lunes, 15 de octubre de 2018

El capitán español que sufrió 117 heridas combatiendo solo contra 4 navíos ingleses en Trafalgar. 3º-4º ESO

ABC HISTORIA
Manuel P. Villatoro

El "Neptuno", en Trafalgar - ABC 


«Al fuego». Esas fueron las dos palabras que dirigió el capitán español Cayetano Valdés al contralmirante francés Dumanoir cuando este le preguntó -durante la batalla de Trafalgar- por qué diantres abandonaba la formación. La frase no hubiera tenido mayor importancia de no ser porque implicaba que este español desobedecía las órdenes de su superior (quien le instaba a retirarse a Cádiz dejando de lado a los barcos aliados que se batían contra los ingleses) y partía directamente hacia la refriega con el objetivo de salvar a su buque insignia, el «Santísima Trinidad». Un bajel que al que los británicos estaban dejando como un colador. Su decisión le granjeó117 heridas de metralla y verse obligado a luchar solo contra cuatro enemigos, pero le dejó la honra intacta.
Cayetano Valdés y Flores nació en Sevilla el 28 de septiembre de 1767. Su infancia la pasó asombrado por el mar. Esto le llevó, en 1781, a acceder por la puerta grande a la Real Compañía de Guardiamarinas de Cádiz. Desde entonces se destacó como un aventajado estudiante de astronomía, hidrografía y navegación. A partir de ese momento, y a la vista de sus capacidades militares y navales, sus mandos no tardaron en promocionarle. Un hecho que le llevó a participar a una edad temprana en contiendas tan destacables como el asedio de Gibraltar (acaecido entre 1779 y 1783).

Entre ciencia y guerra

Después de ser nombrado capitán de fragata a los 25 años, su vida sufrió un breve cambio de rumbo. Y es que, dejó momentáneamente las armas para participar en la expedición científica que, a las órdenes de Alejandro Malaespina, buscaba reconocer el estrecho de Fuca.
Posteriormente, pasó su vida entre ciencia y balas hasta 1797, año en que (ya como capitán de navío) dirigió al «Pelayo» (de 74 cañones) contra los ingleses en la batalla del Cabo San Vicente. En la misma (la que supuso una gran derrota contra la Pérfida Albión) nuestro protagonista logró con su buque que el «Santísima Trinidad» (el gigantesco bajel español de -en principio- 120 cañones) no cayera en manos enemigas. Algo para lo que se batió heroicamente.
En 1805, ya con España aliada con Francia, recibió órdenes de formar parte (al mando del navío «Neptuno» -de 80 cañones-) de la flota combinada formada por 18 bajeles franceses y 15 españoles para invadir Gran Bretaña. Dirigida por el infame Pierre Charles Silvestre de Villeneuve, esta armada tenía el objetivo de atravesar el Canal de la Mancha y transportar un ejército desde las costas francesas a las inglesas.
Sin embargo, la armada se vio finalmente cercada en octubre a la altura de Cádiz por una escuadra de 28 bajeles al mando del conocidoHoratio Nelson. Al final, y después de celebrar varias reuniones, la «combinada» se decidió a atacar a los «british» el 21 de ese mismo mes. Todo ello, a pesar de que sabían que sus tripulaciones no eran lo suficientemente profesionales y la marinería (que no los oficiales) carecían de la experiencia de sus enemigos.

En Trafalgar

El 21 de octubre, las dos armadas se divisaron cerca del cabo Trafalgar. La flota combinada formó, por órdenes de Villeneuve (a bordo del «Bucentaure», de 80 cañones) en línea, mostrando las bandas de sus bajeles al enemigo. En el centro se destacaban (además del insignia en el que había embarcado el mandamás francés) el «Santísima Trinidad». Nuestro protagonista, Valdés, dirigía su «Neptuno» en la retaguardia, dirigida por el contralmirante Pierre-Étienne-René-Marie Dumanoir (sobre el navío «Formidable»). Este grupo contaba con un total de ocho bajeles entre los que destacaban tres españoles: el de nuestro protagonista, el «Rayo» y el «San Francisco».
Con todo, después de que Villeneuve ordenase a sus buques virar en redondo para tener la proa hacia Cádiz (según la mayoría de historiadores, porque quería asegurarse la retirada por si era derrotado) la división de Dumanoir quedó en vanguardia. El resultado de esta estrategia no pudo ser peor, pues destrozó la formación de la combinada y dejó una distancia considerable entre los diferentes bajeles por la que, en el caso de lanzarse de bruces contra ella, podrían colarse los ingleses.
Dicho y hecho. Nelson, que tonto no era, decidió entonces formar dos divisiones y dirigirse, en perpendicular, hacia el centro de la línea francesa. «Los ingleses formaron dos gruesas columnas, de 15 navíos la situada más al Norte, o izquierda, que guiaba Nelson con su navío “Victory”; de 12 la otra, marchando a la cabeza el almirante Collingwood en el “Royal Souvereign”. (…) Se dirigieron, en líneas algo oblicuas, a la armada aliada: la primera, a cortarla por el centro; la de Collingwood, a envolver la retaguardia», explica el historiador y militar Cesáreo Fernández Duro en su obra «Armada española (desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón)».
Aproximadamente al medio día se disparó el primer cañonazo y, posteriormente, se demostró que la estrategia de los británicos había sido acertada cuando sus buques se abalanzaron contra el «Bucentaure» y el «Santísima Trinidad». Villeneuve se vio entonces superado por un amplio elenco de contrarios y, desesperado, solicitó mediante señales a los extremos de su línea (entonces fuera del combate) que se dirigieran «al fuego» central cuanto antes. Las órdenes fueron recibidas por todos... incluso por Dumanoir. ¿Qué hizo este francés? Empezar a remolonear para evitar entrar en combate y dar órdenes a los navíos bajo su mando de que no se movieran para ayudar a sus aliados.

Un despiste...

Por suerte para nuestro país (donde el boicoteo histórico es tan habitual como la crítica soterrada a aquel que no esté presente) la mayoría de fuentes francesas quitan responsabilidad a España y están de acuerdo en que Dumanoir no quiso entrar en combate. Todo ello, a pesar de que, mientras le quedó un solo palo sin derribar, el «Bucentaure» de Villeneuve mantuvo en alto los banderines que le indicaban lo que debía hacer: presentarse en la refriega de una endemoniada vez para dar un buen repaso a los infames Lords ingleses con su escuadra. O al menos, para evitar que el repaso se lo diesen los hombres de Nelson a ellos.
Pero el «Formidable» ni caso. Nada de nada. «Rien de rien», que dirían los francos. De hecho, y para sorpresa de los presentes, se hizo el despistado y se alejó poco a poco (junto a los buques de su división) rumbo norte, hacia donde le dirigía la marea.
Para algunos destacados historiadores como Roy Adkins, este «despiste» permitió que el plan de los ingleses saliese a pedir de boca: «La estrategia de Nelson dependía de que los buques de la vanguardia francesa tuviesen dificultades para virar y no lograsen, por tanto, auxiliar al resto de la línea de batalla hasta que fuese ya demasiado tarde. De modo que, cuando más se alejase Dumanoir de la flota, más posibilidades tendrían los británicos de obtener la victoria».
No obstante, otros tantos son partidarios de que, aunque hubiese cumplido las órdenes y hubiese entrado de cabeza en la refriega, es imposible saber qué hubiese sucedido. Uno de ellos es el militar y marino del XIX José Ferrer de Couto.
Independientemente del resultado militar, lo cierto es que -aquel día- Dumanoir dejó claro que era partidario de la «Liberté», pero poco de la «Égalité», y nada de la «Fraternité». Y es que, se tomó la libertad de obviar que era en el centro donde estaban las tortas y que lo igualitario y lo fraternal era acudir a dar de cañonazos al mismo enemigo que estaba aniquilando a su superior.
A las dos menos diez de la tarde, y ya hasta las napias de que Dumanoir no acudiese a la lid, Villeneuve ordenó (por enésima vez) que los buques entrasen «en fuego» en el centro de la formación. Mientras todo aquello sucedía, los fogonazos de los cañones que salían del «Bucentaure» y del «Santísima Trinidad» se iban desvaneciendo poco a poco, silenciados por el enemigo.
Todo parecía perdido. De hecho, hubo un momento en que los ingleses vieron tan silencioso el «Escorial de los mares» que creyeron que se había rendido. Pero nada más lejos de la realidad. «Notando los enemigos el silencio en aquella mole inerte, enviaron bote con oficial preguntar si se había rendido, prontamente respondieron los marineros españoles “no, no”», explica Duro. En los minutos siguientes, el combate continuó a expensas de la mirada lejana de Dumanoir quien, lentamente y ante la insistencia de su oficial al mando, ordenó a sus buques empezar a acercarse a la contienda.

Al fuego

La desesperación al ver a sus compatriotas batiéndose a quemarropa por España y Francia debió calar en lo más hondo del corazón de los capitanes a las órdenes de Dumanoir. Quizá fuera eso, o quizá fuera la simple necesidad de no manchar su historial manteniéndose a distancia de la mayor batalla naval de la época.
Fuera por la causa que fuese, finalmente algunos capitanes desobedecieron al infame galo y viraron para dejar de ser espectadores, y convertirse en protagonistas. «Como el jefe dejara pasar el tiempo sin obedecer la señal que todos los comandantes veían, algunos, por propia instigación viraron, haciendo los esfuerzos imaginables para llegar al fuego con el viento calmoso que apenas llenaba las velas», explica Duro en su obra.
El primero de ellos, según este historiador, fue el de nuestro protagonista: el «Neptuno». El 80 cañones, a los mandos de Valdés, «cambió la proa remolque de los botes» y, queriendo emular lo que había hecho en la batalla del cabo «San Vicente» (donde su intervención evitó que el «Santísima Trinidad» cayera en manos enemigas), se dirigió finalmente hacia la refriega.
Así explicó el capitán español su decisión en el parte posterior de la contienda: «A la una y tres cuartos vi la señal que mandaba a la vanguardia virar en redondo a un tiempo y acudir a sostener el cuerpo o división atacada, lo que ejecuté inmediatamente, sin esperar el momento que vi izado poco después en el navío “Formidable”, el que con el resto de la vanguardia estaba haciendo lo que yo ya tenía verificado».
Antonio Escaño, segundo oficial de la armada española en la contienda, refirió así su conducta: «Viró en obedecimiento de la orden de la señal de virar por redondo la vanguardia para sostener el cuerpo atacado». Según se dice, cuando observó la maniobra, Dumanoir le preguntó al hispano qué diantres hacía al pasarse por el forro (del pantalón) la cadena de mando. Ante esas palabras nuestro protagonista le respondió, simplemente, que se dirigía «al fuego».
Otro tanto sucedió con el «Intrepide» (un navío de línea de segunda clase, de 74 cañones, y construido en los astilleros de Ferrol). Su capitán, Luis Infernet, le puso las mismas napias que su homólogo español y se lanzó contra los ingleses ávido de sangre. Este marino, tras la contienda, fue recibido de forma honrosa por Napoleón, quien le dijo lo siguiente: «Si todos los comandantes se hubiesen conducido como vos en Trafalgar, la victoria no hubiera estado ni un solo momento indecisa».
Mientras hombres como Valdés e Infernet ponían proa hacia el «Bucentaure» de Villeneuve y el «Santísimas Trinidad» (ambos, casi unas boyas inertes para entonces), Dumanoir decidió que poco podía hacer con los buques que le quedaban, y tomó una decisión todavía más criticable que su actitud hasta el momento: marcharse con viento fresquito hacia Cádiz para salvarse.
«Dumanoir, que al fin se decidió pasar por barlovento con cuatro navíos franceses en línea, satisfaciéndose con disparar algunos cañonazos de lejos, orzó, perdiéndose de vista por el Oeste», añade Duro. Con su partida, bandera tricolor ondeando al viento, se marcharon las pocas opciones (y las esperanzas de victoria) del almirante francés. Concretamente, los buques que decidieron dejar a sus compañeros atrás fueron el «Formidable», el «Scipion», el «Duguay-Trouin» y el «Mont Blanc».

En combate

Media hora después de mandar a la «merde» a Dumanoir, Valdés se dio de bruces con dos navíos que salieron a cortarle el paso a la ver que intentaban doblar (superar y atacar por la popa, la parte más débil de los bajeles de la época) al «Bucentaure» y al «Santísima Trinidad». Estos fueron el «Spartiate» (de 74 cañones) y el «Minotaur» (también de 74). Le detuvieron, pero este par de bajeles pronto tuvieron que ser reforzados con otros dos gracias a la tenacidad de nuestro protagonista.
«A las dos y cuarto teníamos por nuestra amura de barlovento cuatro navíos enemigos, uno de ellos de tres puentes, que con viento algo más fresquito que hasta entonces había reinado y fuerza de vela, las amuras a babor, se dirigían a doblar al Trinidad y Bucentauro, desarbolados ya de todos sus palos; con ellos trabé un vigoroso combate, así como los demás buques de mi inmediación, que eran todos franceses, en número de cuatro», explica el mismo Valdés en su informe de la batalla.
Cañonazo tras cañonazo, mosquetazo tras mosquetazo, el español demostró a los ingleses (y a los huidizos galos) que no estaba dispuesto a dejarse la vida sin llevarse a cuántos más enemigos pudiera al fondo del mar.
Pero, aunque logró dar unos minutos a sus dos aliados, finalmente terminó sucumbiendo hacia la potencia inglesa. «A las tres y media, habiendo arribado algo la división enemiga, pasó por sotavento de la nuestra y a muy poca distancia, en cuyo tiempo fue cuando recibí averías de consideración, pues perdí el mastelero de velacho y parte de la cofa de trinquete, cortados muchos obenques de este palo. Faltó el estay mayor, la verga de trinquete, el mastelero de gavia; atravesado el palo mayor por cinco partes, cortados todos los obenques y quinales de la banda de babor y cinco de la de estribor, dos cañones en el entrepuente desmontados y varios balazos a flor de agua, por donde entraba bastante», comenta en su informe.

El final

Una hora después (a las «cuatro menos algunos minutos», en palabras de Valdés), tras recibir severos daños en el caso, los palos y cualquier elemento del buque sensible de ser destruido por un bala británica, el «Neptuno» de Valdés pudo al fin acercarse al «Bucentaure» y al «Santísima Trinidad».
El capitán había cumplido valerosamente con su misión de socorro, aunque de poco sirviera ya para la victoria combinada en la contienda. Fue en ese momento cuando, sabedor de que -al menos- no había fallado a sus compatriotas (como si habían hecho los galos) la tragedia se sucedió: fue herido de gravedad en la cabeza por la caída de uno de los palos del buque.
«A esta sazón cayó el palo de mesana, y en sus ruinas fui herido en la cabeza y nuca, con lo que perdí el sentido y conducido abajo, a donde nunca pensé retirarme, sin embargo de haberme sentido herido tres veces durante la acción», explicó posteriormente. Para entonces, y tal y como señala José María de Mena en su obra «Historia de Sevilla», había recibido la friolera de 117 heridas de metralla en todo el cuerpo.
Como ocurrió con otros tantos capitanes, en principio Cayetano Valdés se negó a retirarse, pero sus compañeros terminaron poniendo su cuerpo a cubierto cuando perdió el conocimiento. «Un guardiamarina sacó al comandante don Cayetano Valdés, el amigo de mi padre, cuando ya estaba abandonado a una muerte segura, porque […] un golpe en la cabeza le tenía […] privado enteramente del sentido», afirmó Escaño en sus memorias.
Como es lógico, el oficial señala en su informe que, desde ese momento, «nada sé por mi mismo», pero continúa narrando el combate del «Neptuno» en base a los datos obtenidos de sus oficiales.
«Tengo entendido que mi navío se conservó a la voz del Trinidad y Bucentauro de la vuelta encontrada, que los enemigos reviraron sobre mi navío y lo doblaron por barlovento, y que por último, algunos minutos antes de ponerse el sol, hallándose con treinta muertos y cuarenta y siete heridos, enteramente desarbolado haciendo bastante agua y abrumado del superior número de los enemigos que se cebaron sobre mi navío, que fué el único que estaba en aquellas aguas, determinaron hendirse a fuerzas tan desiguales», determina. Al final, el navío se rindió a la cinco de la tarde. Con el deber cumplido, la honra intacta, pero con 42 muertos y 47 heridos.

Tras la batalla

Tras la derrota y la huida desesperada de algunos buques de la combinada, el «Neptuno» y su tripulación fueron hechos prisioneros por los ingleses. Estos, al día siguiente, remolcaron los restos del bajel con intención de llevarlo hasta sus islas. Sin embargo, y para suerte de Valdés, una división española salió posteriormente del puerto para rescatar a cuántos marinos y bajeles apresados pudiese. Uno de ellos fue, precisamente, su navío.

Ese hecho le permitió llegar con vida a Cádiz, ser ascendido a almirante, y combatir en la posterior Guerra de la Independencia. Pero eso, como se suele decir, es otra historia.
Pinchando en el enlace se abre el vídeo.




Detectan un chorro estelar anómalo en una estrella de neutrones

ABC CIENCIA


Astrónomos han observado que un tipo de estos objetos que no debería emitir chorros de radiación sí lo hace. Esto echa por tierra los modelos y obliga a replantearse lo que se sabe sobre estos fenómenos.


Representación artística de una estrella de neutrones - ICRAR/Universiteit van Amsterdam



Las estrellas de neutrones son básicamente núcleos atómicos de varias decenas de kilómetros de diámetro que giran en el espacio a velocidades de hasta 40.000 revoluciones por minuto. Son cadáveres de estrellas, formados tras la explosión de supernovas, en cuyo interior la materia se ha comprimido hasta el máximo posible, generando una realidad exótica de materia superfluida y superconductora, un potentísimo campo magnético y, cuando le roban el gas a una estrella compañera, chorros o «jets» de energía que brotan de los polos: son auténticos cañones de radio, rayos X o rayos gamma que giran con las estrellas y que a veces pueden detectarse desde la Tierra de forma periódica, lo que hace que estas estrelllas sean conocidas como púlsares.
La masa y la velocidad de rotación de las estrellas de neutrones influyen en sus propiedades y crean diferentes comportamientos y fenómenos. Uno de ellos es que las estrellas de neutrones con campos magnéticos muy potentes no generan chorros o jets de radiación. Pero ahora, una investigación que se ha publicado en la prestigiosa revista Natureha demostrado que eso no es cierto. Los investigadores han observado evidencias de un «jet» en uno de estos objetos, lo que tira por tierra dicha hipótesis y obliga a los científicos a replantearse lo que saben sobre la formación de estos chorros.
«Hemos visto "jets" viniendo de todos los tipos de estrellas de neutrones que roban material de sus compañeras (estrellas en sistemas múltiples), con una sola excepción», ha dicho en un comunicado Jakov van den Eijnden, investigador en la Universidad de Ámsterdam. «Nunca hasta ahora habíamos visto un chorro viniendo de una estrella de neutrones con un campo magnético muy potente».
Pero ahora, su observación obliga a revisar en profundidad las ideas sobre cómo se originan los chorros.
Los astrónomos observaron durante tres meses una estrella de neutrones llamada Swift J0243.6+6124 o Sw J0243 a través del radiotelescopio «Karl G. Jansky Very Large Array», o VLA. Este objeto fue descubierto en octubre de 2017 por el telescopio espacial Swift, de la NASA, dedicado al estudio de explosiones de rayos gamma o GRB, cuando dicho objeto emitió un potente pulso de rayos X.

La estrella de neutrones «lenta»

El objeto en cuestión es una estrella de neutrones que gira «lentamente» y que roba material a su estrella compañera, que es significativamente más masiva que el Sol.
Representación artística de Sw J0243: en teoría, el campo magnético es tan intenso que impide que el material del disco de acreción llegue hasta la superficie del púlsar. Eso impide la formación del chorro. Pero estas observaciones dicen que dicha estrella sí tiene un chorro
Representación artística de Sw J0243: en teoría, el campo magnético es tan intenso que impide que el material del disco de acreción llegue hasta la superficie del púlsar. Eso impide la formación del chorro. Pero estas observaciones dicen que dicha estrella sí tiene un chorro - ICRAR/Universidad de Ámsterdam
Allí los astrónomos no pudieron detectar directamente los chorros, pero sí que captaron un indicio que les ha hecho pensar que, efectivamente, Sw J0243 emite chorros: este es un debilitamiento simultáneo de rayos X y de ondas de radio provenientes de la estrella de neutrones. «Esta es la combinación que hemos visto en otros sistemas que producen chorros», ha aclarado van den Eijnden.
Las teorías dicen que en estrellas de neutrones como Sw J0243 los chorros «brotan» de las líneas de campo magnético que están «ancladas» a las partes del interior de los discos de acreción, la banda de materia robada a las estrellas vecinas y que alimenta a estos voraces objetos. Sin embargo, según van den Eijnden, su hallazgo echa por tierra esta idea.
¿Qué puede estar pasando, entonces, en Sw J0243? Según han sugerido, podría ser que el chorro fuera impulsado por la propia rotación de la estrella. Lo interesante, este mecanismo hipotético predice que los chorros son más débiles en estrellas que giran despacio, cosa que han podido observar en esta ocasión.
Otra de las implicaciones interesantes es que este hallazgo no ha sido posible hasta que el VLA se ha beneficiado de una ampliación de sus instrumentos. Por eso, estos investigadores han pronosticado que ahora podrían empezar a encontrar este tipo de objetos, para fortalecer su hipótesis.
Además, los autores han explicado que este hallazgo puede tener también implicaciones en el conocimiento de otros objetos. Podría significar, tal como han sugerido, que los púlsares ultra-luminosos de rayos X, altamente magnetizados, también podrían producir chorros.
Sea como sea, todo esto permite aprender más sobre el funcionamiento de las estrellas de neutrones, y, por ello, sobre la materia y la energía sometidas a condiciones tan extremas.

Así fue la inesperada reconquista de Córdoba por Fernando III «El Santo»: un golpe crítico a Al-Ándalus. 2º ESO

Abc Historia
César Cervera

Para cuando el castellano llamó a su puerta, la ciudad ocupaba un lugar secundario en la escena musulmana de la Península. La población se distribuía entre partidarios de los castellanos y partidarios de los distintos miramamolines que se disputaban el poder a nivel nacional.

Tabla que muestra a Axataf entregando a Fernando III las llaves de Sevilla, una ciudad que conquistó una década después de Córdoba. 


A partir de la victoria cristiana en Las Navas de Tolosa (1212), los reinos musulmanes de la Península se vieron sin el apoyo de los sucesivos imperios norteafricanos que, de forma periódica, habían insuflado tropas y armas a sus hermanos de religión. Durante el resto del siglo XIII, castellanos, leoneses, aragoneses y portugueses llevaron la Reconquista a su punto culminante, lo que supuso la toma de ciudades icónicas de Al-Ándalus.
No obstante, los reinos cristianos no aprovecharon inmediatamente su victoria militar, puesto que lo impidió la minoría de edad de los Reyes de Aragón y de Castilla, así como las ambiciones nobiliarias que les acompañaron. No fue hasta 1224 cuando los cristianos pasaron a la ofensiva con una táctica que en el pasado habían empleado los grandes caudillos musulmanes contra ellos: aprovechar los enfrentamientos internos para ofrecer ayuda a alguna facción a cambio de tributos y plazas fuertes. Lo mismo que harían un siglo después los Reyes Católicos al proteger a Boabdil, en Granada, frente al emir Muley Hacén y su hermano Ibn Sad «El Zagal».

La táctica de la asfixia económica

Fernando, I de Castilla desde 1217 y III de León a partir de 1230, aprovechó como nadie la división que surgió entre los almohades españoles al morir el miramamolín Almontaser Bilá, en 1224. Los gobernadores de Valencia, Córdoba, Granada y la máxima autoridad en Sevilla repartieron sus lealtades entre los dos herederos de Bilá: Almohamed al Najlu y al-Adil. Automáticamente, surgieron facciones de ambos bandos en todos estos taifas, lo que a su vez profundizó las diferencias étnicas y tribales de los musulmanes de la Península. En medio de esta situación caótica de la sociedad andalusí, Fernando III se puso como objetivo la toma de Jaén y secundó el avance de las órdenes religiosas por Extremadura.
Como relata Vicente Ángel Álvarez Palenzuela en «Historia de la Edad Media» (coordinado por este autor), las órdenes militares emprendieron una campaña de conquistas en 1234 que afectó a las ciudades de Medellín, Alange, Santa Cruz y, al año siguiente, Magacela. Ibn Hud, que desde Murcia había encabezado a la población hispano-musulmana contra los sucesores almohades, era en ese momento el hombre más fuerte del Islam en España. A él le tocó defender Extremadura del avance castellano y, cuando las derrotas le sobrepasaron, pidió a Fernando III una tregua a cambio de dracónidas concesiones, entre ellas el pago de 430.000 maravedís. El Monarca cristiano, además, le pidió que mirara a otro lado ante el ataque castellano sobre una serie de fortalezas musulmanas en Sierra Morena.
Como consecuencia de esta ofensiva, los cristianos tomaron Iznatoraf, Santisteban y Chiclana, lo cual dejó Jaén a punta de caramelo para las tropas de Fernando III. De hecho, los planes del Monarca castellano pasaban por conquistar en primer lugar Jaén, al menos hasta que supo del descontento interno en Córdoba, cuya población estaba en pie de guerra ante la presión fiscal que Ibn Hud le exigió para conservar la tregua. La posibilidad de lograr un trofeo del calibre de Córdoba modificó los planes castellanos en 1236.

Una conquista inesperada

Con la invasión musulmana de 711, Córdoba se convirtió en capital del Califato Omeya de occidente, época en la que alcanzó su mayor apogeo con una de las poblaciones más elevadas del mundo. Durante el gobierno de Abderramán I, se iniciaron las obras de la Gran Mezquita de Córdoba (completada en el siglo X) que, junto a la universidad y la biblioteca pública, elevaron a la ciudad a epicentro del mundo musulmán en Occidente. Por toda la urbe se extendían palacios, entre ellos Al-Zahra (Medina Azahara), a las afueras de Córdoba y la población alcanzó un alto nivel de vida. No obstante, a partir de la muerte de Almanzor en el siglo XI la ciudad entró en un lento proceso de decadencia y se sucedieron las disputas por el poder, cuyos actos de pillaje degradaron los grandes monumentos omeyas.
Imagen del puente Romano y de la Mezquita-catedral de Córdoba
Imagen del puente Romano y de la Mezquita-catedral de Córdoba
Para cuando Fernando III llamó a su puerta, Córdoba ocupaba un lugar secundario en la escena musulmana de la Península. La población se distribuía entre partidarios de los castellanos y partidarios de los distintos miramamolines que se disputaban el poder a nivel nacional. Al tanto de estas discordias, un grupo de cristianos de Andújar y Úbeda lograron que una de las facciones les abrieran las puertas del barrio de la Ajarquía en enero de 1236. Otra versión más novelada afirma que no hubo ayuda desde dentro, sino que los cristianos fronterizos escalaron los muros por iniciativa propia. Álvaro Colodro, un humilde soldado, fue el primero en escalar las torres de la ciudad califal. Vestido como los naturales del lugar, los mozárabes, y con conocimientos de árabe, subió a una torre almenada mediante una escala y aprovechó la confianza de los guardianes para degollarlos sigilosamente con la daga. Luego, abrió la puerta para que media docena de compañeros entrasen en Córdoba.
El Monarca impidió que entraran suministros en la ciudad y neutralizó por la vía diplomática cualquier posible socorro de otras fuerzas musulmanas
De una forma u otra, el caso es que la lucha entre cristianos y musulmanes, refugiados en la Madina, se extendió por la ciudad con aquella entrada inesperada, mientras el Rey de Castilla se dirigió a cercar Córdoba en cuanto supo lo que había ocurrido. En pocas jornadas realizó un recorrido por Rodrigo, Medellín, Dos Hermanas e instaló su campamento en Alcolea. El Monarca impidió que entraran suministros en la ciudad y neutralizó por la vía diplomática cualquier posible socorro de otras fuerzas musulmanas. Tras cinco meses de asedio y de una guerra calle a calle, Córdoba capituló y fue entregada de forma intacta y vacía a los cristianos. Fernando accedió a que la población se llevara consigo los bienes muebles y conservó la Gran Mezquita al precio de convertirla en catedral.
Con la pérdida de Córdoba, se aceleró la descomposición política del territorio musulmán. Ibn Hud logró una nueva tregua con los castellanos por seis años, durante los cuales debía pagar a Fernando 52.000 maravedís anuales en plazos cuatrimestrales. Su asesinato, en 1238, echó al traste la última intentona de la sociedad andalusí por superar las viejas rivalidades étnicas y tribales. Jaén y Sevilla pasaron a manos cristianas pocos años después. En cuestión de un siglo, Granada se convirtió en una isla musulmana rodeada por un océano cristiano.

Robotización “Las humanidades nos salvarán de perder el empleo”, dice este experto. 4º ESO-Economía-IAEE

retina EL PAÍS ECONOMÍA
Esther Paniagua

Scott Hartley

El inversor de Silicon Valley Scott Hartley tiene un mensaje: solo cuando internalicemos que la contraposición entre ciencias sociales y tecnología es falsa, lograremos desarrollos que mejoren esencialmente nuestras vidas.


Muchos creen que Silicon Valley es un jardín amurallado lleno de desertores y desarrolladores de software, y que la tecnología es un monolito compuesto solo por informáticos. Aclamamos al ‘técnico’ mientras denigramos a aquellos con habilidades blandas. Los inversores a menudo bromean con que las artes liberales son inútiles. Pero tanto ellos como los periodistas pasan por alto la compleja realidad de la tecnología”, escribe el inversor Scott Hartley.

Lo sabe con conocimiento de causa, ya que ha pasado la mayor parte de su vida en el Valle del Silicio, y ha trabajado para compañías como Google o Facebook, y también como inversor. Pero Hartley, licenciado en Ciencias Políticas y experto en economía internacional y negocios, también ha pasado por el Centro Berkman de Harvard para Internet y la Sociedad, y formó parte del programa de Innovación Presidencial de la Casa Blanca.
Su visión y las personas que ha conocido a lo largo de su vida profesional le llevaron a escribir un libro para contar algo que a él le parece una obviedad pero que cree que se está pasando por alto: la “falsa oposición entre humanidades y tecnología”, y la necesidad de reivindicar las primeras como base esencial para el desarrollo tecnológico. Es lo que hace en The fuzzy and the techie, seleccionado como libro del mes por Financial Times en 2017. Le entrevistamos a nuestro paso por Nueva York (EE.UU) para hablar sobre algo más que sobre su libro.
“Al contrario de lo que la gente piensa, Silicon Valley es tan fuzzy como techie”, dice Hartley. Fuzzies es como se llama coloquialmente a los estudiantes de humanidades y ciencias sociales en la Universidad de Stanford (EE.UU), donde él estudió. Los techies son los alumnos de carreras STEM o CTIM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas). “Sin una mirada profunda que considere los problemas más profundos que afronta el mundo y sin curiosidad, la tecnología carece de aplicación; lo que esta promete es mejorar nuestra vida”, sostiene.
Asegura que los fuzzies no son solo líderes empresariales en ventas o marketing sino cofundadores de empresas tecnológicas, y quienes impulsan en ellas la innovación y lideran el desarrollo de productos. Y da algunos ejemplos: Susan Wojcicki, directora ejecutiva de YouTube, es historiadora. La exdirectora ejecutiva de Hewlett Packard, Carly Fiorina, estudió Historia Medieval. Sheryl Sandberg, directora operativa de Facebook, estudió Economía. Peter Thiel, cofundador de PayPal; Stewart Butterfield, cofundador de Flickr y Slack, y Reid Hoffman, cofundador de LinkedIn, se licenciaron en filosofía. Ben Silbermann, cofundador de Pinterest, estudió Ciencias Políticas, mientras que Parker Harris, cofundador de Salesforce, estudió Literatura Inglesa.
En cuanto a la ejemplos de aplicación de las humanidades en el desarrollo de tecnología, el autor cita a Melissa Cefkin, una antropóloga que trabaja para Nissan con la misión de establecer la forma en la que desarrollar sistemas de conducción autónoma socialmente aceptable, bajo la consideración de los vehículos autónomos como agentes interactivos en el mundo. O a Jessica Carbino, que ejerció como socióloga y analista de big data de Tinder, donde escudriñaba los miles de millones de vistas de perfil desde su perspectiva sociológica.
En ámbitos como la danza, Hartley destaca la aportación de la bailarina y coreógrafa Catie Cuan, que trabaja actualmente en el Laboratorio de Robótica, Automatización y Danza (RAD Lab) de la Universidad de Illinois Urbana-Champaign (EE.UU). También ha obtenido una residencia tanto en el programa TED de innovación como en el de ThoughtWorks Arts por su trabajo en la intersección entre robótica y danza, y pronto iniciará sus estudios de Ingeniería Mecánica en la Universidad de Stanford. Su misión: enseñar movimientos gráciles, elegantes, a los robots para facilitar la interacción con los humanos y generar confianza.
El inversor, nos obstante, cree que queda un largo camino por recorrer antes de que lograr desarrollar en los robots la capacidad de ser empáticos o de ejercer trabajos eminentemente humanos como los de los cuidadores. Sí defiende su utilidad actual en ciertos casos que implican tareas rutinarias que sí pueden automatizarse y complementar el trabajo de las personas.
  • Garantizar el trabajo
Hartley apunta otro motivo adicional por el cual, en medio de la supremacía tecnológica y de lo técnico, se debería poner el foco en las humanidades y en las ciencias sociales: “Las barreras de entrada para adquirir un dominio básico de las herramientas tecnológicas han bajado considerablemente gracias, entre otras cosas, a plataformas de educación online -en muchos casos gratuitas- como Coursera, Udacity o Codecademy”. El fundador de esta última, por cierto, estudió Ciencias Políticas.
Esta democratización del acceso a formación técnica junto con el desarrollo de máquinas capaces de programar por sí solas y desarrollar tecnologías inteligentes hace que expertos como Hartley planteen lo erróneo de pretender que todo el mundo se convierta en programador. La hipótesis es que la demanda de esta profesión -ahora en auge- podría caer considerablemente a medio o largo plazo, y serán las artes liberales las que garantizarán un trabajo, o una forma de ganarse la vida.
Por otra parte, se aprecia una necesidad creciente de perfiles relacionados con la filología y la lingüística o con la filosofía como parte de los equipos de desarrollo tecnológico. Por citar dos ejemplos claros: Amazon y Google, para cuyos desarrollos de asistentes basados en voz es imprescindible la comprensión y el análisis del lenguaje natural y del discurso, y su reproducción en la interacción humana.
Pero ese no es el único motivo. Lo que subyace aquí es la necesidad de contar con personas que hagan las preguntas adecuadas. “Nos movemos hacia un mundo en el que la sintaxis de los códigos se acerca al inglés, y el lenguaje de programación de mayor orden será algún día el lenguaje natural. Lo que esto significa es que necesitamos interrogadores inteligentes, personas que puedan estructurar el pensamiento”, sostiene Hartley. “Como dijo Voltaire: ‘Juzgue a un hombre por sus preguntas y no por sus respuestas’”.
  • Discriminación tecnológica
En cuanto a la necesidad de perfiles provenientes del mundo de la filosofía, Hartley subraya la importancia de este aspecto para dotar de ética a las máquinas y algoritmos que gobiernan e influyen directa e indirectamente en buena parte de nuestras vidas. Personas que se pregunten cómo de sesgada está la información que usan estos sistemas para obtener sus resultados e incluso para tomar decisiones. Que ayuden a dilucidar cómo atenuar el sesgo que a menudo pasa desapercibido.
“Consideramos que crear vehículos autoconducidos es un desafío técnico. Sin embargo, lo crucial son los aspectos éticos y morales de cómo circular e interactuar en uno de estos automóviles un entorno urbano y cuáles deben ser sus prioridades (a quién salvar en caso de accidente inevitable, por ejemplo). La situación se complica más aún, especialmente para los fabricantes, teniendo en cuenta que moral y ética están ligadas a la cultura, y son difícilmente universalizables. “Lo correcto en Nueva York y puede diferir mucho de lo correcto en Tokio, ¿cómo diablos codificas esas diferencias en la programación del automóvil?”, cuestiona el autor.

Discriminación

Hartley cita a Cathy O'Neil, autora deArmas de destrucción matemática. Cómo el ‘big data’ aumenta la desigualdad y amenaza la democracia, que expone las diversas formas en que los algoritmos pueden perpetuar la discriminación. Su conclusión: que los errores en la recopilación e interpretación de datos deben corregirse mediante análisis humano, y que los mejores cualificados para esta tarea provienen del ámbito de las humanidades y de las ciencias sociales.
“Cada decisión que tomas es un acto de diseño, al elegir explícitamente qué incluir y qué excluir cuando estás construyendo un modelo. Estas son fundamentalmente elecciones morales, y son los fuzzies quienes mejor capacitados están para observar la intersección de todos estos problemas diferentes y proporcionar una respuesta solvente”, concluye. De ello, entre otras cosas, hablará Hartley en su visita a España para participar el 22 de septiembre en el Hay Festival en Segovia.