martes, 22 de noviembre de 2016

Niños soldados, más allá de las atrocidades

EL PAÍS



En el Día Universal del Niño, recordamos que aún quedan 300.000 menores reclutados en ejércitos y guerrillas de todo el mundo.























Un niño con un rifle de asalto en el Ejército Democrático de Sudán del Sur. UNICEF

A veces, la forma en que un niño entra en un grupo armadono difiere mucho de cómo un joven entra en una pandilla. Basta una mezcla de varios ingredientes, como la falta de atención en la familia. Entonces, la integración en un grupo compensa la necesidad de pertenencia a un grupo humano cercano. Y, claro está, es necesario que la proliferación y aceptación de este tipo de grupos sea algo normal en la sociedad en que vive el menor.
La diferencia está en el detalle. En el caso de los niños soldado, la falta de atención suele venir por el fallecimiento de uno o ambos progenitores, la separación accidental de los miembros de una familia en el momento de huir de un ataque o el secuestro del niño. Además, los cabecillas de muchos grupos saben que deben reforzar este distanciamiento con el hogar y obligan a los niños a perpetrar ataques contra sus comunidades, incluso contra sus propias familias, para que no tengan adónde regresar.

MIKE (17 AÑOS)

Me llamo Mike, tengo 17 años y soy un ex niño soldado de la República Democrática del Congo.
Cuando comenzó el conflicto en mi país fui reclutado en un grupo armado, el entonces llamado FPRM [un grupo de milicianos]. Tenía 11 años y estudiaba quinto en la escuela primaria, como muchos otros niños de mi edad en mi pueblo.
Tres años más tarde nos pidieron integrarnos en el ejército. Nos llevaron a la formación pero yo no pude soportarlo mucho tiempo y decidí huir.
Después de esto me uní a otro grupo rebelde, donde fui nombrado comandante en esa zona por mi audacia. Esto significa que yo controlaba todas las patrullas de día y de noche, todas las atrocidades se me comunicaban a mí y yo sencillamente estaba al tanto de todo.
No me gusta hablar de las atrocidades, porque estoy seguro de que todo el mundo sabe lo que hace este grupo a la población. En los grupos armados he cometido todos los tipos de violencia y crímenes que se puedan imaginar.
La primera vez que una organización internacional me ayudó a salir del grupo rebelde no salió bien. Mi comunidad no me aceptó en ese momento y sentí que mi lugar estaba solo en el monte con gente armada.
La segunda vez que intenté volver a vivir con mi familia en el pueblo de Katwiguru, me encontré con que mi familia no estaba allí. Habían sido amenazados, por mi causa. Algunos me buscaban a mí por los crímenes cometidos. Después de algunas semanas, supe que mi madre estaba en Goma y me fui a buscarla. Mi padre había huido a Uganda, donde ahora está viviendo en un campo de refugiados.
El tercer intento fue cuando visité a mi familia y mi madre me rogó que no volviera de nuevo a la selva. Ella hizo lo que pudo como madre para convencerme y en ese momento decidí escucharla. Me quedé con ella y se encargó de mí aunque no tenía casi nada.
Doy gracias a World Vision por aceptarme en este centro de recuperación para formarme en mecánica. Estoy seguro de que este trabajo me ayudará en mi vida. Ahora siento que aquí es donde está mi futuro. En el monte, la vida es dura, una vida de supervivencia, y no es buena para los niños.
La gente me ve como una mala persona y me hacen sentir culpable, pero yo sueño con llegar a ser una buena persona. Mi temor es que incluso hoy en día puedo ver a mis antiguos compañeros en la ciudad y quieren que vuelva a las fuerzas armadas. Me gustaría que alguien pudiera hablar con ellos también.
Mike (se ha usado un nombre ficticio para preservar la identidad del menor) es uno de los 30.000 niños que han sido reclutados en ejércitos rebeldes en la República Democrática del Congo.
La integración de los niños soldado en el grupo suele ser forzada, aunque también se dan casos en que los menores se alistan porque tener un arma y participar en la defensa de unas determinadas creencias les hace sentirse importantes. En cualquier caso, se mantienen en el grupo principalmente por miedo: el miedo a ser asesinados o mutilados si escapan.
Resulta difícil imaginar que un niño pueda ver normal entrar en un grupo violento, pero en el mundo hay 300.000 niñas y niños implicados en conflictos armados, que viven en países en guerra con pocas oportunidades laborales y ven en el hecho de ser soldados una posibilidad de subsistencia a su alcance.
La realidad de los niños soldado es muy dura. El personal sanitario de World Vision ha atendido heridas físicas que van desde llagas en los hombros por cargar durante muchos días y kilómetros pesadas armas y municiones, hasta heridas de bala o amputaciones de miembros. Pero nuestros compañeros nos cuentan que lo más difícil es curar las heridas psicológicas de estos niños que, previo adiestramiento, se han visto forzados a cometer atrocidades y que incluso por la presión y entorno en que han vivido han llegado a jactarse de ello.
Recuperarse de todo ello es difícil, y aún hay que sumarle la dificultad para reinsertarse en la sociedad. Tras muchos meses e incluso años dedicados a luchar en lugar de ir a la escuela o aprender un oficio, sus habilidades para trabajar fuera del ejército son prácticamente inexistentes. Además, se han labrado en sus comunidades de origen una fama de violentos e incluso de enemigos. Y, por si fuera poco, siempre queda la tentación de volver a la guerra, inculcada tras mucho tiempo de no conocer otra cosa que el grupo armado y la ley de la selva.
En la parte oriental de la República Democrática del Congo (RDC), los rebeldes siguen reclutando niños para una guerra continua que les enfrenta al ejército regular del país. En los 15 años de violencia, se estima que han muerto 5 millones de personas y más de 1,7 millones han huido de la zona.
Nuestra experiencia en Sierra Leona, Uganda, la República Democrática del Congo, Birmania y otros lugares nos ha demostrado que el proceso de reintegración de un niño soldado es complejo y prolongado, pero que se puede lograr.
Desde World Vision trabajamos con ellos con atención médica y psicológica, para superar los traumas y ayudarles en el proceso de reconciliación con su comunidad, También damos apoyo a las familias para reforzar el entorno protector del menor. Y trabajamos con las comunidades, no solo para que acepten de nuevo a estos niños, sino también para mejorar su situación de falta de alimentos, de empleo y seguridad, pues sin un mínimo de estabilidad es imposible que los niños y sus familias puedan recuperar la normalidad.
Además de todo esto, World Vision y las organizaciones con las que nos asociamos también ayudamos a los niños ex soldados a obtener sus documentos de reintegración para que puedan volver a una vida normal libremente, incluyendo la obtención de los documentos de desmovilización, que impiden ser perseguidos y juzgados por parte del gobierno.
Entre 2011 y 2014, 91 niños soldados y 110 trabajadores sexuales fueron totalmente rehabilitados con éxito. Todos ellos recibieron formación profesional y educativa, además de apoyo psicosocial.
Desafortunadamente, en el mundo, más de 50 grupos armados siguen utilizando a niños y niñas en sus actividades. Además de República Democrática del Congo, Afganistán, Myanmar, República Centroafricana, Sudán del Sur, Somalia y Yemen son algunos de los países con mayor prevalencia.
Necesitamos más recursos para poder seguir atendiendo y rehabilitando a estos 300.000 menores que ya son soldados, y también para continuar las iniciativas de prohibición y persecución del uso de menores en la lucha armada.

Queda mucho por hacer, pero quizá, entendiendo bien los motivos por los que estos niños se alistan como soldados (o son forzados a hacerlo) y dándonos cuenta de que no es un fenómeno aislado y de las consecuencias de por vida que esta experiencia tiene para los más vulnerables, los niños, consigamos sumar más personas a nuestra causa y conseguir acabar con esta vergüenza para la humanidad.




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