martes, 16 de mayo de 2017

El carcelero del horror.

ABC INTERNACIONAL
Pablo M. Díez


Ahn Myeong Chul, guardia del gulag norcoreano que desertó en 1994, ayuda a huir del régimen de los Kim.

Exiliados en Seúl, los refugiados norcoreanos huidos de su país recuerdan la miseria y brutalidad del régimen dictatorial de los Kim. Pero uno de ellos no sufrió esa represión. Él la infligió. Durante ocho años, Ahn Myeong Chul fue guardia en cuatro campos de trabajos forzados del gulag norcoreano, donde se calcula que se pudren 100.000 prisioneros.
Nacido en febrero de 1969 en la provincia de Hamgyong del Norte, fronteriza con China, Ahn pertenecía a una familia leal al régimen. Su padre se encargaba de la distribución pública de alimentos en su pueblo y su madre era funcionaria estatal. En aquellos felices años de Kim Il-sung, padre de la patria y abuelo del actual dictador, Corea del Norte recibía ayuda en abundancia de la Unión Soviética. «Nunca pasé hambre de niño y tenía muchas cosas. Nuestra vida era bastante buena entonces. Mi padre, que era número tres del Ayuntamiento, tenía un reloj Omega regalado y dedicado por Kim Il-sung como reconocimiento a su trabajo. En mi casa había televisión desde 1972 y, con 16 años, yo tuve un reloj Seiko que costaba 1.500 won, cuando el salario en esa época era de 60», cuenta a ABC.
Con 19 años, y tras haber estudiado dos en la Universidad, fue reclutado por el Ministerio de Seguridad como guardia en un campo de reeducación mediante el trabajo. «No podía negarme y, además, me prometieron que, si servía tres años en el Ejército, podría ir a la universidad en Pyongyang, lo que solo estaba al alcance de unos privilegiados», explica Ahn, quien todavía recuerda el impacto cuando llegó al Campo 11 de prisioneros políticos.
«Con aquellas alambradas y todos los presos esqueléticos y vistiendo harapos, pensé que era el decorado donde la propaganda estaba rodando una película contra Corea del Sur. Aunque sabía que la ˝gente mala˝ desaparecía en campos de trabajo, nunca me imaginé algo así», señala compungido.
A pesar de las torturas diarias, las palizas y las ejecuciones, el adoctrinamiento desde la cuna le había enseñado a no compadecerse de «aquellos traidores despreciables que estaban en contra de los Kim». Un lavado de cerebro que se intensificó durante su instrucción militar. «Nos decían que, si los prisioneros intentaban escapar, podíamos matarlos y nos premiarían llevándonos a la Universidad. Pero, si sentíamos compasión por ellos, seríamos castigados junto a nuestras familias. Y, sobre todo, debíamos guardar el secreto de lo que allí ocurría. Si el régimen caía, teníamos que matar a los internos y enterrarlos para destruir todas las pruebas», rememora Ahn, quien no veía a los presos como seres humanos.

Perros y golpes

A modo de saco de boxeo, se entrenaba al taekwondo con un jorobado a quien casi mata de un golpe. «Vi e hice cosas horrorosas. Un día, cinco perros de los guardias, pastores alemanes especialmente adiestrados contra los prisioneros, atacaron a tres niños, cuyos padres cumplían condena. Dos ellos murieron y la tercera, una niña, quedó malherida. Para ocultárselo a la familia y evitar así un motín, tuvimos que enterrarlos a los tres, aunque la pequeña seguía todavía con vida», relata con un nudo en la garganta. En su opinión, «muchas guardias disfrutaban con aquellas atrocidades; el 70 por ciento eran psicópatas».
Frente al hambre y la extenuación de los prisioneros, que solo comían gachas de maíz y patatas y tenían que trabajar tres veces más de lo normal, los guardianes disfrutaban de toda clase de privilegios. «Jamás en mi vida he comido más carne de cerdo que entonces, nos llamábamos a nosotros mismos terratenientes modernos», observa Ahn con ironía.
Destinado tres años a vigilar las alambradas, donde hacía emboscadas para impedir fugas, no tuvo contacto con los prisioneros hasta que le hicieron conductor de camiones en el Campo 13. Gracias a ese puesto descubrió que «la mayoría de ellos ni siquiera sabían por qué estaban allí». Ahí empezaron sus dudas, que tuvo que ocultar a todo el mundo, incluyendo a su familia. «Cuando una presa, una mujer mayor, me llamó ˝hijo˝, me afectó emocionalmente y empecé a preguntarme si mi familia podía acabar así», razona amargamente.
Con el desplome de la URSS en los años 90 y las malas cosechas posteriores, Corea del Norte sufrió una hambruna que se cobró cientos de miles de vidas. Su padre, que ya no recibía alimentos para distribuir, cayó en desgracia al criticar al régimen en una noche de borrachera. Investigado por una denuncia de sus compañeros, se suicidó en enero de 1994 al saber lo que se le venía encima.
Por el principio de «culpabilidad por asociación» que rige en Corea del Norte, que condena a tres generaciones de un represaliado, la familia de Ahn estaba en la diana. Destruyeron su casa, se llevaron a su madre y arrestaron a su hermano, que también era militar. Solo se libró su hermana. Temiendo que el siguiente fuera él, escapó del campo de trabajo y esa misma noche, en junio de 1994, cruzó el río Tumen a China. Allí se encontró con un chino de origen coreano que le ayudó a contactar con la Embajada de Corea del Sur en Pekín. Debido a la valiosa información que podía suministrar, en una semana estaba en Seúl.
Testigo de cargo contra el régimen estalinista de Pyongyang ante la ONU, Ahn Myeong Chul dirige una organización, NK Watch, que ha ayudado a escapar a 1.500 norcoreanos desde 2003. Arrepentido, el antiguo carcelero del horror se redime así de su atroz pasado. De su familia no sabe nada, solo que desaparecieron en mitad de la noche.

Más de 30.000 desertores

Por primera vez desde 2011, cuando el joven dictadorKim Jong-un tomó el poder a la muerte de su padre, el año pasado aumentó la llegada de refugiados norcoreanos al Sur: 805 hasta agosto por los 700 contabilizados hasta el mismo mes de 2015. Debido a los mayores controles del régimen y a la sensible mejoría que ha traído una incipiente economía de mercado no oficial, los desertores han pasado de 2.914 en 2009 a 1.276 en 2015. En Corea del Sur viven ya más de 30.000 exiliados que han huido de la miseria y la represión del régimen estalinista de Pyongyang.
Como la frontera con Corea del Sur está cerrada en la Zona Desmilitarizada del Paralelo 38, todos ellos escapan cruzando a China, desde donde emprenden una odisea hasta países del Sudeste Asiático para pedir asilo político. Incapaces de pagar estos viajes, en China se ocultan decenas de miles de norcoreanos.

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