viernes, 22 de julio de 2016

Annual: sangre, sed y muerte en el Protectorado de Marruecos.

EL MUNDO.ES

DESASTRE DE ANNUAL
La derrota durante la guerra del Rif acabó con más de 10.000 muertos en una sola semana.


Se cumplen 95 años de la escandalosa derrota de la que se responsabilizó a Alfonso XIII y que acabaría provocando el golpe de Primo de Rivera.



Los camiones estaban atravesados al frente de la carretera a su cruce con el río Igan. Volcados, con los heridos de los días anteriores en sus interior rematados por los rifeños, muchos de ellos degollados, sobresaliendo por las puertas o tirados en el camino.
Cuando los soldados los vieron, se derrumbaron, y el poco ánimo que les quedaba desapareció por completo. La sombra de una estampida general, como el día antes en Annual, recorrió la columna de 3.000 soldados que mandaba el general Felipe Navarro y que se retiraba de forma desesperada, aunque esta vez con un cierto orden, desde la fatídica plaza a Melilla, objetivo que no alcanzarían nunca.

Los 220 jinetes del Alcántara afrontaron su destino con determinación: iban a morir lanzándose a descubierto contra los rifles enemigos.

Muertos de miedo a su paso por el río seco y atenazados por la espantosa visión de los heridos, supuestamente evacuados esa misma mañana, el terror afloró con más fuerza al tiempo que los miles de fusiles de los rifeños comenzaban a sonar desde ambos lados de la carretera. Fue entonces cuando llegó la hora del Regimiento de Cazadores Alcántara número 14.
La caballería, que mandaba el teniente coronel Fernando Primo de Rivera, y que estaba formada en ese momento por unos 220 jinetes, afrontó su destino con estoica determinación: iban a morir lanzándose a descubierto contra el enemigo. Sus cargas suicidas eran la única oportunidad para cubrir la retirada de los 3.000 soldados que caminaban por la desértica carretera a duras penas, destrozados, exhaustos, sin agua, bajo el sofocante sol del caluroso verano del Rif.
Carga del Regimiento de Caballería Alcántara según el pincel de Augusto Ferrer-Dalmau.

De haber sucumbido al pánico general y huir en desbandada para salvar sus vidas, los jinetes del Alcántara habrían podido alcanzar la plaza de Batel, abandonando a la masacre al resto de combatientes, que, sin orden ni concierto, como había sucedido el día anterior durante el abandono de la plaza de Annual, habrían corrido en todas direcciones en un dramático sálvese quien pueda, acribillados por los hombres de Abd el-Krim.
La historia del cúmulo de despropósitos es muy acorde a los dramáticos sucesos del Desastre de Annual: una cadena de errores e irresponsabilidades por parte de los altos mandos del Ejército que desembocó en la que posiblemente fue la peor derrota de la historia militar de España y una de las más sonadas de todas las guerras coloniales.
Aunque el llamado Desastre de Annual se refiere solo al 22 de julio, la retirada comprende cuatro episodios repartidos entre los días 17 de julio y 9 de agosto de 1921: Igueriben, Annual, río Igan y Monte Arruit, en los que murieron entre 8.000 y 10.000 hombres.

La dramática secuencia comenzó con el asedio de la posición de Igueriben, a unos 5 km de Annual, que, cercada por los rifeños, sin apenas municiones, provisiones ni agua, y sin poder ser socorrida por las cercanas fuerzas del general Silvestre, cayó el 21 de julio. Los refuerzos solo podían acceder a través de un empinado camino, que salvaba un desnivel de 200 metros, que dominaban los rifeños, haciendo imposible cualquiera de los intentos por socorrer el blocao.

Ofensiva de Abd el-Krim
Ese mismo día, los 19.000 hombres al mando de Abd el-Krim cayeron desde las alturas sobre Annual, el principal campamento de la región oriental, al mando del cual estaba el comandante general de Melilla, el general Manuel Fernández Silvestre, que ordenó la retirada antes de suicidarse o caer muerto por el enemigo, un misterio sin resolver, puesto que su cuerpo no apareció nunca -ver núm 121 de La Aventura de la Historia, págs. 134-138-.
Silvestre había sido el artífice de un espectacular e imprudente avance desde Melilla hasta Annual a lo largo de la carretera que pasaba por Nador-Monte Arruit-Titsuin-Batel-Dar Drius-Ben Tieb y Annual -ver infografía- camino que habrían de recorrer de vuelta, de forma penosa, tratando de alcanzar Melilla y hostigados continuamente por el enemigo.
Fueron ocho interminables días, del 21 al 29 de julio: los que tardaron en recorrer los 60 km que separaban Annual del fuerte de Monte Arruit, donde la columna de 3.000 supervivientes, escoltada por el regimiento Alcántara se refugió hasta el 9 de agosto. Ya antes de la heroica carga del río Igan, los soldados de Fernando Primo de Rivera se convirtieron prácticamente en la única unidad que tuvo capacidad de respuesta a partir de la caída de Igueriben, preludio del masivo ataque de las fuerzas rebeldes del Rif.

El alma de la retirada

Según el coronel de caballería retirado Antonio Bellido, autor de El Alcántara en la retirada de Annual (2005), basado íntegramente en el juicio contradictorio de 1930 y el expediente Picasso (1922), cuando el general Silvestre supo de la situación límite a la que se enfrentaba el comandante Benítez en Igueriben, ordenó a la caballería, con base en Dar Drius, que acudiera a asegurar las posiciones adyacentes -Yebel Uddía e Izummar-.
Tenían la misión de cubrir su propia llegada desde Melilla, con el resto de fuerzas de Regulares disponibles, para hacerse cargo de la situación y para poder organizar una expedición de socorro a los hombres de Benítez. Los cinco escuadrones llegaron a los alrededores de Annual y estuvieron preparados hasta el último momento para cargar, loma arriba, en ayuda de los hombres del destacamento de Igueriben que, mientras tanto, agotaban sus últimos cartuchos, literalmente, después de haberse bebido la tinta, la colonia y sus propios orines, tras cinco días de combate sin poder ser aprovisionados.

La situación, que ya era trágica, comenzó a empeorar considerablemente. Desde Annual fueron incapaces de ayudar a los cercados. Sea como fuere, Benítez quedó abandonado a su suerte y moriría junto a 339 de sus 350 soldados. Cuando cayó definitivamente la posición, hacia las seis de la tarde del día 21, los escuadrones del Alcántara fueron enviados de vuelta a Dar Drius.
Silvestre había comprendido de golpe que estaba rodeado, en proporción de uno a cuatro, sin apenas provisiones, y quiso evitar que le cortasen la eventual retirada por la carretera que iba de Annual a Ben Tieb, Dar Drius, Batel, Titsuin, Monte Arruit, Nador y, finalmente, Melilla.

La sangrienta marcha
Por si fuera poco, las unidades de Regulares de Policía indígena, teóricamente leales y que defendían diversas posiciones clave para asegurar el campamento de Annual, se rebelaron asesinando a los oficiales españoles y pasándose al enemigo. Silvestre dispuso entonces lo necesario para abandonar el campamento a primera hora de la mañana. Lo que sucedió a primeras horas del 22 de julio es conocido. En cuestión de horas, el repliegue se convirtió, primero, en franca retirada, y después, en desbandada general.

Fueron ocho interminables días, del 21 al 29 de julio: los que tardaron en recorrer los 60 km que separaban Annual del fuerte de Monte Arruit, donde la columna de 3.000 supervivientes

Cuando hacia las 10.30 de la mañana los hombres de Fernando Primo de Rivera llegaban desde Dar Drius hasta el alto de Izummar (750 m) para proteger de forma ordenada el repliegue general, aparecieron los cerca de 5.000 hombres de Annual que corrían ya despavoridos por el desfiladero: una serie de gargantas y barrancos que descendían desde el alto. Las dos columnas habían rebasado el puente sin dar tiempo a que la caballería tomara posiciones para repeler el fuego enemigo, que dominaba las alturas. El resultado fue una carrera despavorida, en la que se mezclaron oficiales con la tropa, servicios de intendencia y heridos en confuso tropel.
Desde la carretera, Primo de Rivera intentó poner orden a punta de pistola, tratando de reorganizar la situación. Fue del todo imposible, ya que había cundido el pánico y se había perdido todo vestigio de jerarquía militar. Tras permitir que la marea humana rebasase su posición, los escuadrones se fueron desplegando primero por las lo- mas que dominaban el paso y después por la carretera que iba a Ben Tieb y Dar Drius tratando de repeler escalonadamente los continuos ataques del enemigo. A partir de Ben Tieb el fuego decreció. Las columnas habían superado los desfiladeros de Izummar y los barrancos, y el camino transcurría ya por una llanura que permitía a la caballería desplegarse por los flancos.

Abatidos, desordenados, sin material, que habían ido abandonando en el camino, finalmente, y gracias a la actuación del Alcántara, los restos de la tropa llegaron al fuerte de Dar Drius entre las primeras horas de la tarde y el anochecer, según recogen los numerosos testimonios que se incluyeron en el expediente elaborado por el general Juan Picasso entre 1921 y 1922, para tratar de esclarecer los hechos. Más de 2.000 combatientes habían muerto en cuestión de horas, entre ellos muchos de los jinetes del Alcántara (100 según algunas versiones) que a pesar del terrible esfuerzo mantenían suficiente número de efectivos y caballos -unos 300- al terminar el día.

La última carga
En Dar Drius aprovecharon para dar de beber a los caballos y para descansar unas horas. El general Navarro y el teniente coronel Primo de Rivera reorganizaron la maltrecha columna, y esa misma tarde enviaron un primer convoy con heridos a Batel. Las órdenes de Melilla fueron las de continuar la retirada, que se planificó para el día siguiente, debido al extremo cansancio, la sed y el hambre de todos, incluyendo los caballos y el ganado.
Se organizó un nuevo convoy de heridos que partió a primeras horas de la mañana hacia Batel en los camiones y vehículos que se encontraban en Dar Drius y que de nuevo protegieron los jinetes de los escuadrones. Este convoy, que fue atacado por las harkas a su llegada al río Igan, sería el que encontraron, con sus integrantes muertos, los soldados de la columna de Navarro unas horas más tarde en la emboscada del río seco.

Sobre las dos de la tarde, la columna de los 3.000 hombres llegó al paso del río Igan. Allí desaparecería como tal el Regimiento de Cazadores número 14 Alcántara. El teniente coronel Primo de Rivera desplegó sus escuadrones a ambos lados de la carretera, el 1, el 2 y el 4 a la derecha, y el 3 y el 5 a la izquierda. Las lomas que se formaban en las laderas del río, que cruzaba la carretera, facilitaban la emboscada. Como en Izummar, aunque menos abrupto, los rifeños dominaban las alturas. Fue entonces cuando comenzaron las cargas pendiente arriba de los jinetes.

Sable en mano
Se lanzaron sable en mano hasta las posiciones del enemigo, atrayendo las balas mientras la columna proseguía su retirada. Cargaban hasta las primeras líneas abatiendo a sablazos a los rifeños, en medio de la nube de polvo que se levantaba con los sucesivos galopes, los caballos que caían rodando ladera abajo junto a algunos de los rifeños y los propios soldados españoles muertos. No se trató de una única y desesperada carga, sino que se hizo con cierto orden: tras llegar a las primeras líneas, regresaban, haciendo turnos. Hasta cinco veces cargaron los escuadrones contra el enemigo, según queda constatado en el juicio contradictorio que se abrió en 1921, según los testimonios de quienes pudieron ver la heroica acción de primera mano.

Regimiento aniquilado
De los aproximadamente 220 efectivos de la unidad, ese día cayeron en las cargas suicidas cerca de 180. Cuando los últimos soldados hubieron pasado el río Igan, los supervivientes de los escuadrones se reunieron en la carretera con la columna por no tener ya efectivos para desplegarse, consiguiendo llegar a Batel. La penosa epopeya, sin embargo, no había concluido.
Los restos de todos los escuadrones permanecieron en Batel primero y Titsuin después, hasta el 29 de julio, agotando todas las reservas de agua y provisiones. La mayoría de los caballos murió de sed, y los pocos que quedaron se emplearon para transportar a los heridos. Los escasos supervivientes del Alcántara comenzaron a luchar pie a tierra desde ese momento. El día 29, el general Navarro recibió desde monte Arruit la orden de retirarse hasta esta posición, un fuerte situado a 30 km de Melilla.
La pesadilla de aquellos ocho días de muertes, repliegues desesperados y penalidades de todo tipo tuvo aún el peor desenlace imaginable en Monte Arruit. Cercados, sin poder acceder a los pozos, solo socorridos por bloques de hielo que lanzaba la aviación, los restos de toda aquella tropa defendieron como pudieron la posición algo más de una semana, hasta el 9 de agosto.

La masacre
Navarro recibió entonces la orden del general Berenguer de pactar una rendición con los líderes de las harkas rifeñas. Cuando se pactó por fin y salieron los supervivientes, el enemigo se lanzó sobre ellos asesinando a toda la guarnición aproximadamente 3.000 soldados- excepto unos sesenta que fueron hechos prisioneros. Los cadáveres, muchos de ellos con signos de haber sido torturados, quedaron insepultos, esparcidos a las puertas de Monte Arruit, hasta que se retomó la posición tres meses después.
Nunca se depurarían responsabilidades. El expediente Picasso, que se presentó en el Parlamento en abril de 1922, levantó ampollas en el Ejército. El clima se enrareció por la escandalosa negligencia de los altos mandos, con el general Silvestre y aun el propio rey Alfonso XIII a la cabeza. El general Miguel Primo de Rivera, hermano del héroe del Alcántara, que murió en Arruit a causa de la gangrena tras la terrible amputación de su brazo, fue el que salvaguardó con su golpe de Estado a los que podían haber respondido de aquella sangría.











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