miércoles, 5 de diciembre de 2018

Cajamarca, la estampida que puso fin al imperio inca.3ºESO

LA RAZÓN CULTURA
Álex Claramunt Soto

La artillería, los caballos y el arrojo de Pizarro llevaron a menos de 200 españoles a derrotar a miles de guerreros.


Francisco Pizarro captura al inca Atahualpa en la celada de Cajamarca, en 1532 / Pablo Outeiral/Desperta Ferro Ediciones


Cuando el inca Atahualpa entró en la plaza de Cajamarca, el 16 de noviembre de 1532, aposentado en unas imponentes andas que sostenían ochenta porteadores, había meditado, con seguridad, el fin que destinaría al jefe de la hueste extranjera que se había internado en sus dominios. Con el cráneo de Francisco Pizarro mandaría fabricar un recipiente para beber chicha –una bebida de maíz fermentado–; de su piel haría cueros para tambores; con sus huesos, flautas, y con sus dientes, abalorios para collares. Entonces en la cima de su poder, vencedor de una atroz guerra civil y ritual contra su hermano Huáscar y al frente de un ejército numeroso y curtido, Atahualpa no alcanzaba a imaginar que, unas horas después, magullado y con los ropajes rasgados, sería cautivo de los extranjeros y sus tropas se habrían dispersado.
Francisco Pizarro, llegado a América treinta años atrás, jugó con habilidad sus cartas. Sabía que, si deseaba someter a un poderoso imperio, poblado por millones de personas, con menos de dos centenares de hombres –105 infantes y 62 jinetes en ese momento; luego se les unieron más–, debía obrar con astucia, sobre todo porque Atahualpa, que había seguido los movimientos de los españoles por medio de espías, sabía ya que no eran viracochas, dioses. El orejón Ciquinchara, que había viajado con Pizarro, se refirió a ellos en su presencia como «quitas pumarangras, que dice gentes sin señor, derramadas y salteadores». El propósito del inca al acudir a su encuentro en Cajamarca no era otro que eliminarlos.
Preparado al milímetro
Pizarro había dividido a sus hombres en tres grupos; todos estaban armados y los jinetes tenían los caballos ensillados. Se mantenían ocultos en espera de que Atahualpa entrase en la plaza. El artillero griego Pedro de Candía apostó cuatro falconetes en el Templo del Sol, desde donde tenía el campo libre para disparar sobre la plaza. Pizarro se reservó para sí veinte infantes con los que se lanzaría en persona contra Atahualpa. El extremeño arengó a los suyos; les pidió, según su secretario Francisco de Jerez, que «aunque para cada cristiano había quinientos indios, que tuviesen el esfuerzo que los buenos suelen tener en semejantes tiempos, y que esperasen que Dios pelearía por ellos; y que al tiempo de acometer fuesen con mucha furia y tiento, y rompiesen sin que los caballos se encontrasen unos con otros». La entrada de Atahualpa en Cajamarca fue espectacular. Abría la marcha un escuadrón de lacayos vestidos con túnicas ajedrezadas que limpiaban el camino por donde transitaba el inca. Luego venían más servidores que danzaban y entonaban cánticos, y tras estos, el inca con sus guerreros de élite, que llevaban armas ocultas bajo sus armaduras. La plaza, para sorpresa de Atahualpa, estaba desierta salvo por un clérigo, fray Vicente de Valverde, y el intérprete nativo Felipillo. El sacerdote instó al inca a que aceptase la religión cristiana y le ofreció una biblia. Atahualpa, sin embargo, arrojó al suelo las sagradas escrituras y ordenó a sus guerreros que se aprestasen. El fraile y Felipillo pusieron pies en polvorosa mientras Pizarro, que empuñaba su espada y sostenía una adarga de cuero, pronunciaba la señal de ataque: «Santiago y a ellos».
El efecto sorpresa fue demoledor. Los cuatro falconetes abrieron fuego, sonaron las trompetas ylos jinetes españoles se precipitaron en la plaza con los caballos enjaezados con cascabeles. El pánico cundió entre los incas, que trataron de escapar de la ratonera casi sin oponer resistencia. Las espadas atravesaban como si nada los sayos de algodón de los guerreros nativos y les infligían heridas terribles. La mayoría de las víctimas falleció por aplastamiento y asfixia en la estampida. Las estimaciones son muy diversas, pero las cifras más plausibles hablan de 1.500 o 2.000 muertos. Entre estos estaba todoel séquito de Atahualpa, que no abandonó a su señor. Pizarro, seguido de solo cuatro hombres se abrió paso entre guerreros y porteadores, asió a su emperador por el brazo y lo derribó.
El secretario Francisco de Jerez anotó las palabras de consuelo del conquistador para Atahualpa: «No tengas por afrenta haber sido así preso y desbaratado, porque los cristianos que yo traigo, aunque son pocos en número, con ellos he sujetado más tierra que la tuya y desbaratado otros mayores señores que tú, poniéndolos debajo del señorío del emperador, cuyo vasallo soy, el cual es señor de España y del universo mundo, y por su mandado venimos a conquistar esta tierra». Toda una declaración de intenciones que anticipaba, junto con la fulgurante captura del hijo del Sol, la caída irremediable del mayor imperio precolombino.
La ejecución de Atahualpa
La captura de Atahualpa permitió a los conquistadores que tomaron parte en la celada de Cajamarca embolsarse un formidable botín: en torno a un millón y medio de pesos de oro y cincuenta mil marcos de plata. Es decir, más de seis toneladas de oro y once de plata, una cantidad bastante superior al botín de la conquista de México. Poco después de cobrado el rescate Atahualpa fue condenado a muerte y ejecutado, acusado de reunir un ejército en secreto con el objetivo de liberarlo de sus captores y eliminarlos. Esta ejecución, «la más mala hazaña que los españoles han hecho en todo este imperio de Indias, y por tal es vituperada y tenida por gran pecado», le suscitó a Francisco Pizarro muy duras críticas.


No hay comentarios:

Publicar un comentario