viernes, 15 de julio de 2016

Rusia-OTAN, ¿socios o adversarios?

AHORA SEMANAL

Las tensiones con Moscú refuerzan el papel de la Alianza Atlántica como elemento central de la defensa del continente.


Exagerando solo un poco cabría pensar que, tras la reciente Cumbre de la OTAN, buena parte de sus 28 miembros están obligados a agradecer a Rusia los servicios prestados. La apuesta militarista que Vladimir Putin viene impulsando ha permitido a la Alianza trasmitir una cierta imagen de unidad y seguir dotándose de razones de ser como elemento central de la defensa europea.
Con la mirada centrada fundamentalmente en el este, lo que supone rebajar la atención prestada a la periferia sur, la Alianza ha decidido hacer un ejercicio de aparente firmeza ante Moscú. Así hay que entender en principio la decisión de desplegar cuatro batallones en Estonia (liderado por Gran Bretaña), Letonia (Canadá), Lituania (Alemania) y Polonia (Estados Unidos). Pero un análisis más detallado deja ver inmediatamente las fisuras de esa medida. En primer lugar, no colma las expectativas de los países afectados, que llevan años demandando el despliegue permanente de tropas aliadas en su suelo y ahora se deben contentar con un sistema rotatorio ideado para no soliviantar a Rusia. Al mismo tiempo, se sigue retrasando sine die la entrega de material letal al Gobierno ucranio, aceptando de hecho una invasión y ocupación de ese territorio sin atreverse a una confrontación directa con Moscú. En la misma línea, se opta por pasar de puntillas por la reiterada petición de Ucrania y Georgia para convertirse en miembros plenos de la OTAN.
Putin busca aprovechar las discrepancias en la UE para poner fin al régimen de sanciones, que se revisará en enero
Y todo ello para no molestar más allá de lo conveniente a una Rusia que se presenta como meramente reactiva ante lo que considera (no sin razones para sostenerlo) un creciente asedio que ha llevado a la Alianza a las mismas puertas de la Federación Rusa. Para entender la situación, desde una perspectiva meramente geopolítica, bastaría con pensar cómo se sentirían la OTAN y la Unión Europea si hoy Rusia y sus fuerzas armadas tuvieran un nivel de injerencia similar en las inmediaciones de Alemania o Francia.

Es imposible determinar a estas alturas quién dio el primer paso que desencadenó la actual dinámica de tensión, pero es mucho más fácil entender que Moscú sigue dispuesto a emplear sus bazas para recuperar una zona de influencia que considera propia. Con esa idea mantiene conflictos congelados como los de Georgia, Ucrania, Moldavia y ahora Nagorno-Karabaj, presiona a Bielorrusia, redespliega sus unidades de combate en el Distrito Militar Occidental o moderniza su arsenal nuclear para evitar el efecto del escudo antimisiles estadounidense en suelo europeo (contando además con que su inferioridad convencional le lleva hoy más que nunca a apostar decididamente por la disuasión nuclear como recurso fundamental).

Lo que ya no es tan sencillo es calibrar hasta dónde están dispuestos a llegar la OTAN y la UE en esa espiral desestabilizadora. Sirva de ejemplo el interés de Francia por forzar un Nuevo Consejo OTAN-Rusia (13 de julio), tratando de evitar que se pueda romper una cuerda que liga intereses geopolíticos y geoeconómicos, y la insistencia de su presidente por calificar a Rusia como socio y no como adversario. Frente a esa postura cabe identificar la de los vecinos europeos de Rusia, temerosos de verse nuevamente abducidos ante la pasividad aliada. Aun así, incluso las divergencias son notorias entre ellos, como se comprueba ante la propuesta rumana de incrementar el despliegue naval en el mar Negro y la resistencia turca y búlgara a dar ese paso. Unas discrepancias internas, con Grecia añadida abiertamente al carro de los más contemplativos con Moscú, que a buen seguro seguirá aprovechando Putin para debilitar la oposición a sus designios… y para poner fin al régimen de sanciones que debe ser revisado el próximo enero.

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