miércoles, 20 de junio de 2018

Camino al infierno: las defensas nazis que masacraron a los aliados en «Omaha la sangrienta». 4º ESO

ABC HISTORIA
Manuel P. Villatoro

- Desde los famosos erizos checos, a las menos conocidas «Puertas belgas». Pincha sobre los diferentes puntos del mapa para saber más de los obstáculos que Rommel estableció en la playa más recordada de Normandía.















De las cinco playas que los aliados eligieron para acceder de una vez por todas a la vieja Europa, Omaha era la que albergaba más peligros. Y no solo por la ingente cantidad de soldados germanos que la defendían, sino porque estaba rodeada por una hilera de pequeños acantilados que ofrecían unas posiciones defensivas inmejorables a los alemanes. Por si fuera poco, la mima zona que el 6 de junio de 1944 vio caer a más de 2.000 soldados americanos contaba además con una infinidad de defensas ideadas por el mítico Erwin Rommel (el «Zorro del desierto») con un único objetivo: devolver al mar a todo aquel contingente que osara poner un pie en Normandía.
De los erizos checos a las «Puertas belgas». De los masivos campos de minas a los «Wiederstandnester» (o complejos defensivos). Los obstáculos con los que los aliados se toparon cuando arribaron a la playa a eso de las seis y media de la mañana convirtieron la jornada en un verdadero infierno. De hecho, la brutal cantidad de bajas le granjeó a esta zona el triste sobrenombre de «Omaha la sangrienta». Con todo, el ingente número de soldados americanos (durante el Día D debían desembarcar en la playa nada menos que 34.000 militares y 3.500 vehículos) terminó aplastando la tenaz resistencia de la 716 y 352 divisiones de infantería alemana.
Aquellas defensas no lograron detener a los aliados, es cierto. Pero también es real que contuvieron a miles de combatientes durante varias horas y provocaron que, a día de hoy, la playa de Omaha sea sinónimo de muerte, pero también de heroísmo americano. Y es por eso por lo que ha sido elegida como modelo por el artista español Francisco Fernández Navarro para su último diorama: «El Desembarco». Una gigantesca maqueta hecha por encargo en la que más de setenta figuras dan vida a los tristes hechos acaecidos en «Omaha la sangrienta» durante las primeras horas del 6 de junio de 1944.
Esta pieza supone el cúlmen de una larga trayectoria con los pinceles. Y es que, este andaluz lleva más de tres décadas dedicado a recrear diferentes escenas de la Segunda Guerra Mundial de una forma diferente: mediante plástico, pegamento y pintura. «Hasta hace un par de años montaba estos dioramas para mis familiares y amigos, pero ahora he dado el salto a internet con la página web “Modelismo Low Cost”, donde recibo encargos como el de Omaha», explica Fernández Navarro en declaraciones a este diario.

Defensas «bajo el mar»

El principal artífice de las defensas alemanas en Normandía fue el mariscal de campo Erwin Rommel. En palabras del «Imperial War Museum», el «Zorro del desierto» tenía claro que, si los aliados asaltaban el norte de Francia, lo harían con marea alta. Por ello, diseñó una serie de obstáculos cuyo destino era quedar sumergidos bajo las playas para dañar a las barcazas enemigas. Para su desgracia, durante el Día D la marea fue baja y los americanos, británicos y canadienses pudieron ver aquellos ingenios germanos y evitarlos.
El uso de la marea como aliado para detener el avance enemigo es confirmado por el versado estudioso de la Segunda Guerra MundialSteven J. Zaloga en su libro «El Día D. La playa de Omaha». Una obra en la que, a su vez, señala que la primera línea ideada por Rommel se ubicó en la parte más alejada de la playa. «Los primeros trabajos defensivos comenzaron en el agua, con construcciones contra las lanchas de desembarco. La barrera exterior, a unos 100 metros de la marca de la marea baja, y a 275 metros del malecón, consistía en una fila de obstáculos llamados “Puertas belgas”», explica.
También conocidas como «Element-C», «Cointet-element» o «Puertas belgas de granero», estos obstáculos (unas inmensas estructuras verticales) estaban elaborados en acero y su objetivo era, simplemente, servir de improvisados muros para evitar que las lanchas de desembarco y los carros de combate accedieran a la playa. En palabras del historiador Alan J. Levine (autor de «D-Day to Berlin: The Northwest Europe Campaign 1944-45») medían aproximadamente dos metros y, en algunos casos, contaban con minas en su parte delantera para hacer saltar por los aires cualquier vehículo enemigo que se acercase hasta ellas.
Puertas belgas
Puertas belgas
Estos gigantescos «portones» (de unos 1.500 kilos de peso) no fueron construidos originalmente por los alemanes. Ni mucho menos. De hecho, los nazis los descubrieron cuando el ejército belga los usó contra ellos. Su utilidad hizo que los germanos las llevaran hasta el norte de Francia en grandes cantidades (el 1 de junio, por ejemplo, había unas 2.375 en la región, según Zaloga). A los americanos les pasó otro tanto cuando desembarcaron en Normandía. Tras observar lo molestas que eran las «Puertas belgas» colocadas en hilera, las desmontaron y las fijaron a sus vehículos.
Según Zaloga, la siguiente línea defensiva -que fue establecida «unos 30 metros más cerca de la arena»- estaba formada por unas gigantescas estacadas de madera apoyadas sobre unos enormes bípodes. Estas curiosas estructuras (llamadas simplemente «rampas») eran ubicadas con su parte más extensa mirando al mar y contaban con varias Tellermine 42 adheridas para hacer estallar cualquier lancha de desembarco que chocase contra ellas.
Finalmente, los alemanes levantaron también una línea de caballos de Frisia (tradicionalmente, una serie de vigas de punta afilada ideadas para evitar el avance de los jamelgos) formada, principalmente, por los llamados «Espárragos de Rommel». «Ideados en principio para contener a los planeadores, tenían una longitud de entre 4 y 5 metros y estaban elaborados con madera. En el Muro del Atlántico, algunos fueron utilizados en el agua para para reventar el fondo de las lanchas de desembarco y de los vehículos anfibios», afirma el divulgador histórico Pere Cardona en «HistoriasSegundaGuerraMundial».

Línea de marea alta

Tras las primeras defensas «subacuáticas», y en la «línea de marea alta» (como la define Zaloga en sus obras), la playa de Omaha contaba con «una franja de cantos rodados, del tamaño de pelotas de golf», a la que se sumaba, en algunos puntos, un muro rompeolas. Inmediatamente después, los nazis extendieron metros y metros de alambre de espino que servía como cruel bienvenida a la «zona de la muerte» (término que utiliza el historiador Ben Macintyre en «La historia secreta del Día D»): una «pista de obstáculos compuesta de cemento y millones de minas».
No le falta razón al experto, pues en la arena fueron enterrados cientos de miles de estos letales explosivos. Solo se dejaron libres unos pequeños pasillos que, para despistar a los invasores, fueron también marcados con grandes cartelones en los que se podía leer la tétrica frase de «Peligro, minas». Así lo afirma el mismo Zaloga en «D-Day Fortifications in Normandy».

Erizos asesinos

Entre las defensas más fáciles de construir destacaban los «erizos checos». El conocido historiador Antony Beevor los define en su obra magna «Día D» como «erizos hechos de vigas de acero». Y lo cierto es que poca descripción más necesitan. Soldados de tal forma que adquirieran forma de cruz, tenían varios objetivos. En palabras del «Imperial War Museum», eran sumamente efectivos para detener el avance de los carros de combate, aunque -si se ubicaban con marea baja en el extremo de la arena- podían «destruir la parte inferior de las lanchas de desembarco».
Erizos checos
Erizos checos
Con todo, su finalidad básica era detener a los tanques enemigos. «Era un tetraedro gigante con tres puntas. Si un carro trataba de desplazarlo haciéndolo rodar, siempre quedaba una punta hacia arriba que se le incrustaba en el fuselaje», explica, en declaraciones a ABC, Joan Parés (estudioso del Día D, recreador histórico y miembro de la «First Allied Airborne Catalunya».
En su obra «D-Day Fortifications In Normandy», Zaloga explica ambos usos y especifica que, en el norte de Francia, muchos fueron incrustados en «pilares de cemento» para evitar que pudieran ser desplazados por el ejército norteamericano. En todo caso, su coste y su efectividad hicieron que, el 1 de junio de 1944, su número en la llamada «Baja Normandía» ascendiera a 15.932.

Carreteras hasta la muerte

Las defensas del Muro Atlántico no eran el único obstáculo al que debían enfrentarse los americanos. Uno de los enemigos más peligrosos era el propio terreno de Omaha. Y es que, la playa estaba rodeada por acantilados que servían de defensa natural para los germanos. Así lo confirma el historiador Andrew Roberts en «La tormenta de la guerra»: «Los acantilados y afloraciones de Omaha ascendían hasta 50 metros por encima de la pared marina al final de las dunas. La curvatura hacia el interior de la costa en aquel tramo permitía que se solaparan las zonas de fuego alemanas». Zaloga es de la misma opinión, aunque rebaja la altura máxima de este «terreno escapado» (como lo denomina) hasta los 43 metros.
Los acantilados que a día de hoy siguen rodeando Omaha solo podían sortearse de dos formas: mediante una cuerda de escalada y mucho naso o haciendo uso de cinco cañadas o caminos. Lo cierto es que ninguna de las opciones era aconsejable debido a las defensas. Además, y por si fuera poco, tan solo tres de ellas eran aptas para los vehículos, lo que reducía todavía más las posibilidades de escapar de allí con vida. «Como el objetivo táctico de los defensores era que los aliados no pudiesen salir de la playa, las cinco ramblas fueron protegidas por un cinturón fortificado», desvela Zaloga.
Acantilados de Omaha
Acantilados de Omaha
«Cuando ves con tus propios ojos la playa de Omaha te das cuenta de que solo había tres caminos principales a través de las cuales se podía avanzar con el apoyo de vehículos: el de Colleville, el de Saint-Laurent y el de Vierville. Es cierto que un grupo de soldados aislado podía atacar a los alemanes subiendo por su cuenta y riesgo los pequeños acantilados, pero entonces lo harían sin apoyo de vehículos. Estas tres, por el contrario, eran transitables, anchas y su pendiente no era demasiado elevada. Por eso, los germanos las defendieron mejor», desvela Parés a ABC.

«Wiederstandnester»

Para lograr mantener a los aliados en la arena, los alemanes construyeron quince complejos defensivos que debían arrasar a cualquiera que se atreviese a poner un pie sobre Normandía. La gran parte de estos «Wiederstandnester» (como eran llamados) fueron ubicados en las cinco cañadas. «La mayoría de las rieras estaban cubiertas por dos de estos reductos, uno a cada lado», desvela Zaloga. Por su parte, Parés aclara que «eran posiciones independientes formadas por pequeños búnkers, alambre de espino y diferentes puestos para la infantería y los cañones». A su vez, había otros dos en Pointe du Raz de la Percée (un promontorio ubicado en el flanco izquierdo de Omaha).
Las bocas de fuego de estas fortificaciones no estaban orientadas hacia al mar, sino que fueron giradas varios grados con el objetivo de que sus defensores pudieran hacer fuego sobre el flanco de los americanos (es decir, que tuvieran la capacidad de disparar de enfilada).
Plano de un complejo defensivo
Plano de un complejo defensivo
Finalmente, también se levantaron otros tres baluartes tras las salidas principales con el objetivo de contener al enemigo si superaba la primera línea.
Con todo, el recreador histórico afirma a ABC que muchos de estos «Wiederstandnester» no estaban terminados cuando comenzó el Desembarco de Normandía. «En las fotografías de la época se puede ver como, en varias posiciones, se había colocado la plancha de hormigón sobre la que debía ir la pieza de artillería, pero todavía no se había levantado el búnker que debía protegerla», desvela. De hecho, y siempre según sus palabras, lo más habitual era que «construyesen primero la base, luego trajesen el cañón y, sobre él, levantasen los muros».

Complejos defensivos

Cada uno de estos «Wiederstandnester» estaba formado por construcciones más pequeñas rodeadas, a su vez, de líneas de trincheras. Lo más habitual es que contaran con varias casamatas de pequeño tamaño llamadas «Tobruk» (unas posiciones de cemento ubicadas en la ladera de los acantilados y coronadas con una ametralladora o un mortero).
A su vez, en los extremos de los acantilados (y dispuestos para disparar de enfilada contra los enemigos que tratasen de subir a través de los caminos) se construyeron posiciones antitanque llamadas «Bauform 667». Estos búnkers representaron un auténtico dolor de cabeza para los aliados ya que el flanco que estaba orientado hacia el mar fue reforzado para evitar que fuera batido por fuego de artillería naval.
«Estratégicamente situados, podían impedir a los carros aliados entrar en las rieras, pues los empeñaban [disparaban] por su más vulnerable blindaje lateral a muy poca distancia; más aún, estaban dispuestos de tal forma que tenían toda la playa enfilada», añade Zaloga.
Torreta «Tobruk» con un cañçon del Renault FT
Torreta «Tobruk» con un cañçon del Renault FT
Lo más curioso es que, a sabiendas de que era imposible que los aliados llevaran hasta la playa carros de combate pesados, Rommel optimizó las defensas equipando los «Bauform 667» con cañones desfasados como los «Pak 38». Unas armas que poco podían hacer contra los blindados soviéticos en el frente ruso, pero que no tenían problemas para hacer saltar por los aires a los Sherman americanos (la columna vertebral de las fuerzas acoradas de Dwight D. Eisenhower) si los «cazaban» de enfilada.
Para completar esta cruel yincana de muerte, los nazis reforzaron las salidas de la playa con el típico alambre de espino, más minas y un largo etc. Además, transformaron las torretas de viejos carros de combate franceses capturados en posiciones defensivas que ubicaron en lo alto de los acantilados.

En resumen...

«En Omaha había ocho búnkers contracarro, incluidos dos con cañones de 88 mm. Además de las casamatas completamente cerradas, había tres contracarro de 50 mm montadas en pedestales de pozos de hormigón, y otros diez anticarros y piezas de campaña en emplazamientos abiertos en varios reductos», completa Zaloga.
A su vez, lo cierto es que la 716 y 352 divisiones de infantería germana (ambas, al límite de sus fuerzas) contaban con una curiosa amalgama de armas a su disposición. Así lo afirma Carlos Caballero Jurado en «Día D: el despliegue alemán». Un artículo en el que señala que los nazis disponían además de un cañón ruso de 76,2 mm, cinco de 7,5 cm y tres de 5 cm, además de «morteros de 8 cm, 5 cm y ametralladoras MG 42 con unos excelentes sectores de fuego».

El Día D, en miniatura

La llegada de los soldados americanos a la playa de Omaha ha sido recreada en casi todos los formatos debido a su espectacularidad. Los combatientes que se dejaron la vida en aquella costa francesa (un compendio de unidades de la 29a División de Infantería, el 2do de Rangers y la veterana 1a División de Infantería) se han paseado por la pequeña pantalla, el cine y -entre otros tantos lugares- el cómic. Sin embargo, hasta ahora había un terreno en el que todavía no habían consolidado su posición: el de los dioramas militares(representaciones a escala de escenas bélicas hechas con miniaturas).
Pero eso ya ha cambiado. Y es que, el pasado 6 de junio el artista español Francisco Fernández Navarro hizo entrega del que, hasta ahora, es uno de sus trabajos más destacados: «El Desembarco». Un diorama de 1,45 metros de largo en el que 75 miniaturas y varios vehículos montados y pintados a mano se unen para recrear la llegada de los aliados a la playa de Omaha. La misma que vio como 2.000 hombres causaban baja debido al fuego de alemán.
Francisco Fernádnez Navarro
Francisco Fernádnez Navarro
«Han sido cuatro meses, pero ha merecido la pena», afirma en declaraciones a ABC el maquetista. No le falta razón ya que, además del trabajo manual, este mago de los pinceles ha tenido que documentarse durante semanas para ser lo más escrupuloso posible a nivel histórico.
Con todo, el trabajo de biblioteca no ha diferido del que suele realizar habitualmente para dar vida, miniaturas mediante, a las escenas más míticas de la Segunda Guerra Mundial. Y es que, en su currículum como maquetista ya figuran la recreación de imágenes de películas tan conocidas como «Los violentos de Kelly» o «La vida es bella». Aunque también adora rubricar, mediante plástico y pintura, situaciones imaginarias como la reparación de un vehículo blindado alemán del «Afrika Korps» en pleno desierto. «Mi ilusión es que todo el mundo pueda disfrutar de un diorama a un precio competitivo», señala. Llama a este concepto «modelismo “low cost”».
El caso de «El Desembarco», no obstante, ha sido especial para este maquetista andaluz. «Me he inspirado en fotografías de época en las que se puede ver la gran cantidad de restos de material que había en las playas. Pero también he incluído algún toquecito “gore” que evoca a la película de “Salvar al soldado Ryan”», señala a este diario Fernández. Según afirma, su objetivo era transmitir el desconcierto que se generó durante la primera oleada de soldados que arribó aproximadamente a las seis y media de la mañana. «Recrear Omaha ha sido una suerte porque me ha permitido trabajar con mucho armamento gracias a la múltiples unidades diferentes que combatieron», finaliza.
1-¿Hasta qué punto se ha documentado para elaborar este diorama?
He recreado la playa de Omaha a escala. Quizá la original sea un poco más larga, pero he tenido que adaptarme a las medidas que me pasó el cliente. Pero me he documentado mucho para recrear las defensas. Tiene las tres líneas que había en Normandía. La primera servía para detener a las barcazas y contaba (entre otras cosas) con unos postes de madera horizontales que tenían una mina en la punta para destrozar las lanchas. En la segunda los alemanes pusieron alambre de espino y trampas anticarro. Finalmente, estaban los búnkers. Las primeras defensas fueron construídas con marea baja para que las lanchas no las vieran. Pero aquel día la marea estaba baja, así que pudieron sortear muchas. También hay nidos de ametralladora, posiciones defensivas...
Además, cada unidad tiene, por descontado, sus insignias. Desde el rombo de los Rangers, hasta el símbolo de la 29na, que es similar al ying y al yang.
Primer plano de «El Desembarco»
Primer plano de «El Desembarco»
2-¿Ha sido difícil su construcción?
La base ha sido lo que más tiempo me ha llevado. Después, dividí el diorama se divide en tres partes: el mar, la playa y la zona de defensa alemana. Lo más complicado fue hacer el tono del agua. Para que el agua fuese más real, la texturicé añadiendo silicona transparente. A continuación, hice las olas con una cuchara.
Luego hice la playa. La arena es arena real, aunque tratada. Le añadí luces y sombras. Ante todo, buscaba que fuese lo más parecida posible a la del norte de Francia. Para ello, comparé el tono que tiene la tierra en Normandía y le fui aplicando colores hasta que logré que fuese igual. Hay zonas en las que he incluido la sangre de algunos soldados aliados.
Finalmente está la zona de defensa alemana, que cuenta con un búnker abierto para que se vean los radioperadores en su interior.
3-¿Cuántas figuras tiene «El Desembarco»?
Incluye 75 figuras, un Kubelwagen, el Sherman M4-A1 modificado para el desembarco y una barcaza de vehículos.
Francisco Fernández Navarro
Francisco Fernández Navarro
4-¿Modificado?
Sí. Este tipo de Shermans contaba con unas orugas especiales, que no eran lisas, para que pudiesen moverse sobre la arena.
5-Siempre incluye algún detalle curioso en sus obras...
Sí. En este caso, se encuentra al final del diorama. En la zona defensiva hay un soldado que está al lado de un vehículo pensando si huye o no. Además, coloqué la torreta del Sherman como si acabara de disparar y el disparo hubiera derribado parte del búnker. También hay también algunos soldados alemanes escondidos.
6-¿Le gustaría volver a dar vida al Día D?
Me gustaría recrear los días posteriores. Recrear los búnkers destrozados, las barcazas desembarcando material, los prisioneros...

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