domingo, 10 de diciembre de 2017

La pugna por Jerusalén: una guía para principiantes. 4º ESO

EL PAÍS Internacional
Juan Carlos Sanz

Vademécum histórico y legal sobre disputa por la Ciudad Santa, enconada tras la declaración de Trump.



“Jerusalén de oro, de bronce, y de luz”, reza el estribillo del considerado como himno de la Ciudad Santa; un homenaje al singular reflejo de los atardeceres sobre sus fachadas de piedra caliza. Es también un tributo no declarado a la dorada cúpula del Domo de la Roca, el santuario islámico donde el judaísmo ubica el sanctasanctórum de su desaparecido templo. Yerushalayim, en hebreo; Al Quds, para los árabes, este caravasar escasamente estratégico de las colinas de Judea siempre ha estado en disputa como emblema religioso. La tradición cristiana también observa con atención el escenario de la crucifixión, muerte y resurrección de Jesucristo. Así que más de 3.000 millones de fieles de las tres religiones monoteístas están pendientes de sus vicisitudes.
La declaración del presidente Donald Trump, que ha reconocido esta semana a Jerusalén como capital de Israel, ha enconado la controversia sobre su statu quo —dejado a propósito en el limbo durante siete décadas por la comunidad internacional— y ha desatado la ira de los palestinos, que reclaman la parte oriental de la urbe como capital de su futuro Estado. He aquí un vademécum de las razones del litigio.

Repaso a la historia

El Gobierno israelí afirma que Jerusalén es la capital del pueblo judío desde hace 3.000 años y la del Estado hebreo desde hace siete décadas. El Imperio Romano destruyó su emblemático templo en el año 70 de nuestra era y forzó la diáspora judía. A partir del siglo VII, la ciudad quedó bajo dominación islámica —con la excepción de 200 años de dominación cruzada— hasta que las tropas británicas desalojaron a la guarnición otomana hace un siglo.

Derecho Internacional

El Imperio Británico recibió en 1922 un mandato de la Sociedad de Naciones, precursora de la ONU, para administrar el territorio de Palestina. La Asamblea General de Naciones Unidas aprobó en 1947 un plan de partición recogido después en la resolución 181 del Consejo de Seguridad para crear un Estado judío, que fue proclamado al año siguiente bajo el nombre de Israel, y otro árabe, que no llegó a constituirse. Según este plan, la región de Jerusalén —que incluía la ciudad y varias poblaciones próximas, como Belén— debía permanecer bajo control internacional como corpus separatum.
La guerra que estalló entre fuerzas judías y fuerzas de los países árabes dio al traste con las previsiones de la ONU. El nuevo Estado de Israel se apoderó de la parte occidental de la urbe, y la parte oriental, que incluía el recinto histórico amurallado, quedó en manos de Jordania. El armisticio firmado en 1949 estableció una Línea Verde divisoria sembrada de alambradas y barricadas. Israel declaró el oeste de la urbe como su capital, a la que trasladó la sede de la mayor parte de sus instituciones. La comunidad internacional no aceptó esta decisión unilateral y siguió considerando que la Ciudad Santa se hallaba bajo un régimen especial internacional.

Situación de hecho

La Guerra de los Seis Días que libró el Ejército hebreo hace 50 años contra una coalición de Estados árabes, se saldó con la ocupación por parte de Israel de Jerusalén Este, incluyendo los santos lugares de la Ciudad Vieja: la basílica del Santo Sepulcro cristiano, el Muro de las Lamentaciones judío y la Explanada de las Mezquitas islámica. En 1980, la Knesset (Parlamento) aprobó la incorporación del sector oriental y de poblaciones anejas de Cisjordania en un solo municipio, al que declaró capital “eterna, unida y permanente de Israel”. La resolución 478 del Consejo de Seguridad condenó la medida por considerarla contraria a la ley internacional.
Un total de 16 países, entre ellos 13 latinoamericanos, llegaron a contar con una embajada en la parte occidental de la Ciudad Santa, pero todos acabaron trasladando las legaciones a Tel Aviv después de la anexión de la parte oriental. Hasta el pronunciamiento del presidente de Estados Unidos del pasado miércoles, ningún país había expresado su reconocimiento a la capitalidad israelí sobre Jerusalén.

Consecuencias de la decisión

Los analistas del International Crisis Group Ofer Zalzberg y Nathan Tharll sostienen que la declaración del presidente republicano, que justificó como “un reconocimiento de la realidad”, resulta ambigua y no aclara sus objetivos. Ambos expertos precisan que los responsables diplomáticos norteamericanos subrayan que en ningún punto del texto del mandatario se definen las fronteras de Jerusalén. El Departamento de Estado ya ha anticipado que el traslado de la Embajada desde Tel Aviv tardará al menos dos años en hacerse realidad. Finalmente, destacan en su informe que la resolución del Consejo de Seguridad 2334, aprobada hace menos de un año, obliga a todos los Estados a “distinguir en todos los asuntos relevantes entre el territorio del Estado de Israel y los territorios ocupados a partir de 1967”.
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