martes, 30 de enero de 2018

Rousseau: La defensa del individuo. 3º-4º ESO

EL MUNDO Secciones
Galerías de imprescindibles
Manuel Hidalgo



- Josep Maria Flotats dirige e interpreta la obra teatral que resume las disputas entre el escritor ginebrino y Voltaire.
Estamos en el siglo XVIII, apoteosis de la Ilustración y Siglo de las Luces. El vitriólico Voltaire creía en las virtudes de la razón, la ciencia y el arte como artífices del progreso civilizatorio y el explosivo Rousseau sostenía que tales factores arruinan la libertad y la inocencia del hombre, que es bueno -¡el buen salvaje!- mientras permanece vinculado a las pautas de la naturaleza. Hélas! Tan antagónicas posiciones encizañaron la amistad de dos polemistas natos y corrosivos que, hacia 1741, habían unido recursos en torno al luminoso y transformador proyecto de la Encyclopédie, al que Rousseau aportó sus conocimientos musicales.En el María Guerrero Josep Maria Flotats dirige e interpreta de la forma acostumbrada (bien) Voltaire/Rousseau. La disputa, pieza del francés Jean-François Prévand, que ofrece un encendido y chispeante debate entre los dos eximios escritores, muy propio para quienes gusten de zambullirse en la reflexión sobre todo lo divino y lo humano. Pere Ponce incorpora con vigor armenio a Rousseau.La figura de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) es, por su influencia aún coleante, tan gigantesca como infortunada fue su azacanada vida, hecha de persecuciones, fugas, oficios varios, domicilios y países cambiantes, miserias económicas y amores contrariados con distinguidas madames que, tarde o temprano, lo mandaban a paseo, como también lo mandaron a paseo no sólo Voltaire, sino Diderot y otros enciclopedistas amigos del pasado. O el filósofo David Hume, que lo acogió en Inglaterra hasta que no pudo más. Acosado por altos políticos y eclesiásticos, Rousseau acabó sus días emparanoiado, muy tarumba, escribiendo, junto a otros textos autobiográficos, Las confesiones (las suyas, claro, y no las de San Agustín) y vuelto al redil del protestantismo calvinista familiar tras un breve interludio como católico a sugerencia de una de sus amantes suizas. Se especuló con que se había suicidado, pero no hay pruebas.Autor de una ópera y novelista de éxito (La nueva Eloísa, 1762), el escritor ginebrino ya la armó en su primera, tardía y premiada salida filosófica, Discurso sobre las ciencias y las artes(1750), al que siguió el Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres (1754). En estas dos obras troncales fijó las columnas de su ideario posterior -el resumido malamente en nuestro primer párrafo-, pero le quedaban por pergeñar -amén de varias correcciones a lo dicho- los dos grandes fogonazos de su pensamiento, a saber: El contrato social (1762), cogollo de sus planteamientos políticos, y la novela Emilio o de la educación (1762), núcleo de sus ideas sobre, en efecto, la educación. Estas dos obras las perfiló en uno de los pocos tramos tranquilos de su existencia, en sus años en el campo como huésped del mariscal de Luxemburgo, en las cercanías de Montmorency, bonito sitio.Los planteamientos políticos, sociales e, incluso, económicos de Rousseau tuvieron una muy sensible repercusión sobre los elementos más radicales y jacobinos de la Revolución Francesa. Su rechazo de la ciudad civilizada y su sentimental elogio de la vida campestre vitaminaron el Romanticismo, tan poco aficionado a los dictados de la Diosa Razón. Y no sólo eso: las doctrinas de Carlos Marx no hubieran sido las mismas sin las adhesiones o las objeciones a las ideas de Rousseau. "El hombre ha nacido libre y, sin embargo, en todas partes está esclavizado", viene a decir la primera línea de El contrato social. La causa de la libertad y del individuo fue el impulso motriz de la filosofía política de Rousseau, para quien las instituciones corrompen y anulan al hombre. Sin embargo, es inevitable asociarse y para ello se necesita un acuerdo que facilite por igual los intereses de la comunidad y del individuo. Si ha de haber Estado, que procure el bienestar de todos mediante la puesta en práctica de la "voluntad general" y el gobierno de los mejores. Ardua misión y complejo laberinto que ha dado lugar a que, según el pasaje, tiren de la levita de Rousseau tanto los totalitarios como los liberales. Nunca los eclesiásticos, a quienes Rousseau, como Voltaire, atizaba a modo. Las ideas educativas de Rousseau -mantener al hombre en su primitiva esencia natural- fueron y son apaleadas por su comportamiento personal. Entre idas y venidas, tuvo cinco hijos con la proletaria y analfabeta Thérèse Levasseur -con la que acabó casándose- y a todos ellos los ingresó en sendos hospicios nada más nacer. Voltaire se lo reprocha en la función, Rousseau explica el porqué de su conducta. Es uno de los numerosos frentes de su enconada disputa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario