domingo, 17 de noviembre de 2019

¿Por qué la obesidad en países como España es más alta en las clases bajas? Actualidad-1º-2º-3º-4º ESO

https://www.huffingtonpost.es/
Manuel Bruscas

Nuestro sistema alimentario tiene muchos rasgos obesogénicos.


SEFA OZEL VIA GETTY IMAGES


Y un buen día despertamos en el seno de la desilusión,
ya sumisos claudicamos
porque no queda remedio,
porque no quedan motivos,
porque no hay un rincón en la Tierra
donde a martillazos ni a golpes de soneto
tomar sopas de cariño.
(Extraído de ‘Sopa de cariño’, compuesto e interpretado de Poncho-k)
Pensé que nunca más tendría que volver a escribir “estos versos tan tristes”. Me equivocaba. Porque el hambre, ese vampiro invisible que sortea concertinas, fronteras y muros, sigue devorando ferozmente los sueños de muchos y muchas. Basta con echarle un vistazo al informe El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2019 (también conocido como Informe SOFI): en 2018 el número de personas que padece hambre crónica en el mundo alcanzó la cifra de 821 millones (1 de cada 9 personas), es decir 10 millones más que en 2017, y muy por encima de los 785,4 millones de hambrientos que había en 2015. Una tendencia preocupante y que debería avergonzarnos; más si cabe cuando recordamos que estas cifras se basan en estimaciones: sí, en pleno año 2019, en la era del Big Data en la que casi todo se mide, no somos capaces de saber con exactitud cuánta gente pasa hambre en el mundo. En todo caso, si damos como válido el Informe SOFI y buceamos entre sus páginas, nos toparemos con otros datos que escuecen: uno de cada siete bebés en el mundo tiene bajo peso al nacer (20,5 millones), uno de cada cinco niños menores de cinco años se ven afectados por retraso en el crecimiento (148,9 millones), etcétera. El Informe SOFI también recoge cifras sobre el concepto de “inseguridad alimentaria moderada”: se trata de aquellas personas que padecen incertidumbre en cuanto a su capacidad para obtener alimentos y se han visto obligadas a aceptar menos calidad o cantidad en los alimentos que consumen. Si sumamos todas las personas que padecen inseguridad alimentaria y las que padecen hambre, la estimación (otra vez) es que más de 2.000 millones “carecen de acceso a alimentos inocuos, nutritivos y suficientes”. Estamos hablando de una de cada cuatro personas en el mundo. Y todo ello sucede mientras en el mundo despilfarramos un tercio de los alimentos que producimos. Es indignante a la par que kafkiano.
¿Cuál es la situación en España? Las cifras oficiales brillan por su ausencia, pero si nos atenemos al Informe SOFI, en el periodo 2016-2018 en España un total de 3,5 millones de personas padecían una situación de inseguridad alimentaria moderada o grave. En el periodo 2014-2016 la cifra era de 3,3 millones: es decir, en los últimos años ha habido un aumento de unas 200.000 personas. Otro dato que resaltar: en el año 2016 en España había 10,5 millones de adultos con problemas de obesidad. Numerosos estudios sugieren que en países como España las clases más pobres son las que tienen mayores tasas de obesidad. Y es que nuestro sistema alimentario tiene muchos rasgos obesogénicos y parece estar diseñado para ofrecer “las máximas calorías al mejor sabor al menor coste” sin preocuparse por el impacto en términos de nutrición y salud. Sí, los productos ultra-procesados sacian, pero constituyen una dieta sostenible. Si la alimentación saludable es un derecho, tendríamos que preocuparnos del impacto de la obesidad en las clases más desfavorecidas.
Nuestro sistema alimentario tiene muchos rasgos obesogénicos y parece estar diseñado para ofrecer “las máximas calorías al mejor sabor al menor coste” sin preocuparse por el impacto en términos de nutrición y salud.
Y mientras la inseguridad alimentaria crece en España, ¿qué sucede con el despilfarro de alimentos? También va en aumento. Según el Panel de cuantificación del desperdicio alimentario en los hogares españoles que elabora el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA), “en 2018 los hogares españoles desperdiciaron entre enero y diciembre un total de 1.339 millones de kg/l. de alimentos y bebidas, lo que supone un incremento del 8,9% con respecto al año anterior, es decir, 109 millones de kg/l más”. Según este informe, 8 de cada 10 hogares tiran alimentos a la basura. Los productos que más se despilfarran son las verduras y hortalizas frescas, las naranjas, el pan fresco, las manzanas, los plátanos y la leche líquida. Y es que la gran mayoría de los alimentos desperdiciados siguen este recorrido: del supermercado a la nevera y después al cubo de la basura con la misma capa de plástico que les recubría en la tienda.  
“Esa tarde Leti, la lechuga que nació para triunfar, apenas se movía. Abandonada en una esquina de la nevera, aterida por el frío, solo era una sombra de esos brotes lozanos que un día fue. Sus hojas raídas por el desamparo se deslizaban penosamente por entre las paredes escarchadas de su jaula de hielo. Todo parecía desvanecerse”
(El Blues de La Lechuga, relato incluido en Los tomates de verdad son feos).
Es evidente que los hogares contribuimos significativamente al despilfarro de alimentos, pero titulares del tipo “los hogares son los grandes responsables del desperdicio” no son ciertos. Por ejemplo ¿cuánta comida despilfarran los supermercados españoles? No existen cifras al respecto. ¿Cuántos kilos de fruta y verdura se quedan en el campo por no cumplir los estándares de belleza que dictan las grandes superficies (la dictadura de la estética)? Tampoco lo sabemos. Los supermercados son, al menos, tan responsables del despilfarro de alimentos como lo somos nosotros. ¿Y qué decir de nuestros gobernantes? Hace más de año se anunció que una comisión del Senado había aprobado por unanimidad un paquete de medidas contra el despilfarro de alimentos. Sin embargo, muchos meses después, seguimos sin contar con una ley que regule el despilfarro de alimento. 
Sí, este artículo sabe a desilusión: más hambre, más despilfarro. Pero no vamos a claudicar y seguiremos defendiendo que los alimentos se utilicen para alimentar de forma saludable a todas las personas del Planeta Tierra.

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