viernes, 15 de julio de 2016

Libros: La derrota de la retórica contra Dáesh

AHORA SEMANAL

El filósofo francés Philippe-Joseph Salazar, discípulo de Derrida y Barthes, analiza la lucha contra ISIS sin distorsiones cognitivas.


Fuerzas progubernamentales iraquíes patrullan el al-Dhubat II, barrio de Faluya. MOHAMMED ALI / AFP / GETTY

Normalmente, la acción antiterrorista es uno de los pocos espacios de la acción pública que queda al margen de los debates entre las principales fuerzas políticas. Mal que bien, aquel que se atreve a criticar los fallos de seguridad queda manchado con una pátina de oportunismo, propio, sobre todo, de la extrema derecha xenófoba. Ahora bien, si esto tiene unas virtudes reconocidas por todos —y es algo demandado por los expertos—, tiene daños colaterales. Entre ellos, el más criticado y conocido es el de la invasión de la privacidad por la insuficiencia de controles. Y la falta de debate sobre si dicha política antiterrorista está siendo o no efectiva. Suponemos que sí, confiamos en los expertos como en un médico con un conocimiento inabordable para nosotros.
Así funcionó contra el terrorismo europeo de los 70, contra el etarra en España desde la Transición, y así parecería indicar que funciona contra el terrorismo islámico tras los continuos atentados frustrados por las fuerzas de seguridad y los servicios de inteligencia en Occidente, tanto de los que tenemos noticia como de los que suponemos que se impiden. Sin embargo, advierte el filósofo y retórico francés Philippe-Joseph Salazar (París, 1955) en Palabras armadas, el marco conceptual en el que se basa toda la política que se aplica contra Dáesh es profundamente erróneo y solo enmascara la incapacidad para asumir el problema. Es una política de seguridad consistente en dar patadas y echar la pelota hacia delante.

Palabras armadas se ajusta bien a lo que anuncia el subtítulo: Entender y combatir la propaganda terrorista. “Nuestros códigos retóricos están desarmados”, diagnostica Salazar, que ha reunido varios escritos y conferencias en un ensayo lúcido y polémico sobre una materia poco acostumbrada a los cuestionamientos públicos, desde la erudición propia de sus maestros BarthesLacan o Fumaroli.
El marco conceptual en el que se basa la política que se aplica contra Dáesh es erróneo, según Salazar
Lo que argumenta Salazar es que la política contra Dáesh privilegia una acción (la venganzacontenida, “la gestión del terrorismo”, como la denomina) que no sirve de nada sin un cambio en el enfoque retórico con el que la acción política, el periodismo y la opinión pública identifican, nombran y asumen el problema que supone Dáesh. “Que muera el califa, asesinado por un dron, no cambiará nada: tendrá un sucesor.” Salazar contrasta el uso magistral de la oratoria islámica de los imames (Corán significa recitado: está en la naturaleza del modelo retórico musulmán ser verbal, oratorio, proclamatorio) con el hecho de que Occidente aún no sepa cómo nombrar a los que asesinan en su capitales: ¿Dáesh? ¿ISIL? ¿IS? ¿ISIS? ¿Estado Islámico? ¿Por qué no Islamista?
Luchar mejor, no más
El núcleo de la impugnación de Salazar es que, en su lucha contra Dáesh, Occidente aplica un marco jurídico-político ajeno a la realidad islamista para el diagnóstico del problema, además de estrategias de comunicación negligentes para contrarrestarlo. Y pide que nos quitemos la venda de los ojos, no para luchar más (Putin y compañía), sino bien. Comenzando por saber qué es el enemigo: un califato. “Una vez se ha proclamado el califato, este existe. Es performativo.” Creer que por dejar de nombrarlo sus seguidores van a dejar de comportarse como si no lo fuera es una ilusión absurda. “Así es como la sublengua parasitaria se va imponiendo. Usemos, pues, califato, este y no otros, y no volvamos a decir ‘terrorista’, sino ‘guerrillero’ y ‘soldado’.”

Se trata de una guerra que necesita, en opinión —polémica y discutible— de Salazar, tanto servicios de inteligencia como retórica política churchilliana. Y apunta una explicación a esta carencia: frente al uso de la alegoría en el Islam, “la Europa cristiana se resistió al deseo de acoplar la poética y la retórica al razonamiento lógico: esa es una de las fuentes del racionalismo europeo y del progreso científico”.
Es decir, es necesario volver a las arengas militares y a las declamaciones de De GaulleMalraux. Generar comunidad en la misma medida en que lo hace el califato. Porque “el patinazo esencial es la negativa a ver el yihadismo como algo más que una patología de imbéciles”. Desde luego, no será admitiendo inferioridad para asumir y nombrar el horror como se podrá contrarrestar: “Mientras no hayamos comprendido que los valores republicanos ya no tienen la fuerza declarativa y categórica de las formulaciones de la fe mahometana, tendremos déficit de armamento discursivo”. Para el autor, el equivalente occidental a la arenga religiosa del Califato sería la proclama militar en pos de un objetivo común.     
Desventaja propagandística
Es interesante la insistencia de Salazar en la desventaja propagandística de Occidente —y en general de las democracias liberales— respecto a las promesas del califato. “El califato, en la e-mecánica de internet, apuesta por la calidad y nosotros por la cantidad. Apuesta por el heroísmo, nosotros apostamos por la prevención. Apuesta por el ideal, nosotros apostamos por la cotidianidad. Apuesta por la trascendencia, nosotros apostamos por la middle-class. Apuesta por el valor, nosotros apostamos por unos valores. Nosotros queremos ‘obtener los medios de’, el Califato, en cambio, se fija unos fines.”
Lo que propone, tras un diagnóstico sin prejuicios, es la  vuelta al diálogo con el enemigo
Y aunque de todo lo anterior se podría colegir que Salazar es poco menos que un neocon camuflado tras lecturas ingentes de psicoanalistas franceses, la parte propositiva niega la mayor, y es donde se encuentra la parte más sugerente del libro. Porque lo que el autor propone, tras un diagnóstico sin prejuicios y distorsiones cognitivas, es la inevitable vuelta al diálogo con el enemigo —algo impensable ahora en los servicios de inteligencia, cancillerías y opiniones públicas—, conversaciones que organicen una tensión bélica a la antigua usanza, con emisarios y acuerdos. “En caso de negociaciones, lo primero es saber que no bastará con enviar diplomáticos que hablen árabe. Habrá que pensar en islámico, hablar en islámico, argumentar en islámico. Ponerse al nivel retórico del adversario.” Hay que volver al realismo y recordar la regla de hierro de las relaciones internacionales: que no son relaciones en el sentido tranquilizador del término, sino precisamente relaciones de fuerza. “El Califato nos devuelve a la Realpolitik”, porque así “los guerrilleros y los milicianos del Califato se verían forzados a entrar en la norma de nuestros códigos.”

Critica a las autoridades antiterroristas por haber “estetizado” al enemigo, por no aceptar su naturaleza, y por actuar contra él sin entender su marco conceptual. Sus argumentos caen, a veces, en la luminosidad retórica capaz de convencer durante la lectura, aunque su enmienda a la totalidad pierde credibilidad tras dejar el libro y repensar sus razones. Cuesta creer que todos los servicios de inteligencia del mundo, con los principales semiólogos y expertos en retórica y comunicación a su servicio, estén equivocados de plano. No obstante, bienvenida una crítica pausada, estilísticamente brillante y con argumentos en un asunto en el que, en pos del consenso bientencionado, hemos dejado la réplica en manos de los extremos xenófobos y viscerales. Al calor de la amenaza y los atentados crecientes, quizá pueda servir para mejorar la lucha contra Dáesh. O, al menos, para comprender mejor a qué nos enfrentamos y qué alternativas a los ataques selectivos están ya sobre la mesa.




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