controles. Tras su adiestramiento, fue enviado a Inglaterra para participar en el desembarco de Normandía en 1944. Unos meses después, se presentó voluntario para trabajar de verdugo en las ejecuciones sumarias de los dirigentes nazis capturados en Francia. Woods, que era soldado en el cuerpo de Ingenieros, alegó que tenía experiencia porque había ahorcado a criminales en Texas y Oklahoma, lo que era falso. Dieron por buena su versión y le ascendieron a sargento.
Al final de la contienda, sus jefes le destinaron a París donde ejecutó a 34 soldados estadounidenses, sentenciados por deserción o por crímenes cometidos durante el avance aliado. Luego fue trasladado a Alemania, donde ahorcó a unos 45 criminales de guerra en diversas ciudades.
Su carrera como verdugo duró cinco años en los que ajustició a más de un centenar de personas con una absoluta indiferencia. En referencia a su papel en Nüremberg, señaló: «Yo colgué a diez nazis. Estoy orgulloso de ello. No estaba nervioso. No se puede estar nervioso en este trabajo, alguien tiene que hacerlo. Me metí en él por casualidad».
Tras su etapa en Francia y Alemania, fue destinado a las islas Marshall en el Pacífico. Allí falleció en 1950 al electrocutarse cuando reparaba un equipo de iluminación. Su cadáver fue repatriado y fue sepultado en Toronto (Kansas), donde no se le echaba de menos ni nadie acudió a honrar su tumba.
Pinchando en el enlace se llega al reportaje.


La pesadilla que atormentó a Isabel La Católica: así esclavizaban los musulmanes a miles de cristianos. 2º ESO

ABC HISTORIA
César Cervera

Escapar era prácticamente imposible, entre otras cosas porque el castigo si los pillaban era latigazos, hambre, golpes, mutilaciones de orejas o nariz y quemaduras en brazos y piernas, aparte de que la deportación masiva de poblaciones enteras permitía a los turcos romper todo vínculo de los prisioneros. ¿A dónde iban a huir si su hogar había sido destruido y sus familiares dispersados o exterminados?




La conquista de Constantinopla por el Imperio otomano y el avance musulmán sobre Europa oriental marcaron a toda una generación de cristianos europeos, que veían en los inicios de la Edad Moderna la oportunidad de resarcirse tras años de guerra defensiva y, de pronto, alzaron con preocupación la vista ante el gigante que surgía nuevamente de Asia. El ascenso del Imperio otomano, que llegó a controlar territorios de Belgrado a Bagdad, no entraba en el guion de nadie. Tampoco en el delos Reyes Católicos, que habían dedicado todo su reinado a conquistar el último territorio bajo control musulmán en la Península, mientras por el Mediterráneo campaba a sus anchas el poder otomano.
Durante siglos, el Imperio otomano fue una máquina perfecta de hacer la guerra. Gran parte de su economía se basaba en la obtención de botines, entre ellos esclavos. Hombres, mujeres y niños para nutrir sus ejércitos y su mano de obra, que a su vez usaban para financiar nuevas campañas. La «gaza», guerra santa, se convirtió así tanto en un deber religioso como en un aliciente para conquistar nuevos territorios y aumentar la economía del imperio.
Era, en esencia, un imperio que vivía de la «depredación» (usando la terminología del filósofo Gustavo Bueno), que vivía por y para la guerra. «Cada gobernador de ese imperio era general; cada policía era un jenízaro [soldado de élite]; cada puerto de montaña tenía sus guardianes, y cada camino un destino militar [...] Incluso los locos tenían un regimiento, el deli, o locos, Dadores de Almas, que eran utilizados, pues no se oponían a ello, como arietes o puentes humanos», explica el historiador Jason Goodwin en su estudio sobre el imperio otomano.


Un miedo que compartía toda Europa

En el capítulo «Los turcos a las puertas» de su libro «Isabel, la reina guerrera» (Espasa) Kirstin Downey se adentra en el miedo que el poder militar y naval de este imperio provocaba entre los cristianos, que no dejaban de oír como poblaciones enteras eran víctimas cada pocos meses de la esclavitud, la pedofilia, el secuestro de niños, el robo, la muerte y, en el caso de las mujeres, la violación. En tiempos de Isabel y Fernando: Croacia y su nobleza había desaparecido del mapa; Hungría no tardaría en hacerlo, y Viena sufrió varios asedios otomanos que, de haberse dado otras circunstancias, hubieran cambiado por completo la historia de Europa. Las grandes potencias europeas se preguntaban, con la impotencia del que no es capaz de aunar fuerzas, cuál sería la siguiente presa del turco, cuyos sultanes acostumbraban a iniciar sus reinados con una conquista de prestigio. ¿Sería Sicilia? ¿Rodas? ¿Nápoles? ¿O la propia Roma?
Los soldados otomanos se mostraban insensibles a la muerte de los infieles. Un albano, que sobrevivió con 11 años a un ataque en Scutari, describió ante el Senado veneciano la muerte de 26 de los 30 miembros de su familia durante el reinado de Beyazid II:
«Con mis propios ojos he visto la sangre veneciana fluir como fuentes. He sido testigo de cómo a infinidad de los incontables ciudadanos de la más noble estirpe se les obligaba a vagar sin rumbo. ¡A cuántos capitanes nobles he visto caer asesinados! ¡Cuántos puertos y costas he visto llenos de cadáveres de prestigiosos hombres de alta cuna! ¡Cuántos barcos se han hundido! ¡Cuántas ciudades derrotadas he visto desaparecer! Recordar los terribles peligros de nuestra época hace que los corazones de todos se entremezcan».


La esclavitud y la captura de prisioneros en tiempos de guerra se daba también en la Europa cristiana, pero nunca alcanzó la importancia a nivel económico y social que tenía en el Imperio otomanoLa ley islámica permitía la esclavitud para los hijos de esclavos o los apresados durante las guerras. No se permitía esclavizar a musulmanes libres, pero sí a cristianos, judíos y paganos.
Cada año se capturaban a cerca de 17.500 esclavos solo en Rusia y Polonia, a lo que había que sumar los miles que llegaban a Estambul por medio de corsarios como los hermanos Barbarroja, cuyo patriarca alardeó de haber apresado a 40.000 cristianos a lo largo de su vida. Los niños eran trasladados en carros y podían alcanzar un gran valor debido a su uso con fines sexuales, si bien se consideraba más complicado su traslado y mantenimiento, por lo que a veces los esclavistas los dejaban abandonados sin más.
Soldados, piratas y comerciantes trabajaban juntos para que las mercancías llegaran en buen estado a los puertos turcos. Los esclavos se recogían en grupos de diez, encadenados y obligados a desfilar en los mercados. Una vez en el lugar de venta, que todas las provincias tenían delimitado, se examinaba y desnudaba a los humanos en venta. En sus memorias, Georgius de Hungaria, esclavo durante veinte años, detalló algunas de las humillaciones que tenían que soportar los esclavos:
«Los genitales tanto de hombres como de mujeres eran tocados en público y se mostraban a todos. Se les obligaba a caminar desnudos delante de todos, a correr, andar, saltar, para que quedara claro si eran débiles o fuertes, hombres o mujeres, viejos o jóvenes (y, en cuanto a las mujeres), vírgenes o corrompidas. Si veían que alguien se ruborizaba por la vergüenza, se les rodeaba para apremiarlos aún más, golpeándoles con varas, dándoles puñetazos, para que hicieran por la fuerza lo que por propia voluntad les avergonzaba hacer delante de todos.
Allí, se vendía a un hijo mientras su madre miraba y lloraba. Allí, una madre era comprada ante la presencia y consternación de su hijo. En aquel lugar, se burlaban de una esposa, como si fuera una prostituta, para vergüenza de su esposo, y se daba a otro hombre. Allí, se arrancaba a un niño del pecho de su madre [...] Allí, no había dignidad ni se tenía en cuenta la clase social. Allí un hombre santo y un plebeyo eran vendidos por el mismo precio. Allí, un soldado y un campesino eran pesados en la misma balanza. Por lo demás, esto era solo el comienzo de sus males».

La misión imposible de escapar

Escapar era prácticamente imposible, entre otras cosas porque el castigo si los pillaban eran latigazos, hambre, golpes, mutilaciones de orejas o nariz y quemaduras en brazos y piernas, aparte de que la deportación masiva de poblaciones enteras permitía a los turcos romper todo vínculo de los prisioneros. ¿A dónde iban a huir los esclavos sin hogar?

Inscripción de niños para el devşirme
Inscripción de niños para el devşirme

Los esclavos cristianos que lograban escapar o comprar su libertad acostumbraban a colgar sus grilletes en los muros de las iglesias. Costumbre que inspiró a Isabel «La Católica» cuando colocó cadenas de esclavos liberados en los muros de la iglesia de San Juan de los Reyes, en Toledo.
Si se trataba de soldados o nobles capturados en un combate o un abordaje, como fue el caso de Miguel de Cervantes o Lope de Figueroa, cabía la posibilidad de que las familias o alguna orden religiosa pagara el rescate. Se trataba aquel, el de los cautivos, de un negocio igual de lucrativo pero distinto al de los esclavos, que no tenían forma de escapar de esa vida.
La esclavitud infantil suponía un negocio con sus características propias. Entre 15.000 y 20.000 menores cada año, según datos de 1451 a 1481, eran secuestrados para integrar las élites militares y los ambientes palaciegos. Cada tres o cinco años, los emisarios turcos capturaban a grupos de niños de ocho a 18 años de poblaciones del Este de Europa, con predilección por griegos y albanos, y seleccionaban entre ellos a los más inteligentes y atractivos. Los de mejor apariencia eran destinados a palacio, algunos como eunucos (castrados), lo que ciertamente era una oportunidad de alcanzar puestos muy elevados en el imperio, mientras los más fuertes y sanos pasaban a ser trabajadores y soldados. A todos ellos se les separaba de sus familias, se les circuncidaba y se les criaba en casas turcas antes de que entraran a prestar servicio.
Los jenízaros, no en vano, eran adiestrados bajo una disciplina espartana con duros entrenamientos físicos y en condiciones prácticamente monásticas en las escuelas llamadas Acemi Oglani, donde se esperaba que permanecieran célibes y se convirtieran al Islam, lo que la mayoría hacía. Tenían expresamente prohibido dejarse crecer la barba: únicamente se les permitía llevar bigote. El resultado era una especie de monje guerrero, entrenado desde pequeño para matar y adoctrinado para servir a la Sublime Puerta hasta su última gota de sangre. Este adiestramiento militar les convirtieron, junto a los Tercios españoles, en la mejor infantería de su tiempo. Hasta tal punto de que en los siglos XVI y XVII lograron acumular gran influencia política y, al estilo de la guardia pretoriana de los romanos, derrocar y proclamar a sultanes del imperio.

Mayor tolerancia, salvo con las mujeres

En los pocos aspectos que no ocupaban la guerra, los turcos podían llegar a ser más tolerantes a nivel religioso que en territorios cristianos. Las personas que deseaban conservar dentro del imperio sus propias creencias podían hacerlo a cambio del pago de impuestos adicionales y de la aceptación de un régimen social inferior que, como en la Córdoba califal, estaba pensado para humillar al diferente. De hecho, muchos de los judíos expulsados de España en 1492 se refugiaron en tierras turcas con suerte desigual según la provincia donde se asentaron.

El mercado de esclavos, de Jean-Léon Gérôme (c. 1885).
El mercado de esclavos, de Jean-Léon Gérôme (c. 1885).

Esta relativa tolerancia no afectaba a las mujeres, sino todo lo contrario. Beyazid II impuso en el imperio una mayor rigidez religiosa que su padre Mehmed. Los cronistas europeos hablaron de calles en las ciudades turcas repletas de mujeres a mediados del siglo XIV, mientras que para el XVI se veían pocas y todas tapadas. A las mujeres se les exigió que taparan sus cuerpos con túnicas y, con el tiempo, también el rostro y los ojos, como explica Kirstin Downey en el mencionado libro. Su libertad quedó restringida a la vida familiar, a veces vigilados por eunucos día y noche. Se les prohibía ir a lugares públicos, montar a caballo y comprar o vender algo, ni siquiera en compañía de sus maridos. El otomano Evliya Celebi, autor del texto sobre sus viajes «Seyahatname», mostraba su asombro e idignación ante la libertad que las mujeres gozaban en los lugares cristianos:
«Las mujeres se sientan con nosotros, los otomanos, a beber y charlar y sus maridos no dicen nada y se mantienen apartados. Y esto no está considerado vergonzoso. La razón está en que todas las mujeres de la cristiandad tienen el control y se comportan de esta forma tan poco respetada desde los tiempos de la Virgen María»

Isabel La Católica, reina de España
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Cuando los vikingos llegaron a la España musulmana. 2º ESO

EL DIARIO MONTAÑÉS
Álvaro Soto

Recreación de un desembarco vikingo en Escocia. / AFP



El autor danés Lasse Holm recrea en la novela 'Saqueo' las peripecias de los guerreros nórdicos en la península ibérica.

Desde Asturias hasta Al-Mariya (Almería), pasando por Shaluqa (Sanlúcar), y desde Mundaka hasta Turtusha (Tortosa), visitando Maiorica (Mallorca), conquistando Ishbiliya (Sevilla) y llegando a las puertas de Qurtuba (Córdoba), la capital del Califato Omeya, el viaje de los vikingos por España durante los siglos IX, X y XI es un recorrido apasionante a la caza de riquezas, territorios y esclavos. El escritor danés Lasse Holm (1968), autor de novelas históricas también sobre Grecia y Roma, recrea las peripecias de estos guerreros nórdicos por la península ibérica en la novela 'Saqueo' (Espasa), la segunda parte de la serie que cuenta las aventuras de los hijos de Ragnar, el primer rey vikingo, y que comenzó con 'Venganza'.
En esta ocasión, los fieros luchadores escandinavos se adentran en Al-Andalus para poner en jaque al potente ejército musulmán. La historia cuenta que los vikingos llegaron en varias oleadas a España. Primero desembarcaron en Asturias y Galicia, luego viajaron al sur y saquearon y quemaron Al-Yazira (la actual Algeciras) y consiguieron entrar en Sevilla (844 y 859), entre otros hitos, y, en fin, recorrieron la costa meditérranea y remontaron el Ebro para llegar con un desvío hasta Pamplona, de la mano del temible rey Björn Ragnarsson, llamado Björn Costado de Hierro.
Holm recrea ese enfrentamiento entre dos ejércitos poderosos, el vikingo y el musulmán. «Fueron batallas brutales. Cuando los vikingos llegan por primera vez a Galicia y después viajan hacia el sur, los musulmanes no están preparados porque llevaban mucho tiempo sin luchar contra un enemigo así. Además, los vikingos estaban advertidos de la fuerza de los musulmanes. Pero después, los musulmanes se rearman y consiguen repelerles», explica Holm, que visitó las ciudades españolas de la novela para dar verosimilitud a la narración.
En el 862, el estrecho de Gibraltar fue testigo de una gran batalla en la que los musulmanes utilizaron la tecnología de guerra más avanzada de la época: tanques que lanzaban aceite hirviendo, naves rápidas... «Los vikingos volvían tras recorrer el Mediterráneo y ahí se asustaron», sonríe Holm. De los 60 barcos nórdicos que intentaron regresar a sus cuarteles de invierno en Francia, apenas 20 consiguieron escapar de los ataques moros. Eso sí, los que lo lograron iban bien cargados de tesoros.
El estrecho de Gibraltar fue testigo en 862 de una gran derrota de los vikingos
«En sus expediciones por España y el sur de Europa, los vikingos buscaban dinero y esclavos para vender. Y hubo muchos que se hicieron ricos», cuenta el escritor. Pero también se exponían a muchos peligros. Aquellos que sobrevivían a las batallas eran convertidos en prisioneros y en la mayoría de los casos, ejecutados. Tan sólo una mínima parte eran perdonados y, en ese caso, se convertían al islam y acababan sus días como granjeros a miles de kilómetros de la tierra que los había visto nacer.
«Los musulmanes también utilizaban a los prisioneros vikingos para construir sus flotas. Sabían que eran muy buenos navegantes y buscaban beneficiarse de esos conocimientos», explica Holm, que aventura que, en España, los vikingos dejaron una larga descendencia. «La mayoría de ellos eran altos, musculosos, rubios y de ojos azules. Cuidaban mucho su aspecto físico y sus costumbres respecto a la higiene eran muy superiores a las de otros grupos. No resulta extraño pensar que tuvieron mucho éxito entre las mujeres locales», asegura.
La serie de televisión 'Vikingos' y los libros de Holm son nuevos ejemplos de que la fascinación por estos guerreros nórdicos nunca pasa de moda. Las guerras con Carlomagno enseñaron a los vikingos, un pueblo pobre, que en otros territorios la gente pasaba menos penurias que ellos. «Podían comerciar, pero preferían robar», ironiza Holm, así que se convirtieron en expertos marinos y guerreros que dejaron su huella en las islas británicas, en París, en América del Norte y en todo el Mediterráneo, tanto en su orilla norte como en la sur.


España, Alemania y Francia pactan un G3 para coordinar sus políticas europeas. 3º-4º ESO

EL PAÍS ESPAÑA
Lucía Abellán

París y Berlín aceptan una asociación más estrecha que en el pasado.


España se alía con las dos grandes potencias europeas para ganar influencia en la era post-Brexit. Alemania y Francia han iniciado un ejercicio de cooperación con España con el propósito de desbloquear asuntos clave que lastran hoy el avance de la Unión Europea. Representantes de esos tres países esbozaron la semana pasada una lista con seis puntos (entre ellos la migración, el presupuesto europeo y la elección de cargos comunitarios) que guiarán el diálogo de esta especie de G3.

Sánchez conversa con Merkel y Macron en el Consejo Europeo de octubre en Bruselas.  GETTY 


La retirada británica del tablero comunitario y la hostilidad que muestra Italia bajo el actual Gobierno populista están redefiniendo el equilibrio de poderes en la familia europea. En esa coyuntura, España busca acercarse más al eje francoalemán, al que siempre ha secundado en los grandes asuntos. La diferencia ahora consiste en que París y Berlín aceptan una asociación más estrecha que en el pasado. Una reunión celebrada el pasado miércoles en la embajada alemana en Madrid certificó el proyecto, según explican a EL PAÍS fuentes del Ministerio de Exteriores y confirman fuentes de ambos países europeos, que matizan que, por el momento, se trata de una “tormenta de ideas aún sin formato fijo”.

En ese encuentro, la pareja francoalemana ofreció a España incorporarse al Tratado de Aquisgrán que suscribieron Merkel y Macron a finales de enero. Este documento, destinado a revitalizar su alianza histórica y a adaptarla a los nuevos desafíos, se abrirá a otros Estados. El primero en recibir el ofrecimiento ha sido España. Más allá de este elemento simbólico, el secretario de Estado para la UE, Marco Aguiriano, y los dos embajadores francés y alemán identificaron seis áreas de cooperación en asuntos en los que Europa muestra dificultades para el consenso.
El primero de ellos es la migración, que enfrenta a los socios comunitarios desde la crisis de refugiados desatada en 2015. París, Berlín y Madrid coinciden en cooperar con los países y de tránsito de las migraciones para mitigar los flujos hacia Europa, un ámbito en el que España tiene gran experiencia. Aun así, los intereses de España difieren de los de los dos socios en algunos aspectos de este espinoso dossier. El plante que hizo el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, a una propuesta de reparto de migrantes abanderada por Francia y Alemania el pasado jueves en Bucarest refleja los límites del acuerdo en este terreno.
Los países también pretenden unir fuerzas en la batalla por las cuentas europeas 2021-2017, las primeras sin Reino Unido dentro del club y sin su aportación neta a esos presupuestos, que deja un agujero de unos 10.000 millones anuales. Tampoco resultará automático el entendimiento sobre la reforma de la unión monetaria, un proyecto en el que Alemania no acaba de dar las muestras de flexibilidad que le exigen Francia y el frente sur de la UE. Para evitar que estos esfuerzos caigan en saco roto, los Gobiernos se han comprometido a celebrar encuentros periódicos de secretarios de Estado de la UE de los tres países antes de cada cumbre europea. Habrá otros formatos de coordinación más ambiciosos, según las fuentes consultadas.
El impulso definitivo a este proyecto lo dio a finales de noviembre el ministro alemán de Exteriores, Heiko Maas. El dirigente socialdemócrata visitó a su homólogo español, Josep Borrell, en Madrid y ya evocó esta idea de estrechar lazos. Francia se mostraba entonces algo más remisa, especialmente ante la idea de configurar un nuevo grupo en el seno comunitario. Entonces, el ministro alemán abogó por “incorporar a España al grupo de los grandes motores de la UE, necesario ahora más que nunca para construir la Europa política”.

LAS DIFICULTADES QUE ENFRENTA LA ALIANZA

La fórmula, pese a todo, despierta grandes interrogantes. Está por ver que los tres países logren mantener una sola voz en asuntos conflictivos como la migración. También el grado de seguimiento que harán otros socios de los eventuales consensos entre Madrid, París y Berlín. La gran ampliación europea de 2004, y más recientemente el Brexit, han impulsado el auge de subgrupos en la UE. La llamada nueva liga hanseática (liderada por Holanda y que aglutina a los países bálticos y a los nórdicos) puja con fuerza por hacer una UE más centrada en el mercado único y menos en la cohesión social. Más visible —aunque menos organizado—, el grupo de Visegrado se opone fieramente al concepto de solidaridad en la política migratoria.

La República Islámica entra en la crisis de los 40. 4º ESO

EL PAÍS INTERNACIONAL
Ali Falahi/Ángeles Espinosa

Acosado por las sanciones de EE UU y la mala gestión interna, Irán intenta recuperar la confianza de la población cuatro décadas después de la revolución de Jomeini.


Ali Jamenei se dirige a los miembros de la Fuerza Aérea iraní.