martes, 16 de mayo de 2017

El Guggenheim Bilbao mira a la efervescencia del París del XIX

EL MUNDO ARTE

Una joven observa el cuadro "Interior de Mirliton de Bruant" de Louis Anquetin. LUIS TEJIDOEFE


Reúne 125 obras de artistas como Toulouse-Lautrec, Signac y Redon en la exposición 'París, fin de siglo', que podrá verse hasta el 17 de septiembre
París, últimos años del siglo XIX. En 1894, el presidente Sadi Carnot moría asesinado por un anarquista. Poco después, la sentencia por traición contra el capitán Alfred Dreyfus (1859-1935) dividía a la opinión pública. Y era sólo la superficie. Por debajo discurrían las corrientes, las de una sociedad marcada por la prolongada crisis económica y por los extremos sociales y políticos. El de la burguesía frente a la bohemia, conservadores frente a radicales, católicos y anticlericales, anti-republicanos y anarquistas. Y el mundo del arte no se quedó al margen. Pronto, aquel ambiente de agitación y transformación se contagió al mundo del arte. Y en París eclosionaron distintos movimientos a los que el Museo Guggenheim Bilbao vuelve ahora la mirada en la exposición París, fin de siglo. Signac, Redon, Toulouse-Lautrec y sus contemporáneos.
Comisariada por Vivien Greene, conservadora del Guggenheim de Nueva York y experta en este período, hasta el 17 de septiembre la muestra reúne en la tercera planta del museo -dedicada a las obras más clásicas- una selección de 125 obras de los neoimpresionistas, los simbolistas y los nabis (profetas, en hebreo). De ellas, muchas no se habían mostrado antes al público por pertenecer a coleccionistas privados -en su mayor parte del área neoyorquina-, que los han prestado para la ocasión, según reveló el director de la pinacoteca, Juan Ignacio Vidarte.
La exposición reúne así obras maestras de artistas como Georges Seurat y Paul Signac (neoimpresionistas), Odilon Redon y Maurice Denis (simbolistas) y Pierre Bonard, Edouard Vuillard y Henri Toulouse-Lautrec (nabis). De su mano, brillantes paisajes interiores y costeros, imágenes introspectivas y fantásticas, y retratos descarnados de la vida social se convierten en reflejo de una situación política y socialmente agitada.
El recorrido comienza con el cuadro Nenúfares del impresionista Claude Monet, artista que no perteneció a ninguno de los movimientos pero que era considerado como un «héroe» por muchos de los artistas que los abrazaron, recordó la comisaria Vivien Greene, quien señaló que los tres movimientos pictóricos en los que se ha fijado la exposición fueron claves para lo que se considera el arte moderno que surgió en el siglo XX.
La muestra se adentra después en el movimiento neo-impresionista, que hizo su debut con entidad propia en 1886 en una de las salas de la octava (y última) Exposición Impresionista en París, liderada por Georges Seurat. Las teorías científicas sobre el color y la percepción sirvieron a los artistas del movimiento para crear efectos ópticos en obras puntillistas, inspirados en los nuevos métodos ópticos y cromáticos desarrollados por los científicos. Con ello producían composiciones en las que, sin ser su objetivo explícito, estaban muy presentes sus opiniones políticas izquierdistas y el auge de las ideologías socialista, comunista y anarquista, así como las turbulencias sociales y políticas. «Eran todos de izquierdas», destacó Greene.
La sala exhibe obras como Saint Briac. Les Balises Opus 210 (1890), obra maestra realizada con la técnica del puntillismo donde Paul Signac plasma un paisaje que refleja los faros existentes a la salida del río en la localidad de Saint Briac.
El recorrido continúa con una mirada a los simbolistas, que Greene explicó que recogieron en sus obras el resurgimiento de la espiritualidad, el sentimiento católico, de derechas y antisemita de la sociedad francesa. En esta sección la comisaria destacó obras como Abril (las anémonas) (1891), de Maurice Denis, y 22 obras de Odilon Redon, una de sus figuras más importantes.
La muestra se cierra con una mirada al París más bohemio y alegre que artistas como Henri Toulouse-Lautrec plasmaron en carteles, estampas y litografías de carácter efímero con los que se buscaba atraer al público a los locales nocturnos. Entre ellas, la muestra reúne obras como La troupe de mademoiselle Eglantine (1895-96), la cantante Jane Abril (1899), el propietario del Ambassador, Aristide Bruant, o El fotógrafo Sescau (1896).

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