viernes, 27 de diciembre de 2019

La gran mentira sobre la batalla más épica entre tanques nazis y soviéticos que hemos creído desde 1943. 4º ESO

ABC HISTORIA
Manuel P. Villatoro

El enfrentamiento en Prokhorovka no fue la victoria que la URSS quiso vender al mundo, sino una amarga derrota provocada por la estupidez de sus oficiales.


Recreación de la batalla de Kursk/ «Tiger I», el indestructible monstruo nazi que causaba terror a los tanques aliados.

Los relatos sobre el enfrentamiento en Prokhorovka (acaecido el 12 de julio de 1943 en las cercanías de la actual frontera de Ucrania con Rusia) se siguen contando por decenas. Cada uno, más épico que el anterior. La versión más extendida afirma que fue la batalla de tanques más grande de la Historia y que, en ella, los blindados soviéticos aplastaron a los invencibles  Tiger nazis a golpe de arrestos. Así lo confirmó el general Pavel Rotmistrov, a cargo de las operaciones aquel día: «Cada uno de los hombres de todas las unidades […] demostraron un enorme valor. […] Los heridos se negaban a abandonar sus posiciones, las tripulaciones que habían perdido sus tanques continuaban luchando luchando a pie». Aquello les valió, según se esforzaron en extender los rusos, para asestar un golpe letal en la  Segunda Guerra Mundial a las unidades de Adolf Hitler
La bofetada fue de tales dimensiones que, siempre según la versión más conocida, al «Führer» no le quedó más remedio que abandonar su ofensiva sobre el frente del este y comenzar la retirada hacia Alemania. El resultado de la batalla, así como el mito extendido por los lugartenientes de Stalin, caló hondo en la sociedad soviética. Tanto que, poco después, se levantó en mitad de Prokhorovka una estatua que muestra a dos carros de combate T-34 (la columna vertebral de las divisiones acorazadas de la URSS) avanzando impasibles sobre los restos de un Tigre. La realidad, sin embargo, es mucho más difusa. En los últimos 75 años han sido muchos los investigadores e historiadores que han matizado lo que sucedió aquella triste jornada del 12 de julio de 1943. Y, según parece, la contienda no fue tan decisiva para el devenir del país como nos han querido hacer creer.

Tanque Tigre destruído en Kursk. A los pies, un soldado soviético
Tanque Tigre destruído en Kursk. A los pies, un soldado soviético
El último experto en cargar contra la versión oficial de los hechos fue el historiador británico Ben Wheatley quien, en declaraciones al diario germano «Die Welt», afirmó el pasado septiembre haber hallado una serie de instantáneas que demuestran la verdad; o la triste realidad para la URSS, más bien. En las imágenes (extraídas de los Archivos Nacionales de EE.UU. en College ParkMaryland) se pueden apreciar más de 200 carros de combate soviéticos convertidos en chatarra. Hasta aquí, las cifras cuadran con las ofrecidas hasta ahora por las autoridades rusas. Sin embargo, en ellas apenas se distinguen... ¡5 panzers destruidos! En sus palabras, las fotografías demuestran lo que otros tantos estudiosos ya habían confirmado en los últimos años: que las  tropas de Stalin sufrieron aquel día una amarga derrota a manos del ejército teutón.
Con todo, las instantáneas suponen apenas la punta del iceberg de la gigantesca controversia que se ha generado alrededor de la batalla de Prokhorovka. El mismo Wheatley ha estudiado durante años el suceso y sus repercusiones. Y otro tanto ha sucedido con expertos en historia militar como Dennis E. Showalter (quien ofrece su visión en la obra  «La batalla de Kursk»), su versado colega George M. Nipe o el investigador Michael J. Licari. Si en algo coinciden es en rebajar el número de blindados que participaron en la acción y en afirmar que el resultado de la contienda no fue una victoria determinante para la Unión Soviética. De todos, quizá el más tajante sea el autor que estos días aparece en los medios de comunicación, pues ha cargado contra el Kremlin y es firme defensor de que el monumento que existe en la ciudad debería derrumbarse por haber sido levantado sobre una mentira.

Una ciudadela en la Segunda Guerra Mundial

Pero, como es habitual, es necesario que retrocedamos en el tiempo algunos meses para entender el origen de la batalla de Prokhorovka. Este se encuentra a finales de febrero de ese mismo año. Por entonces, poco quedaba de la gloriosa Alemania que había invadido la URSS dos años antes. Tras sufrir una severa derrota en Stalingrado, las unidades de la Wehrmacht y de las SS se habían visto obligadas a retirarse ante el masivo avance del  Ejército Rojo. Fruto de esta evasión sin orden se creó una protuberancia en el frente de más de 3.000 kilómetros en los alrededores de la ciudad de Kursk. Una suerte de navaja que, según pensaba el Camarada Supremo, se internaba en el vientre nazi. Pero nada más lejos de la realidad. Y es que, aquel saliente ofrecía una oportunidad inmejorable para los nazis. Era sencillo: si atacaban a los soviéticos por los flancos, podrían embolsar a sus unidades y acabar luego con ellas tal y como había sucedido en 1939 durante el ataque a Polonia
El problema, tal y como desvela el historiador y periodista Jesús Hernández (autor del blog  «¡Es la guerra!» y de una  veintena de libros sobre la Segunda Guerra Mundial) era que los soviéticos habían reforzado la zona con infantería y carros de combate. Así pues, los germanos comunicaron a Hitler que «era indispensable contar con una gran ventaja para poder romper las bien tejidas líneas de defensa». A partir de entonces comenzó una carrera entre ambos bandos para acumular más y más medios acorazados y artillería en la zona. Los primeros, deseosos de avanzar sobre el territorio ruso para recuperar los kilómetros perdidos; y los segundos, advertidos por los servicios secretos ingleses de que se estaba pergeñando un golpe de mano que podía llevar a la tumba a sus ejércitos. La batalla estaba servida.
Operación Ciudadela
Operación Ciudadela
El 5 de julio de 1943 comenzó la ofensiva alemana bajo el nombre en clave de «Operación Citadel» («Operación Ciudadela»). Y lo hizo con un resultado agridulce para ambos bandos. «El primer día del ataque, las fuerzas alemanas tan solo pudieron avanzar diez kilómetros en el punto principal del ataque. En el extremo sur de la tenaza los blindados no encontraron tantas dificultades y lograron cubrir 120 kilómetros, lo que llenó de optimismo el cuartel general del Führer», añade Hernández en sus múltiples obras sobre el conflicto. Hitler, en la creencia de que había ganado el primer asalto, envió sus reservas a la zona más débil del frente para así atravesarlo. Por su parte, los soviéticos ordenaron a sus refuerzos que se dirigieran hacia el mismo punto a toda marcha para evitar que el enemigo se ubicara tras sus líneas.

Historia oficial

La historia oficial, esa con más tintes de ficción que de realidad, afirma que la batalla más cruenta de aquel avance fue la que se sucedió en las cercanías del pueblo de Prokhorovka; la única zona de paso natural entre los ríos Psel Donetz. Allí fue donde, el 12 de julio, las fuerzas del 4º Ejército Panzer de Hermann Hoth se dieron de bruces contra el 5º Ejército de Tanques la Guardia del ya mencionado Pavel Rótmistrov. Los expertos soviéticos han repetido hasta la saciedad que la contienda se libró en una llanura polvorienta, calurosa y seca por culpa del verano. Aunque la controversia no viene por la sensación térmica, sino por la ingente cantidad de blindados a las órdenes de ambos generales: unos 600 por el bando nazi y más de 850 del lado de Stalin. Números, por cierto, que convertirían esta batalla en la más grande de la historia en lo que a  carros de combate se refiere.
Según los historiadores rusos, los alemanes contaban entre sus filas con los temibles tanques Tigre (  «Panzerkampfwagen VI»). Una mole de 57 toneladas capaz de destrozar a cualquier blindado aliado con su potente cañón de 88 milímetros y con un blindaje frontal casi imposible de penetrar por los T-34 soviéticos y los Sherman estadounidenses. «El “Tiger” era mucho más potente que el “T-34”. Nuestro cañón de 76 mm. solo podía causarle algún daño a menos de 500 metros. Pero si un “Tiger” disparaba a un kilómetro de distancia, no fallaba», explicaba el comandante de blindado Vladimir Antonov en un reportaje del canal «History Channel».
Dice la versión oficial que, a primera hora del 12 de julio, los panzer alemanes iniciaron su avance sobre las posiciones soviéticas. En ese momento comenzó el bombardeo ruso. Sobre los germanos cayó de todo. Desde artillería, hasta granadas anticarro. Cualquier cosa valía para detenerles. Las primeras horas de lucha fueron a sangre y fuego entre blindados e infantería. Aunque, al final, la potencia de los teutones hizo flaquear a los hombres del 5º Ejército. Fue en ese instante cuando, de la nada, surgieron cientos de T-34 dispuestos a cargar de forma masiva. 
Panzer VI (Tigre)
Panzer VI (Tigre)
La versión más extendida afirma que se encontraban escondidos en una zanja para evitar ser vistos y que, cuando fue necesario, arrancaron sus motores. Para entonces, las tripulaciones de Hitler ya estaban exhaustas y, al parecer, se habían acercado lo suficiente a sus nuevos enemigos como para que estos pudieran rodear a las moles de metal y atacarlas por la espalda. 
A pesar de todo, y atendiendo a la tesis soviética, el choque fue increíblemente violento y se extendió durante ocho horas en las que cundió el caos. Así lo mantuvo el historiador Henri Michel en el segundo volumen de  «La Segunda Guerra Mundial»: «Fue un combate a corta distancia, que privó de las ventajas que les confería a su potencia tanto al tanque Tigre como al cañón Ferdinand. Este último, desprovisto de armamento auxiliar, atacado muy de cerca, se manifestó como un coloso con pies de arcilla. En medio de una nube de humo y de polvo, en un indescriptible y ensordecedor tumulto, los obuses de ruptura perforaron los blindajes de los tanques contrarios, haciendo estallar las municiones y haciendo volar en pedazos las torretas». El experto afirmó además que fue un «combate colosal» que «no tuvo equivalente» en toda la guerra.
Cazacarros Ferdinand
Cazacarros Ferdinand
El resultado: una masacre que se cobró unos 250 tanques por bando. El golpe, según se ha mantenido durante nada menos que 75 años, fue excesivo para las divisiones panzer germanas, las cuales se vieron obligadas a comenzar su retirada definitiva hacia el Tercer Reich. Así pues, y tal y como desvela el doctor en historia Álvaro Lozano Cutanda en  «Stalin, el tirano rojo», Prokhorovka se vendió a Europa como «un lugar donde fue salvado el futuro de Rusia». 

Baile de cifras

Hasta ahora, y a pesar de las múltiples voces discordantes que han cargado contra el mito, la versión oficial era la más aceptada en los libros. Sin embargo, los documentos presentados esta misma semana por Wheatley suponen un verdadero golpe en la mandíbula para los historiadores rusos. Concretamente, el británico ha desvelado decenas de imágenes inéditas que los aviones de reconocimiento de la Luftwaffe (la fuerza aérea germana durante la época del Tercer Reich) tomaron poco después de la batalla de Prokhorovka. Las instantáneas no puedes ser más relevantes, pues -aunque corroboran las cifras de tanques soviéticos caídos (unos 200)- apenas muestran 5 carros de combate nazis destruidos y convertidos en chatarra. Todos ellos,  Panzer IV
De confirmarse la veracidad de las cifras, quedaría demostrado que los blindados de Hitler no solo no sufrieron una derrota aplastante, sino que acabaron con sus enemigos. Tesis que defienden expertos como el historiador militar Karl-Heinz FrieserNipe Licari. El primero, en declaraciones al diario germano «Die Welt», se ha mostrado sorprendido por la aparición de estas instantáneas y ha incidido en que su llegada supone un antes y un después a la hora de interpretar la Segunda Guerra Mundial. No le falta razón. Y es que Wheatley, atendiendo a estos nuevos documentos y a sus investigaciones pasadas, corrobora con su hallazgo que el número de vehículos que participaron en el enfrentamiento era de 186 por el bando alemán y de 672 por el soviético. Una modificación que hace que el enfrentamiento deje de ser la batalla de tanques más grande de la historia.
Blindados germanos en Kursk
Blindados germanos en Kursk
Con todo, las cifras de Wheatley son las enésimas que ofrecen los expertos. En su artículo «La batalla de Kursk, mitos y realidad», por ejemplo, Licari es partidario de que es «engañoso y absolutamente falso» que Prokhorovka fuera la mayor contienda entre tanques de la historia conocida. Por el contrario, es partidario de que, aunque la mayoría de los expertos están convencidos de que el 12 de julio participaron tres divisiones de panzergranaderos de las SS en el enfrentamiento, en realidad luchó solo una. Sobre esta base reduce la cifra de vehículos a un centenar. Y otro tanto sucede, en sus palabras, con los soviéticos, quienes apenas podían disponer de 421 debido a que, según los informes oficiales, el resto habían quedado inutilizados. 
Pavel Rotmistrov
Pavel Rotmistrov
Showalter tampoco se muerde la lengua a la hora de cargar contra la versión oficial: «La versión soviética original habla de más de mil quinientos tanques, la mitad alemanes y la mitad rusos, combatiendo cara a cara en una arena de cinco kilómetros de ancho que, al final del día, estaba sembrada de cuatrocientos panzer inutilizados o en llamas, setenta de ellos Tiger. […] La aritmética de servilleta basada en estadísticas de larga disponibilidad cuenta otra historia. Las divisiones SS involucradas […] tenían un total combinado de alrededor de doscientos vehículos blindados de combate disponibles». El autor británico ya hacía referencia en su obra (editada el pasado año) a que, según los informes oficiales germanos, apenas se perdieron tres de ellos.
La pregunta que surge al intentar desenmarañar esta madeja de falacias es obvia: ¿quién creó la versión original? En este punto existen tantas opiniones como expertos. Algunos son partidarios de que el culpable fue el propio Rotmistrov por el miedo que sentía hacia el Camarada Supremo. «Stalin insistió en solicitar informes telefónicos sobre las operaciones […]. No se habría atrevido a ocultar las pérdidas del Quinto de Tanques de la Guardia. Como ocurría con Dios, nadie se burlaba del Vozhd. Stalin, famoso por describir un millón de muertes como una estadística, llamó a Rotmistrov para rendir cuentas, exigiendo saber qué le había pasado a su magnífico ejército de tanques», desvela. Así pues, habría puesto como excusa la destrucción del enemigo para justificar el desastre. No obstante, tampoco faltan los que acusan al líder soviético de ocultar aquella vergüenza a Europa y a los Aliados

Zanja mortal

A su vez, las fotografías han corroborado la existencia de una zanja antitanque que provocó un sin fin de bajas entre los blindados soviéticos (y cuya implicación en la derrota se baraja desde hace años). Según Wheatley, el alto mando ruso ordenó cargar a sus tanques a través de ella a pesar de que había sido construida por los hombres de Stalin y de que los oficiales sabían exactamente donde se encontraba. El historiador incide en que decenas de blindados cayeron en sus fauces y corrobora que eso los convirtió en una presa todavía más que sencilla para los letales Tiger germanos. De hecho, tilda las órdenes de alocadas y a los mandamases de convertir a sus hombres en «kamikazes» a pesar de que «la tenían señalada en sus mapas». 
Con todo, la existencia de esta zanja no ha sido desvelada por Wheatley. Autores como Showalter ya informaron de su existencia. En su narración del enfrentamiento en la obra «La batalla de Kursk», el historiador militar hace referencia a que «de manera inesperada, se rompió el impulso ruso, no por la resistencia en tierra o por los ataques aéreos, sino por una zanja antitanque excavada como parte del sistema defensivo soviético original». Además, en su obra también afirma que fue creada en las cercanías de la Colina 252.2 (algo que recoge también el británico) y califica lo sucedido en las primeras horas de combate como una «auténtica debacle» para los T-34.
Ćarro de combate T-34
Ćarro de combate T-34
Con todo, este autor es partidario de que los oficiales no conocían su existencia. «Tenía más de cuatro metros de profundidad, y los tanques que conducían a toda velocidad cayeron en ella. Parece ser que no se tenía conocimiento de su existencia en ningún nivel del 29º Cuerpo de Tanques. Como regla general, este tipo de obstáculos estaban marcados en los mapas más importantes. Pero, en aras de la seguridad, la distribución de mapas estaba severamente restringida», afirma. A su vez, achaca el error a que los tanquistas acababan de llegar a la zona y a que desconocían los pormenores del terreno. «El reconocimiento podría haber cambiado eso, pero la lucha continuaba durante la noche», confirma.
Michal Wittmann
Michal Wittmann
En todo caso, Wheatley es también partidario de que el descalabro por culpa de los oficiales soviéticos no terminó con la zanja. Tal y como recoge el «Die Welt», el historiador afirma que, después de ver como caían los tanques en aquella trampa mortal, se ordenó a los vehículos que atravesaran el socavón a través de un puente de tierra. La decisión no pudo ser peor, pues se generó una gigantesca fila de blindados que esperaban para poder cruzar.
Todos ellos se convirtieron en unos blancos perfectos para las unidades acorazadas de Hitler. El mismo  Michael Wittman (el mayor as de los Panzer en la Segunda Guerra Mundial) y los cuatro Tigres a sus órdenes consiguieron destruir, sin problema alguno, a la friolera de 55 T-34 y T-70. Fue, en definitiva, una auténtica masacre.
Así lo corrobora también Showalter en su obra: «En un primer momento, cuatro Tigres bloquearon el avance. Uno de ellos estaba comandado por un héroe SS aún más icónico que Ribbentrop. Las leyendas que envuelven a Michal Wittmann oscurecen el hecho de que, incluso en esta etapa temprana de su carrera, sus camaradas lo consideraban único por su conocimiento de la situación y su cabeza fría. Aquello lo convirtió en el hombre correcto en el lugar correcto cuando cientos de tanques soviéticos avanzaron […]. Comenzando a distancias de mil ochocientos metros, los Tiger liquidaron metódicamente un T-34 tras otro. Y había muy pocos Tiger para ofrecer un blanco a la artillería rusa de apoyo», afirma en su libro. 

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