lunes, 2 de julio de 2018

Bravuconadas de los españoles: las respuestas más fanfarronas de los Tercios de Flandes (parte II). 3º ESO

ABC HISTORIA
César Cervera


El francés Pierre de Bourdeille recogió algunas de las contestaciones más ingeniosas que dieron capitanes españoles del siglo XVI, al apreciar que ninguna otra nación tenía tanto talento para proclamar sus bravatas y en respaldarlas con las armas.



En «Rodomontades Espaignolles», que se ha traducido de forma poco precisa como «Bravuconadas de los españoles», el soldado, viajero y escritor Pierre de Bourdeille recogió algunas de las contestaciones más ingeniosas que dieron capitanes españoles del siglo XVI. Y es que este francés valoraba, además de la calidad militar de los españoles, que ninguna otra nación era tan altanera de palabra, de ingenio y de agudeza.
Para muestra, un botón. A los soldados españoles, cuenta Bourdeille, ningún enemigo ningún enemigo les parecía demasiado feroz o numeroso. Un soldado bisoño que charlaba con sus compañeros durante una de las operaciones de Don Juan de Austria, héroe de Lepanto, en la rebelde Flandes preguntó sobre las tropas enemigas: «¿Cuántos son?». A lo que un compañero le replicó: «Vayate al diablo, con tu cuestión y cuenta; di más bien: Vayamos a ellos, quantos que sean».

«No quiera Dios que manche mis canas»

Eran, no obstante, tropas que no se dejaban toser por nadie, ni por reyes ni por papas. Revisaba un día Carlos I de España su campamento en la guerra de Hungría, acompañado de su hermano y futuro heredero, Fernando, cuando escuchó a un soldado decir bien alto: «Sacra Magestad, os doy mis pagas, y haga trasquilar el hermano tuyo don Fernando». Una referencia al peinado pasado de moda del hermanísimo, que seguía la moda de su abuelo fallecido Fernando «El Católico» de largos cabellos separados sobre la frente como una ventana gótica. Carlos se limitó a reír por la osadía del soldado y desistió de castigarlo. Según Bourdeille, el Emperador «quería tiernamente a sus soldados españoles, como a sus hijos» por lo que les consentía aquellos desmanes siempre y cuando no fueran a más. En cierta ocasión un soldado le gritó cuando pasaba revista: «Váyase al diablo, bocina fea, que tan tarde es venido que todo el día somos muertos de hambre y de frío». También a él le perdonó, aunque la prominencia de su mandíbula le acomplejaba desde niño.


En este sentido, estando Francisco I de Francia prisionero en Madrid, el Monarca intentó sobornar a Hernando de Alarcón, capitán de la guardia que le vigilaba; y él contestó: «No quiera Dios que estas mis canas, nacidas al servicio de mi Rey, las manche yo por todo el oro del mundo».
Los representantes de Dios tampoco se libraban de las afiladas palabras de estos soldados, una infantería de élite en Europa. En una ocasión llevaban a ahorcar a un español cuando un franciscano le recordó que debía rezar para salvar su alma y así evitar morir de fuego. El fanfarrón contestó con arrogancia: «Váyase al diablo, señor fraile, que tan bien ha profetizado, y tan mal me ha servido su oración; porque no muero en fuego ni agua, mas en el aire, que es peor, y también yo sé y conozco el día de mi muerte».

Desembarco de Francisco I en el puerto de Valencia. Óleo realizado en 1876 por Ignacio Pinazo
Desembarco de Francisco I en el puerto de Valencia. Óleo realizado en 1876 por Ignacio Pinazo

Un juez español condenó a un hombre a la horca, y el reo le espetó furioso que se parecía a Pilatos por cometer tal injusticia. El juez mejoró la respuesta: «A lo menos, no lavaré mis manos, para condenar un tan gran bellaco como vos».
Y precisamente antes de ser ejecutado, narra Bourdeille, que Francisco de Carvajal, «el demonio de los Andes», un conquistador del Perú que se rebeló contra la Corona junto a Gonzalo de Pizarro, todavía tuvo tiempo de lanzar una última bravuconería. El hombre que dio lugar al dicho «más fiero y cruel que Carvajal» fue visitado en la víspera de su muerte por el capitán Centeno, su rival en los campos de batalla. Centeno preguntó si es que no le reconocía, pues Carvajal fingía que no le había visto en toda su vida. «¿Cómo te podía yo reconocer, que nunca te ví por la delantera, sino por la trasera?», contestó desafiante «el demonio de los Andes», dándole a entender que siempre le había rehuido los combates.

«Mira el puerco que sube»

Narra en las páginas de «Bravuconadas de los españoles» otro incidente entre españoles, uno en las gradas del castillo de Madrid, esto es, el antiguo alcázar. Un gentilhombre, muy grueso y graso, fue increpado por otros dos: «Mira el puerco que sube». La salida del insultado dejó planchado a los rufianes: «Sí, yo soy puerco, mas vos no me matareis y vos no me comeréis». Es decir, a uno le dijo cobarde y al otro judío converso por no poder comer cerdo.
El propio Carlos I y V de Alemania, contagiado de la bravuconería hispana, respondió bravo en una audiencia con el Papa. Un incidente que ilustra la importancia que adquirió el castellano para el Monarca debido a la aportación militar y económica que hacía Castilla a su poder, a pesar de que cuando puso pie en la Península no hablaba apenas este idioma. Pierre de Bourdeille refiere que «estando Carlos en Roma habló delante del Papa, de los embajadores y de los cardenales bramando un tanto por arrogancia de su victoria en Túnez y La Goleta».

«Sí, yo soy puerco, mas vos no me matareis y vos no me comeréis»

Lo hizo delante de dos embajadores franceses, que reconvinieron a su Cesárea Majestad por expresarse en español y no en otro idioma más inteligible. El Emperador dio la espalda a uno de esos embajadores, el del Rey galo, y se dirigió al otro, el embajador francés ante su santidad: Señor obispo, entiéndame si quiere; y no espere de mí otras palabras que de mi lengua española, la cual es tan noble que merece ser sabida y entendida de toda la gente cristiana». Aprender castellano se convirtió en una asignatura troncal en muchas cortes europeas. Y los hispanismos florecieron en francés, como en nuestros días lo hacen los anglicismos.

Mejor la muerte a la deshonra

Para los soldados de los Tercios españoles, vivir con deshonra era mucho más caro que morir con valor. En cierta ocasión el marqués de Pescara respondió a los que le pedían que no siguiera corriendo más peligroso en batalla que: «De buen grado obedecería, o siquiera muy fiel este consejo saludable si me persuadierais cosa tan honrosa quanto segura; antes quiero yo que me lloren mis amigos muerto con honra, que yo llorar afrentosamente con vida infame en mi casa tantas muertas de tan grandes capitanes». No es de extrañar que ese día, en la desastrosa batalla de Rávena, acabara prisionero de los franceses. Recobró su libertad a cambio de un rescate y la promesa de no combatir nunca más contra Francia. Claro está que no estaba por la labor de cumplir esta promesa.

«No es posible que no se vaya ahora este virote, pues que está tan bien emplumado»

El precio de tanta temeridad era frecuentemente el acabar con el cuerpo lleno de cicatrices. Un soldado español con media docena de heridas y arcabuzazos por el cuerpo, una en el sitio de Perpiñán, otra en la Goleta, Túnez,la tercera en Cerisola, la cuarta en un encuentro en Piamonte y la quinta en la reconquista del Casal. De la sexta era responsable «un bujarrón italiano, que me pesa más que todas –contaba el militar–, porque luego que me dio, huyó, y escapó de mis manos, de tal manera que no le pude alcanzar; y se tiene tan secreto y escondido de mí, que hay dos años que le voy buscando, sin poder hallarle. Mas, vive Dios que si yo le topo, aunque fuese entre los brazos de Beelzebub, yo le daré tantos palos a la turquesca, que yo le haré morir buen mártir».
El bravucón que respaldaba con hechos de armas las palabras ingeniosas eran admiradores, no así los que solo lanzaban bravatas baratas. A un gentilhombre toledano que amenazaba, una y otra vez, con irse a América a vivir una gran aventura, pero nunca se iba; en una ocasión le reseñaron de forma cómica sus compatriotas que portara un sombrero repleto de plumas: «No es posible que no se vaya ahora este virote, pues que está tan bien emplumado». Todo ello aludiendo al virote o flecha de la ballesta, el cual se dispara mejor cuando está bien emplumado.
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