miércoles, 27 de febrero de 2019

El «loco» contra el «monstruo»: así fue el rocambolesco rapto de Felipe IV (Francia) al Papa Bonifacio VIII. 2º ESO

ABC HISTORIA
I. V.

La acción fue más propia de un «thriller» actual de Hollywood que de una disputa política entre los dos hombres más poderosos del medievo, pero sucedió de verdad en Agnani (Italia) en 1303.


Retrato de Bonifacio VIII

La Francia de finales del siglo XIII y principios del XIV estuvo gobernada por Felipe IV. Un monarca polémico, intransigente, retorcido y severo que gobernó en uno de los momentos más violentos de la historia de la humanidad: las cruzadas, los enfrentamientos feudales, las epidemias, las grandes hambrunas, las persecuciones religiosas y los complots políticos. Algunos, incluso, le consideraban preso de su locura. Quizá por eso, además, planeó y ordenó uno de los episodios más rocambolescos de la Edad Media, al enviar en 1303 a un grupo de mercenarios a secuestrar al Papa Bonifacio VIII.
Retrato de Felipe IV el Hermoso
Retrato de Felipe IV el Hermoso
La acción fue más propia de un «thriller» actual de Hollywood que de una disputa política entre los dos hombres más poderosos del medievo. Pero sucedió de verdad. El enfrentamiento comenzó a finales del siglo XIII por cuestiones fiscales, después de que Felipe IV exigiera al clero francés el pago de una serie de impuestos para afrontar los gastos de su guerra contra Inglaterra. El Papa se opuso y, en 1296, promulgó la «Bula Clerecis», en la que amenazaba con condenar a la excomunión a los que cobraran dichos tributos sin su autorización.
Bonifacio VIII tampoco era precisamente un santo. Nacido en una familia noble de Agnani (Italia), en 1235, estudió derecho antes de convertirse en cardenal, en 1281, y Papa, en 1294. No tardó mucho en defender que su autoridad era suprema, superior a la de los poderosos reyes europeos. Se dice que era autocrático, vengativo y tendente a abusar de su posición para enriquecerse. En su corte, de hecho, le conocían como el «monstruo». Y según sus enemigos hizo gala del apodo, puesto que creen que para acceder a su puesto había asesinado a su predecesor, Celestino V. ¿Cómo? Clavándole un clavo en la cabeza.

Un tira y afloja

Ante la amenaza de excomunión, Felipe IV reaccionó limitando el envío de dinero de las diócesis francesas a Roma y Bonifacio se vio obligado a aceptar las demandas del Rey. Además, el monarca arrestó a un obispo francés cercano al Vaticano. Aunque el Pontífice exigió su liberación mediante un documento oficial en el que declaraba su poder legítimo sobre el Rey, no lo consiguió. Este documento fue la «Ausculta fligi» (1303), cuyo objetivo era reprender públicamente la actitud del monarca. Después le ordenó que acudiera a Roma para celebrar un concilio junto al episcopado francés. También se negó y, además, prohibió la asistencia de los clérigos. la reacción de Bonifacio VIII fue promulgar una nueva bula, «Unam Sanctam» (1302), que una vez más no consiguió ablandar ni amedrentar al Rey.
La escalada de violencia entre ambos aumentó hasta el punto de que Felipe IV acusó al Papa de herejía, blasfemia, sodomía, brujería y simonía (intención de negociar con los asuntos espirituales), según recogía la historiadora Barbara W. Tuchman en su libro «A Distant Mirror: The Calamitous 14th Siglo» (1978). Pero este contraatacó con la excomunión del monarca de la Iglesia, lo que supuestamente le liberaba oficialmente a él y los súbditos franceses de rendir obediencia al monarca. Y cuando parecía que la tensión no podía alcanzar niveles más alto, sucedió lo inesperado: un grupo de mercenarios al servicio de Felipe IV acudió a Agnani (Italia) para secuestrar al Sumo Pontífice.
El Rey galo se había cansado de la guerra dialéctica y decidió pasar a la acción militar. Se dejó asesorar por su canciller, Guillermo de Nogaret, que encontró a un aliado, Sciarra Colonna. Este último era miembro de una poderosa familia romana cuyas tierras habían sido confiscadas por el Papa. No le faltaba, pues odio hacia el Vaticano. Juntos consiguieron reunir a un pequeño ejército de varios cientos de soldados con el objetivo de raptar al Papa Bonifacio en su propia residencia de Agnani y llevarlo a Francia para que fuera juzgado por sus enfrentamientos con la Monarquía gala. La opción inicial de Colonna era matarlo, pero su idea no se impuso.

Sin oposición

A principios de septiembre de 1303, los soldados de Nogaret y su aliado llegaron a la pequeña población italiana donde residía el Pontífice, situada a 65 kilómetros de Roma. El día 7 atravesaron las puertas de la ciudad sin la más mínima oposición, y gracias a los traidores que habían comprado en el interior, para llegar hasta los límites del palacio del Papa. Junto a él solo quedaban dos cardenales y algo del personal servicio. El resto, había huido.
El Pontífice, sin que se sepan muy bien las razones, consiguió que Colonna le concediera una tregua de nueve horas con respecto al sitio. Bonifacio esperaba que los propios vecinos del pueblo lo rescataran, pero eso no ocurrió, por lo que le fueron leídas desde el exterior las demandas de Felipe IV. Entre ellas estaban, por supuesto, que renunciara al cargo. Aunque parecía que no tenía la más mínima posibilidad de escapar, Bonifacio se negó a dimitir y se encerró en su fortificado palacio a esperar la muerte. Sin embargo, los mercenario de Felipe IV encontraron otra entrada a través de la Catedral adyacente y, después de destruirla, se introdujeron en el palacio asesinando a varios sirvientes, entre ellos, el arzobispo de Estrigonia, Gregorio Bicskei.
Los detalles de lo ocurrido a continuación varían según la fuente. La mayoría, sin embargo, coinciden en que el Papa se sentó a esperarles en su trono con la diadema pontificia perfectamente colocada en su cabeza. Cuando aparecieron, Colonna y De Nogaret privaron a Bonifacio de agua y comida durante tres días. El objetivo era que se debilitara tanto como para tener que dimitir, pero el pontífice resistió y se negó rotundamente. Cuentan que Colonna, lleno de odio, incluso llegó a abofetearlo con un guante de hierro. En «Los templarios: el ascenso y la espectacular caída de los guerreros sagrados de Dios» (2017), de Dan Jones, no menciona ninguna bofetada, pero asegura que los secuestradores lo «maltrataron».

El pueblo, al rescate

Durante aquellos tres días, los mercenarios de Felipe IV saquearon todo el palacio y discutieron qué hacer con el Pontífice. Fue en ese momento cuando a los lugareños les dio un ataque de conciencia y, preocupados por que los abusos de los captores en la ciudad, acudieron en ayuda del Papa Bonifacio y forzaron a los invasores a huir. Las noticia llegó a Roma y un contingente de caballeros acudió rudo para acompañar al Pontífice de vuelta al Vaticano. Este, sin embargo, se había debilitado tanto por los tres días de torturas y humillación que falleció de repente un mes después sin haber podido vengarse o cobrarse justicia.
El odio de Felipe IV contra Bonifacio y el Vaticano no se detuvo con la muerte del segundo, puesto queeste inició una campaña de desprestigio en la que se dedicó con ahínco a borrar la memoria del Papa. El sucesor, Benedicto XI, murió ocho meses después de ser nombrado. Algunas hipótesis dicen que fue envenenado por órdenes del monarca, quien presionó a continuación para que el arzobispo galo Bertrand de Got fuese elegido Sumo Pontífice. Fue nombrado en 1305 como Clemente V y se convirtió en el primer Papa de la historia en residir de forma estable en Aviñón.

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