martes, 5 de noviembre de 2019

José Antonio Primo de Rivera en una fotografía de octubre de 1933 - ABC ¿Quién fue José Antonio Primo de Rivera? 4º ESO

ABC HISTORIA
Silvia Nieto

- Carmen Calvo afirmó este lunes en «Los Desayunos de TVE» que fue «una víctima y podrá estar en el lugar (El Valle de los Caídos), obviamente, de una forma discreta, porque forma parte de las 34.000 víctimas que hay allí de los dos bandos»

- El historiador Joan Maria Thomàs realizó un relato minucioso y equilibrado del político español en «José Antonio. Realidad y mito» (Debate, 2017)


José Antonio Primo de Rivera en una fotografía de octubre de 1933 - ABC


Para el que la emprende, cualquier biografía entraña un desafío casi psicológico: la distancia con el protagonista, que es imprescindible, no debe traducirse en frialdad, recordando lo que Eugenio d'Ors decía sobre el paisajista, que es mejor que no forme parte del paisaje; la enumeración de datos no debe entorpecer la narración, y, de tratarse de un tipo famoso, o con claroscuros, el autor debe derribar los lugares comunes o aclarar algún que otro entuerto. El historiador Joan Maria Thomàs cumple con todos esos requisitos en «José Antonio. Realidad y mito» (Debate, 2017), un libro dedicado al que fuera líder de la Falange, fusilado en Alicante el 20 de noviembre de 1936 y sin duda uno de los personajes más difíciles de abordar de la Historia de España del siglo XX.
Thomas, académico de la Real Academia de Historia, es consciente de la dificultad que entraña escribir sobre José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia (Madrid, 1903 - Alicante, 1936), que se mueve entre la mitificación de sus partidarios, con un amor que el franquismo alentó de manera interesada, y el desprecio furibundo de sus detractores, que le culpan de importar el fascismo a España y de ser uno de los responsables de la Guerra Civil. Con más amor por los matices que por los juicios de trinchera, el historiador retrata a un hombre complejo, que «combinaba seriedad, rigor, timidez, simpatía y violentos brotes de "cólera bíblica", todo ello envuelto en una cuidada apariencia física», y capaz de admirar a políticos tan alejados de él, al menos en lo que a ideología se refiere, como el socialista Indalecio Prieto o el líder de Izquierda Republicana, Manuel Azaña.

Superar al padre

Movido por un deseo de «emular y superar» a su padre, el dictador Miguel Primo de Rivera, José, como le llamaban en su familia, o José Antonio, según la lógica del tuteo falangista, fue primogénito en una familia de varios hermanos que perdieron a su madre cuando eran pequeños. La orfandad, explica Thomàs, hizo que «su progenitor le nombrase a edad muy temprana "director" de todos ellos», exigencia que «debió de ser su primera "escuela de mando"». El afán por el autocontrol y la pulcritud de sus modales, resultado del «carácter castellano» de la familia materna, tenían como reverso los «trazos violentos» de su personalidad, que combinaba con «el uso de una ironía que con frecuencia devenía en sarcasmo hiriente»; una descarga, en fin, de su lucha por la contención.
Las primeras huellas de ese carácter, al menos de las que se tienen constancia, brotaron durante su etapa universitaria, cuando su amigo Ramón Serrano Súñer, como presidente, y él, como secretario general, tomaron las riendas la Asociación Oficial de Estudiantes de Derecho a finales de 1920; las trifulcas con la Sección de Estudiantes Católicos, que dirigía José María Gil-Robles, no eran inusuales.
Los choques con Gil-Robles, como recuerda Thomàs, no se debían a un supuesto ateísmo de José Antonio, que pasó las últimas horas de su vida retirado en una capilla y citó varias veces a Dios en su testamento, sino a su apuesta por la separación entre la Iglesia y el Estado, que luego introdujo en la ideología de la Falange. De hecho, en uno de los momentos más soprendentes de la biografía, el historiador, a partir de los diarios de uno de los capos del nazismo, Alfred Rosenberg, cita el deseo que José Antonio expresó sobre la cuestión religiosa durante una visita en Alemania en septiembre de 1934: cuando llegase al poder, promovería que se eligiese a un Papa en Toledo, porque el de Roma «era semejante a un líder masón».
A los 19 años, en 1922, José Antonio terminó Derecho. Al siguiente comenzó la dictadura de su padre, que duró hasta 1931. Fue un periodo clave en su biografía, sobre todo por el desenlace que tuvo la vida de su progenitor: el exilio vergonzante y la muerte en París, con choques con Alfonso XIII de por medio. Dos fueron, para el por entonces ya abogado, las consecuencias principales de esa etapa: el deseo de venganza, de restaurar la figura paterna, que le llevó a acabar a golpes con el general Queipo de Llano en el bar Lion d'Or, y la ausencia de filiación monárquica en la Falange. Esa falta de entusiasmo no era, sin embargo, una herencia familiar: José Antonio ostentaba el título de marqués de Estella gracias a su tío abuelo Fernando, que lo había ganado combatiendo del lado de los liberales en la Tercera Guerra Carlista.

Corte de poetas

Fue en la II República cuando José Antonio creó la Falange. El acto fundacional, que se celebró en el Teatro de la Comedia de Madrid el 29 de octubre de 1933, fue descrito por el novelista Agustín de Foxá, amigo personal del político, en su libro «Madrid, de Corte a checa», de 1938, con tono laudatorio: «Tosco, pero enérgico y claro, habló Ruiz de Alda y luego, con su cara triste y ademán universitario, García Valdecasas. Se levantó, por fin, Primo de Rivera. Era un muchacho joven, guapo, agradable. Tenía la voz un poco nasal y exponía las ideas con justeza jurídica. Usaba metáforas brillantes. Se notaba en él cierta timidez y pudor ante los grandes espectáculos. (...) Aquel muchacho empleaba un lenguaje nuevo, desconocido. Decía que romper las urnas era su más noble destino, que la Patria era una unidad de destino en lo universal y que por defenderla había que emplear la dialéctica de las pistolas, que los pueblos eran movidos por los poetas».
Decía Raymond Aron, defensor de la democracia liberal frente al extremismo de los radicales de cualquier índole, que a la poesía ideológica se la combate con la prosa de la realidad. En ese sentido, no es de extrañar que José Antonio se rodeara de una corte de escritores y poetas, donde, además de Foxá, figuraban hombres como Rafael Sánchez Mazas, José María Alfaro, Pedro Mourlane Michelena o Dionisio Ridruejo. Todos ellos, la noche del 3 de diciembre de 1935, compusieron la letra de «Cara al sol», el himno de la Falange, en el restaurante Or-Kompon de Madrid. Codearse con intelectuales, además de esforzarse por sumarse a sus filas, también formaba parte de la batalla personal de José Antonio por superar el rechazo que su padre había sufrido por parte de figuras de esa clase, como Miguel de Unamuno, recuerda Thomas en su biografía.

El final

El nacimiento de la Falange, con un discurso violento que tomaba de Ortega y Gasset, aunque con matices, la glorificación de los hombres «egregios», esa minoría destinada a las grandes gestas, se saldó en una espiral de muertes, entre ataques y venganzas, causada por el enfrentamiento con los socialistas. El partido, en ese aspecto, imitaba al fascismo italiano; de hecho, José Antonio viajó en mayo de 1935 a Roma para pedir a Mussolini ayuda económica para su formación. Y también conspiró para urdir un golpe que derrocase a la República. «La Falange -explica Thomàs- estaba contribuyendo de forma notable al deterioro del orden público con objetivos políticos desestabilizadores». Para el historiador, el riesgo de una revolución comunista, argumento que se esgrimía desde la derecha, no era del todo real. Lo que no excusaba que «el PSOE afín a Largo Caballero» y «los dirigentes de las Juventudes Socialistas Unificadas» hicieran «apelaciones a la "revolución" o a la "dictadura del proletariado"», emponzoñando una situación que se convirtió en una bomba de relojería.
Todo, de hecho, saltó por los aires el 18 de julio de 1936, día del inicio del golpe militar. José Antonio llevaba ya unos meses en la cárcel, a la que había sido condenado en mayo de ese año por tener armas en su casa. Luego fue trasladado a Alicante, donde se encontraba cuando la guerra estalló. El primer plan para matarle, pergeñado por comunistas que querían darle el «paseo», fue frenado por políticos poco afines a su ideología: «Ante tamaño plan -cuenta Thomàs-, elementos republicanos telefonearon al presidente Azaña, al presidente del Consejo, Giral, y a Indalecio Prieto. Todos ellos realizaron gestiones y lograron detener la operación».
Ninguna gestión, sin embargo, le libró de ser fusilado el 20 de noviembre de 1936. Antes de morir, pidió a los guardias que tuvieran la cortesía de lavar su sangre del patio para que su hermano Miguel, también preso, no tuviera que verla. En su testamento, pareció renegar de la violencia: «Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles».
No lo fue.
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