lunes, 2 de julio de 2018

La batalla en la que los arcabuceros españoles masacraron a la caballería más letal de Europa. 3º ESO

ABC Historia
Manuel P. Villatoro

- El Pintor de batallas, muestra en su último cuadro las tormentas de plomo que acabaron con los gloriosos gendarmes de Francisco I en la batalla de Pavía.


- Esta lid cambió la historia, pues en ella la caballería acorazada cedió su puesto de preponderancia a la pólvora y a la infantería.


Batalla de Pavía, por Ruprecht Heller


Nada salvó a los franchutes. Ni sus relucientes armaduras completas, ni las robustas lanzas que (tan solo un siglo antes) habían arrasado a los ingleses en la contienda de Patay. El 24 de febrero de 1525 la gloriosa caballería gala (formada por los letales gendarmes) se tuvo que tragar entre croissants y baguettes toda su «flor» y su «nata» cuando (en plena batalla de Pavía) arremetió de forma fallida contra las tropas imperiales de Carlos V. Hasta entonces, la leyenda decía que la carga de esos jinetes era imparable. Pero aquella jornada hubo un yunque que les detuvo en seco: los arcabuceros (principalmente españoles) que, una y otra vez, descargaron sobre ellos varias lluvias de proyectiles. La humillación fue completa para «la France». Ya no solo porque la élite de su ejército fue arrasada, sino porque su rey (el mismísimo Francisco I) fue apresado y llevado después a Madrid.
Esas sucesivas descargas de arcabucería fueron determinantes para la Historia, pues demostraron a Europa (y especialmente a las tropas francesas) que la era de la caballería pesada había llegado a su fin. Hicieron palpable que los tiempos del «carro de combate» acorazado (los jinetes hasta las cejas de armadura) habían terminado y que, a partir de entonces, la pólvora y la infantería tomarían el relevo. Aquellos primigenios Tercios españoles dieron, en definitiva, una lección completa a los pomposos gendarmes y a su no menos altivo rey, quien recibió el castigo de caer preso por creer imposible que unos «infantes desharrapados» pudieran detener a sus jinetes. Aunque, en su favor, habría que decir que hizo besar el barro a varios soldados del ejército imperial antes de ser reducido. La nobleza, que obliga.
Precisamente esos atronadores disparos que cambiaron la forma de combatir en Europa son los que han inspirado al popular Augusto Ferrer-Dalmu (más conocido como el Pintor de batallas) para dar forma a su nuevo cuadro: «Pavía». Un completo lienzo en el que recoge el momento exacto en el que la caballería gala fue recibida a arcabuzazo limpio por las tropas españoles. El instante a partir del cual los ejércitos entrarían en la era de la pólvora. «Pavía fue el comienzo de la hegemonía de las armas de fuego, de los arcabuces. Nadie se podía imaginar 40 años atrás que se pudiera desmontar a una caballería tan potente como la francesa a base de plomo. Para los galos iba a ser una victoria segura, un paseo. Pero al final acabó en un completo desastre», explica el artista en declaraciones a ABC.
Con la ayuda inestimable del asesor histórico David Nievas Muñoz (Licenciado en Historia por la Universidad de Granada), Ferrer-Dalmau ha elaborado -cómo él mismo explica- «una fotografía de lo que sucedió» aquella jornada. El momento de gloria de los españoles que formaban parte de aquel contingente multinacional. De aquel Imperio que todavía regía Europa a pesar de lo mucho que escociera a los franchutes y a su rey. «En el cuadro se ve una fila enorme de arcabuceros que disparan contra unos franceses que no podían entender qué estaba pasando. El ruido de los disparos, ver a sus compañeros caer... Fue algo que les dejó casi enloquecidos», añade el Pintor de batallas a este diario. Como él mismo determina, «Pavía fue el principio de todo, el comienzo de la hegemonía española».

El problema de Pavía

Pavía, se podría decir, fue consecuencia del odio y la envidia que destilaba el infame rey galo Francisco I, a quién le había dolido tanto como un disparo de ballesta en pleno ombligo que Carlos fuese coronado emperador del Sacro Imperio cuando era poco más que un adolescente. Por ese revanchismo francés (y por otras tantas causas como las ansias de conquista) se ató las botas de montar y se dispuso a tocar las «naricés» tanto como pudiera. De esta guisa atravesó los Alpes en 1524. Y de esta guisa llegó también hasta el Milanesado (hoy Milán y sus territorios limítrofes) con un considerable ejército.
Aunque no fue todo lo mayúscula que hubiera querido, la sorpresa sí fue considerable para las tropas imperiales, que mascullaron un leve «au revoir» antes de abandonar la zona y retirarse a Lodi dejando -eso sí- un retén de hombres en la ciudad de Pavía (al sur de la región).
«Pavía fue el comienzo de la hegemonía de las armas de fuego, de los arcabuces»
El galo, por su parte, reforzó la posición cuando escuchó lo que se le venía encima, pero ni se le pasó por la mollera que su gigantesca «armée» pudiese ser derrotada por los imperiales. Al fin y al cabo, bajo sus órdenes tenía a los temidos gendarmes. La caballería acorazada más letal de la época. Unos jinetes que (según explica Guillaume de Bertier de Sauvigny en su obra «Historia de Francia») eran en su mayoría «gentileshombres» y que (según los autores de la obra conjunta «Historia Moderna») portaban «armadura completalanzadaga y cuyos caballos estaban cubiertos por un peto».
Aquellos hombres eran la «créme de la créme» francesa. Así los define Serafín María de Soto en «Historia orgánica de las armas de infantería y caballería españolas» (editada en 1851): «Su caballería, formada por los gendarmes, era la flor y nervio de los ejércitos franceses, pues no se admitía en este cuerpo más que a guerreros dotados de unarobusta condición física, esmeradamente instruidos y cubiertos completamente por una armadura de acero».

Comienza la batalla

Cuando llegó el contingente imperial al mando del marqués de Pescara, de Carlos de Lannoy y de George von Frundsberg, Francisco I se negó a retirarse y se encontró repentinamente entre dos ejércitos: el de la ciudad de Pavía y el enviado por Carlos I –este último en su retaguardia-.
Con todo, tenía la ventaja de contar con un ejército más que numeroso y de sumar en sus filas con miles de jinetes acorazados. En base a ello, dispuso dos líneas defensivas fortificadas alrededor de su campamento y se armó de paciencia, pues andaba sobrado de provisiones. Y no le fue mal en principio al monarca, pues los ataques de los imperiales se estrellaron en varias ocasiones contra sus aguerridos combatientes. Su arrogancia actuó, así, por segunda vez en su contra. Pues ni le rondó la mollera que alguien pudiese derrotarle.
Más le hubiera valido hacer el petate y regresar a su país, pues los hombres de Carlos V no tardaron en barruntar una curiosa treta para pillar por sorpresa a sus defensas. El plan fue tan sencillo como esperar a la nochederruir uno de las barricadas de Francisco I, y atacar las posiciones donde los franceses tenían sus pertrechos y vituallas. Su cuartel general, vaya. «En la madrugada del 24 de febrero de 1525, los zapadores del ejército del Condestable de Borbón, antiguo vasallo del rey Francisco que ahora comandaba las fuerzas imperiales, abrieron una brecha en la muralla del bucólico parque de Mirabello, a los pies de la ciudad de Pavía. Los bosquecillos dispersos y los anchos prados festoneados por torreones, habitualmente utilizados como territorio de caza por la nobleza local, serían escenario de una de las batallas más trascendentales de las Guerras de Italia y de toda la Edad Moderna», explica David Nievas Muñoz.
Para ser más concretos, fue aproximadamente a las tres de la mañana del 24 de febrero cuando la avanzadilla imperial llevó a cabo su encamisada (una táctica que consistía en atacar al enemigo en plena noche portando una camisa blanca, para distinguirse de ellos en el fragor de la contienda). En esa hora mágica comenzó la ofensiva final de los hombres de Carlos V.
El contingente que atravesó el muro con el cuchillo en la boca estaba formado por tres grupos. El primero (que se situó en el flanco izquierdo) sumaba 2.000 infantes, 2.000 arcabuceros y 2.000 jinetes ligeros. El segundo, al mando del marqués Del Vasto, disponía de 3.000 hombres [arcabuceros] y de dos piezas de artillería. «Tras ellos iban 14.000 soldados e infantería española y, en retaguardia, 2.000 infantes italianos», señala Juan Carlos Losada en «Batallas decisivas de la historia de España». Estas fuerzas eran completadas por la caballería, que flanqueaba a este contingente.
Antes del amanecer, el flanco derecho se vio detenido por un ataque galo. Otro tanto pasó con el izquierdo. Por su parte, Del Vasto cumplió su objetivo y logró llegar con los arcabuceros (españoles en buena medida) hasta el Castillo de Mirabello, el principal objetivo de los imperiales por ser el emplazamiento en el que solía pernoctar Francisco I y, además, donde se guardaban las vituallas. En ese momento, el grueso de la infantería de Carlos V recibió la orden de centrar sus esfuerzos en la toma del campamento franchute (a la siniestra de la cuña de tropas que se acababa de formar). Con todo, la mayoría de los planes se vieron frustrados cuando los artilleros de Francisco I se desperezaron e iniciaron un ingente bombardeo sobre las líneas enemigas.
Al final, no quedó más remedio para algunos oficiales como Pescara (uno de los que se hallaban en vanguardia) que envainarse el ánimo (al menos por el momento) y cubrirse en las hendiduras del terreno paraevitar que les volaran la cabeza.

El presuntuoso rey

Con la llegada de la mañana las cosas no pintaban bien para los franceses. Aunque era cierto que habían detenido el avance imperial, sus fuerzas habían sido divididas por la cuña de fuerzas enemigas y, por si eso fuese poco, las tropas galas ubicadas en el flanco derecho de Carlos V empezaban a flaquear. No obstante, la artillería gabacha se estaba poniendo las botas trinchando contrarios y se había convertido, sin duda, en el mejor activo de Francisco I. Una buena parte de los historiadores españoles coinciden en que lo mejor que podría haber hecho el monarca era haber esperado a que sus cañones descerrajaran al enemigo. Sin embargo, «sa majesté» no andaba por la labor de que las bocas de fuego le quitaran la gloria y le evitaran una épica victoria, por lo que decidió reunir a sus gendarmes para dar el golpe de gracia a los invasores. Con todo, también existen los partidarios de que quiso estabilizar el frente por las bravas.
Fuera por la causa que fuese, Francisco I se colocó su armadura completa al más puro estilo medieval y se dispuso a lanzarse contra los imperiales. «El Rey de Francia tenía a su alrededor a lo mejor de la aristocracia de Francia. [Los gendarmes] formaron en cuatro filas dirigidas por el propio monarca y avanzaron majestuosamente hacia su destino», explica Antonio Muñoz Lorente en su completísima obra «Carlos V a la conquista de Europa». En palabras de este autor, una «masa impresionante de carne y acero compuesta por 3.500 hombres se puso en marcha» y «recorrió una distancia de unos 1.500 metros» para entrar en batalla. No pudo cometer un error mayor su ansiosa majestad pues, al poner sus reales entre los cañones franceses y el enemigo, provocó que los artilleros dejasen de disparar. Algo normal, oiga, pues arrear un cañonazo a tu jefazo sin pretenderlo no es ni mucho menos una buena forma de acabar el día.
Pero Francisco I había decidido. Y había elegido, para desgracia de su ejército, su gloria personal. Poco antes de las ocho de la mañana, los imperiales vieron como llegaban los gendarmes por su flanco derecho. Una estampa nada agradable. Los primeros en recibir el odio del monarca fueron los jinetes de Pescara, que se habían adelantado para tratar de atacar las baterías galas. Se llevaron la peor parte. Cayeron a puñados y no les quedó más remedio que retirarse.
El primer asalto había sido para el gabacho, que ordenó a sus gendarmes perseguir al enemigo. Con todo, tuvieron que parar su avance al toparse con una arboleda (algo más que molesto para los caballos, vaya).
Mientras todo eso se sucedía en el campo de batalla, los arcabuceros de Del Vasto avanzaron desde Mirabello y flanquearon a su francesa majestad a través de los árboles. Los franceses iban a probar el desagradable sabor de la pólvora por culpa de Francisco, que acababa de meterse solito en la boca del lobo. Al menos, así lo explica Muñoz: «Al cargar contra los imperiales se había destacado hacia delante, sin que la infantería pudiese apoyarle. La artillería francesa tampoco podía disparar a riesgo de alcanzar a su caballería».
Por si verse rodeado por Del Vasto fuese poco, también se empezaron a congregar en el bosquecillo -al toque del tambor- las tropas imperiales. Unos hombres deseosos de aprovechar el exceso de confianza del francés. Pintaban crudas para Francisco, vaya. Los gendarmes podrían haberse retirado pero, para el monarca, el orgullo era más importante que la victoria.

La masacre de la caballería

En palabras de Losada los primeros en repartir mosquetazos entre los caballeros de armadura completa fueron los hombres de Del Vasto: «Los arcabuceros avanzaron desde los bosques próximos a Mirabello y se infiltraron entre las desordenadas filas de los caballeros galos; comenzaron a efectuar cerradas descargas que pronto mataron a casi todos los caballos y a buen número de caballeros». Los gendarmes, desconcertados, no supieron qué hacer más allá de aquello para lo que habían sido entrenados: «reagruparse y cargar una y otra vez para lanzar nuevas cargas» (en palabras del autor). Un nuevo error, pues era recibidos una y otra vez por el plomo.
Y ese es, precisamente, el momento que atesora Ferrer-Dalmau en su último cuadro, como bien determina su asesor histórico: «La gendarmería francesa, flor y nata de la nobleza, que disponía de las armaduras más avanzadas de su época y los caballos de raza de mayor porte y fuerza, se apresta en el cuadro a cumplir con su aciago destino. No sería aquella una jornada para ganar laureles, como había sido Marignano diez años antes. Muchos morirían o caerían prisioneros». El Pintor de batallas también guarda una parte de su lienzo para recordar a aquellos valientes que, junto a los arcabuceros, esperaban a los jinetes: los piqueros y los lansquenetes que había entre sus filas con el objetivo de protegerles de los pocos que atravesaran aquella tormenta de plomo.
«En el cuadro se ve una fila enorme de arcabuceros que disparan contra unos franceses que no podían entender qué estaba pasando»
Esos fueron los que tuvieron más suerte, pues murieron relativamente rápido. Otros como el conocido oficial francés Galeazzo Sanseverino recibieron (según Muñoz) hasta un centenar de tiros debido a que su cuerpo se negaba a caer del caballo. Fue toda una tragedia para los galos, además de una matanza. Y es que, deseosos de quedarse con las riquezas de los jinetes, los imperiales no tuvieron clemencia con los nobles que se rendían. Así lo afirma el mismo autor: «La Palisse, otro veterano, fue ejecutado por un arcabucero español después de pedir clemencia».
La masacre se completó con la rendición de todo el contingente cuando Francisco I, tras presentar batalla, fue capturado. «Los jinetes galos se precipitaron aquel día contra una precisa ráfaga de arcabuceros castellanos, causando una derrota que estremeció Francia. 10.000 soldados franceses y suizos murieron ese día y otros 3.000 cayeron prisioneros, entre los cuales se contaba lo más granado de la nobleza y el propio rey. Al igual que el resto de caballeros, el rey francés padeció los estragos de los arcabuces españoles», determina César Cervera en «Los Austrias. El imperio de los chiflados».

Una «fotografía fidedigna»

En «Pavía», Ferrer-Dalmau muestra la carga de la caballería francesa con un detallismo histórico más que minucioso. Una ardua tarea para la que cuenta con la colaboración de investigadores e historiadores. «No concibo pintar sin el asesoramiento de expertos. Yo pinto, pero detrás de mi hay gente que trabaja y dedica muchas horas a la documentación», apunta a ABC.
Que crea su arte con una mano en los documentos históricos es indudable al ver, por ejemplo, detalles básicos de la obra como el cielo. «He representado que no era de día totalmente y el cielo estaba algo amarillento», señala. Sucede lo mismo con el terreno, algo húmedo debido a que había caído una ligera llovizna antes del baile de los aceros. «Algunos informes dicen que había algo de nieve, pero no ha podido demostrarse, por eso no he creado un paisaje nevado, a pesar de que hubiera sido muy llamativo visualmente», determina.
Además de estos pequeños detalles (básicos para que el cuadro sea una «fotografía fidedigna» de lo que ocurrió aquel día) Ferrer-Dalmau no se ha olvidado del rigor histórico que aplica en cada uno de sus lienzos a los uniformes de los combatientes a los que da vida. En su obra no hay ni un elemento que sobre gracias, entre otras cosas, al trabajo de Nievas. Algo que el mismo Pintor de batallas no duda en recordar: «Su trabajo ha sido increíble. Me ha hecho quitar cosas, cambiarlas... Todo para que, a nivel histórico, sea perfecto».
La exquisitez histórica se aprecia en la misma selección de los uniformes de la infantería española. Unas vestiduras sumamente coloridas variadas debido a que, en esta época, todavía no se había generalizado un uniforme concreto y los combatientes se presentaban en el campo de batalla portando sus mejores galas.
Ropajes que, a su vez, estaban imbuidos del espíritu alemán. «Es evidente que los lansquenetes alemanes tienen gran peso en ésta obra: les reconocemos por sus ropas de colores alegres y con profusión de acuchillados, sus montantes y grandes gorras emplumadas. Junto a ellos, cuesta reconocerles, los soldados españoles que habían adoptado en Italia aquella forma de vestir, aunque sobre ella reconocemos cascos o espadas más a su gusto», destaca el asesor histórico del Pintor de batallas.
En este lienzo, además, se puede apreciar como algunos combatientes portan a su espalda una cruz roja. Insignia que, en palabras de Nievas, «aparece en series de tapices contemporáneas» y supone «una rareza cuyo uso desaparece en décadas posteriores».
Otro tanto pasa con las variopintas armas que usaban entonces los soldados españoles. Un abanico que -en lo que se refiere a la pólvora- abarcaba desde los conocidos y más modernos arcabuces, hasta las escopetas, «cuya mecha se arrimaba directamente al oído del arma con la mano y que se disparaba generalmente desde la cadera». Todas ellas pueden verse en el cuadro de Ferrer-Dalmau, como también pueden apreciarse una larga lista de dagas y espadas. «Los españoles utilizaban espadas más largas como complemento a la pica o al arcabuz, además de dagas de orejas, capacetes y celadas abiertas. Los alemanes preferían gorras grandes (con o sin calota debajo, un pequeño casco que les protegía de los golpes), las borgoñotas con visor, petos con estriado maximiliano y montantes (grandes espadas a dos manos) para abrirse paso entre las picas», añade Nievas.

Dificultades y secretos

No obstante, y al igual que la infantería imperial tuvo que soportar mil vicisitudes antes de alzarse con la victoria, Ferrer-Dalmau también ha tenido que superar su particular batalla para llevar a buen puerto este cuadro. «Lo que más me ha costado han sido los uniformes por su colorido», añade. Según afirma, esta estética tan vistosa y llamativa no es habitual en sus cuadros, por lo que le ha requerido un trabajo extra. «En los tapices que hay de la época parece que están en carnavales, pero lo que sucedía es que cada uno acudía a la batalla con sus mejores galas», completa.
«Pavía se merece más que un cuadro»
Además del rigor histórico, otra de las características de la última obra de Ferrer-Dalmau es la ingente cantidad de secretos que guarda en cada uno de sus recovecos. Unos misterios que se observan tras «ver dos veces el cuadro», como él mismo afirma.
«No me gustan los cuadros en los que los colores te llevan a centrarte en un único personaje, se pierde la visión de conjunto. Por eso no quería que en este cuadro hubiese una figura preponderante. El objetivo es que el espectador descubra a los personajes en el lienzo tras verlo varias veces», explica a ABC. Así es como, al fijarnos, es posible vislumbrar (por ejemplo) una mano amputada o los dos agujeros de bala que hay en la armadura de sendos gendarmes franceses. «El arcabuz fue resolutivo porque la bala atravesaba la coraza, por eso he incluido este detalle», finaliza.

En tres pasos

Por otro lado, Ferrer-Dalmau afirma que los amantes de esta contienda no deben preocuparse, pues está preparando otros dos cuadros que estarán ambientados en dicha lid. «Pavía se merece más que un cuadro. La siguiente me gustaría que fuese una secuencia dura que muestre la rapiña, los muertos y la desolación del combate. Ese era el precio de la victoria. Va a ser un cuadro duro, pero real», destaca en declaraciones a este diario.
De esta forma, creará una saga que emulará a aquella que hizo de los Tercios españoles. «He pintado muchas derrotas como Rocroi, que fue victoriosa. Y ahora tocaba pintar una victoria. Y qué mejor victoria que Pavía, que fue el inicio del Imperio. Fue una batalla en la que desmontamos a la gloriosa caballería francesa e hicimos prisionero al rey de Francia. Algo único», completa.


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