sábado, 23 de febrero de 2019

La «virreina desdichada», la trágica historia de la poderosa española ultrajada por casarse con Colón. 2º-3º ESO

ABC HISTORIA
César Cervera

María de Toledo y Rojas, esposa de Diego Colón, alcanzó el nuevo continente y mostró allí donde estuvo que era «matrona y ejemplo de ilustres mujeres», que dijo el cronista de Las Casas.


Cristóbal Colón ante los Reyes Católicos en la corte de Barcelona (V. Turgis, siglo xix).


De los 45.327 colonos que llegaron a América en el siglo XVI, hasta 10.118 eran mujeres. Españolas intrépidas que, con intención de difamarlas, han sido tradicionalmente presentadas como prostitutas y mercancía para disfrute de los pervertidos y violentos conquistadores. Estampa que obedece a la Leyenda Negra y contrasta con las pacíficas madres de familia que llegaron al norte del continente de la mano de los puritanos ingleses. Una mentira que, en definitiva, se derrumba simplemente con conocer el perfil de algunas de ellas. María de Toledo, «la virreina desdichada», es un buen ejemplo de mujer repleta de personalidad y capacidades.
Ciertamente, muchas de las españolas que llegaron en las primeras remesas a América (desde el tercer viaje desembarcaron de forma masiva) eran madres solteras que buscaban en el Nuevo Mundo una sociedad más abierta. Lo cual no las convertía automáticamente en lo que entonces se designaba como mujeres públicas. Es más, en una fecha tan temprana como 1515 la Corona obligó a todos los cargos y empleados públicos a embarcarse siempre con sus esposas, lo que también implicaba a madres y hermanas. Las 10.118 mujeres eran así ricas y pobres, religiosas y prostitutas, aventureras y labradoras...

Molestias y desvergüenzas a la casa del Almirante

Antes de que fuera una obligación acompañar al patriarca, María de Toledo y Rojas, esposa de Diego Colón, alcanzó el nuevo continente y mostró allí donde estuvo que era «matrona y ejemplo de ilustres mujeres», que dijo el cronista de Las Casas. Esta noble castellana, nacida en 1490, era sobrina del II Duque de Alba y, con ello, estaba emparentada lejanamente con el Rey Fernando El Católico.
La Casa de los Toledo vio en el matrimonio con Diego Colón, hijo y heredero del navegante, una oportunidad de alcanzar influencia en los territorios descubiertos por Castilla. De ahí que el Duque de Alba tomara partido en los llamados Pleitos Colombianos entre la familia Colón, apartada por momentos del Nuevo Mundo, y la Corona. En estos términos escribió el poderoso noble a su primo:
«Vuestra Alteza por me hacer merced metió al Almirante de las Indias, mi sobrino, en mi casa, casándole con Doña María de Toledo, mi sobrina, la cual merced yo tuve por muy grande cuando Vuestra Alteza lo mandó hacer y así la tengo ahora, si por mi débito junto con sus servicios y méritos del Almirante, su padre, él recibe de Vuestra Alteza las mercedes que yo espero que han de recibir todos los que a mi casa se allegan, y faltando esto, no era merced la que Vuestra Alteza me hizo en casalle con mi sobrina, mas volverse ya en mucha vergüenza mía y menoscabo de mi casa».
«No dejaron de hacer algunas molestias y desvergüenzas a la casa del Almirante, no teniendo miramiento en muchas cosas a la dignidad, persona y linaje de la dicha señora Doña María de Toledo»
Isabel La Católica tenía claro que la familia Colón no podía seguir monopolizando el proceso de conquista y pacificación de los nuevos territorios descubiertos por Castilla. Fue a partir del tercer viaje del Almirante cuando se abrió el abanico a otras expediciones a cargo de Alonso de Hojeda, Juan de la Cosa, Vicente Yáñez Pinzón, Diego de Lepe, Pedro Alonso Niño... No obstante, a la muerte de la Reina y de Cristóbal Colón, dos años después, se volvieron a abrir las puertas del poder de las Indias Occidentales a la familia del navegante. Tras la intervención del Duque de Alba, el gobernador de Castilla, Fernando El Católico nombró gobernador de las Indias y Tierra Firme a Diego Colón en sustitución de Nicolás de Ovando, que entre 1502 y 1509 había logrado pacificar y sanear la isla de La Española por orden de Isabel.
Poco después de su boda y del nombramiento de él como gobernador, Diego y María iniciaron la travesía a través del Atlántico, con fecha del 3 de junio de 1509, al frente de una nutrida corte de sirvientes y familiares. Su llegada se desarrolló entre festejos, trifulcas con el gobernador saliente y un huracán que destrozó la ciudad de Santo Domingo. Mal augurio.
El reparto de encomiendas y las tensiones entre hombres que buscaban el lucro personal a toda costa, incluso contraviniendo los designios de la Corona, convirtieron los primeros años de la conquista en un foco de rebeliones y luchas fratricidas. La facción denominada colombina debió enfrentarse constantemente a enemigos tanto en América como en España.
Durante un viaje a la Corte de su marido, María de Toledo debió dar un paso al frente como representante de este asediado grupo. Quedó como teniente del gobernador, enfrentada a jueces y oficiales que, según de Las Casas, «no dejaron de hacer algunas molestias y desvergüenzas a la casa del Almirante, no teniendo miramiento en muchas cosas a la dignidad, persona y linaje de la dicha señora Doña María de Toledo».
No ayudaba a su escasa popularidad entre los conquistadores que Diego y su esposa, alineados con las leyes de protección de los indios, no escatimaran en críticas a«los que han robado y destruido la Indias y muerto los indios pobladores de ella».

En busca de una sentencia interminable

Como explica el catedrático Luis Arranz Márquez en la entrada dedicada a este personaje en el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia, «a pesar de su entereza» la condición femenina de la «virreina» pesó en su contra y muchos jueces desistieron de hacerla caso. En 1518, hizo un viaje rápido a Sevilla para reunirse con su marido, que continuó moviéndose entre ambos lados del charco ante los constantes cambios en la Península.
La muerte del Rey Fernando colocó en el trono de las Españas a su nieto Carlos de Gantes, que exigió al Almirante Colón presentarse inmediatamente «donde yo estuviere con toda diligencia sin vos detener [...] y en ninguna manera dilatéis una hora vuestra venida porque de lo contrario me tendría de vos por muy deservido»; y le amenazaba, si no obedecía, con hacerle «perder todos los privilegios, títulos, mercedes de juro y de heredad de por vida que de nos tengáis en cualquier manera y todos vuestros bienes».
Ilustración de Diego Colón
Ilustración de Diego Colón
La cuestión de fondo es que Diego Colón se había convertido en gobernador por gracia real, no por determinación jurídica, puesto que los pleitos seguían su curso. Carlos I no se fiaba de él ni de su familia, de modo que prefería tenerle cerca. No obstante, tanto fue el cántaro a la fuente que, de repente, se rompió. El hijo de Cristóbal Colón murió mientras se dirigía a Sevilla para asistir a la boda del Rey con Isabel de Portugal en 1526.
Aislada y humillada dentro y fuera de España, María no tuvo mucho tiempo para llorar a su marido, pues determinó ir a España a seguir el pleito con la Corona una vez pusiera orden en Santo Domingo. Como tutora de sus hijos, sentía que era su responsabilidad vigilar, junto a la casa de su marido y a la suya, el devenir de sus intereses en América.
La causa legal para determinar los beneficios que le correspondían a los herederos de Colón seguía enredada en la maraña de la burocracia castellana. La Sentencia de Valladolid, en junio de 1527, declaró nulas las anteriores sentencias de Sevilla (1511) y de La Coruña(1520), ordenando que el pleito se viera de nuevo en su totalidad. Así se hizo con la Sentencia de Dueñas (1534), una de las más contrarias a los intereses de los Colón, si bien María de Toledo recurrió el dictamen y contestó a los que plantearon en esas mismas fechas que el descubrimiento de las Indias se debía más que a Colón a otros como los hermanos Pinzón.
«No anduviese ella (la virreina) aquí con tantas fatigas y trabajos como andaba tanto tiempo ha, cargada con sus hijos, gastando lo que no tenía e importunando a Su Majestad, que le era lo más sensible»
A pesar de contar con el apoyo de los Toledo, del hermano de Diego, Hernando Colón, e incluso de la Emperatriz Isabel, fue necesario mucho trabajo y años para que a la «desdichada virreina», como gustaba presentarse, se la escuchara con claridad en la Corte «porque no anduviese ella (la virreina) aquí con tantas fatigas y trabajos como andaba tanto tiempo ha, cargada con sus hijos, gastando lo que no tenía e importunando a Su Majestad, que le era lo más sensible». Solo tras catorce años de idas y venidas, se encontró un final a estas fatigas a través del arbitraje del Cardenal-obispo de Sigüenza, fray García de Loaysa, presidente del Consejo de Indias, y del doctor Gaspar de Montoya, del Consejo de Castilla. Ambos dieron su laudo en Valladolid, el 28 de junio de 1536, por el que los herederos de Colón recibieron el título de almirante con carácter hereditario y distintas rentas, en tanto se suprimía el virreinato y la gobernación general de las Indias para su familia.
La «desdichada» logró, además, que su hijo Luis Colón fuera nombrado capitán general de la isla La Española en 1540 y que se enterraron los restos de Cristóbal y Diego en la Catedral de Santo Domingo. Con una ayuda económica de la Corona, partió en 1544 de vuelta a América, donde tras catorce años de ausencia se encontró con un hogar desastroso. Remesal lo cuenta así:
«Halló su hacienda robada, los hijos ausentes, y esto y el ser viuda, fue causa que los vecinos no le hiciesen el acogimiento ni le tuviesen el respeto que al ser quien era ella, sin ser Virreina, se le debía».
Pocos años después, concretamente cinco, murió María en su palacio en Santo Domingo. Fue enterrada en la capilla mayor de la catedral, a los pies de su marido.



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