jueves, 13 de junio de 2019

75 años desembarco de Normandía I

EL MUNDO 
Alberto Rojas






Sainte Mére Eglise (Normandía) / Portsmouth / Londres / Duxford
Rezaban para que la liberación llegara del cielo, pero las que llegaron fueron las bombas. Una de ellas fue a caer de noche en una casa de la plaza del pueblo. El cura tocó las campanas a rebato y los vecinos acudieron en pijama para apagarlo. La guarnición alemana se puso en alerta. En esos momentos iniciaba su descenso el paracaidista John Steel , de la 82 división aerotransportada de EEUU. Le ilusionaba pensar que iba a ser uno de los primeros soldados aliados en pisar la Francia ocupada, pero se quedó enganchado del campanario. Desde ahí vio cómo sus compañeros se precipitaban lentamente hacia el suelo y los alemanes los mataban a placer, iluminados por el fuego de la casa en llamas.
Maniquí colgado de la torre de Sainte Mere Eglise, en honor al paracaidista John Steel, de la 82 aerotransportada de EEUU. / GETTY
Steel, sordo por el estruendo de las campanas, se hizo el muerto y salvó la vida. Sus compañeros acabaron tomando esta pequeña población normanda una hora después, el primer pueblo en ser liberado en Europa por los aliados horas antes de que comenzara el gigantesco desembarco en las playas cercanas. Hoy, un muñeco vestido de paracaidista domina desde las alturas Sainte Mére Eglise en honor a Steel y aquella generación que cruzó el océano para acabar con la tiranía nazi.
Pasado y presente dialogan en Normandía. En una de las tabernas del pueblo cuatro soldados alemanes todos de uniforme y llegados con la delegación de la canciller Merkel toman cervezas junto a un puñado de militares de EEUU que acompañan a Donald Trump. Hace 75 años, alemanes y estadounidenses protagonizaron aquí algunos de los combates más fieros de la Segunda Guerra Mundial. A los paracaidistas que se quedaban colgados en los árboles los soldados de la Wehrmacht los quemaban con un lanzallamas. A su vez, los americanos tenían órdenes de no hacer prisioneros para no ralentizar la misión y ejecutaban a sangre fría a los alemanes que se rendían. Hoy brindan y se hacen selfies juntos.
Miembros de un grupo de reconstrucción histórica posan con sus jeeps en Sainte-Mére-Eglise. / ALBERTO ROJAS
El kilómetro cero de la invasión aliada (y de la Europa en paz que estaba por venir) es ahora un bastión de Marine Le Pen, igual que el resto de Normandía. Hay un adhesivo que se repite en semáforos, buzones y carteles de las ciudades y pueblos de esta parte del país. Sólo contiene una palabra: 'Frexit'. En 1944, a los paracaidistas aliados, como Steel, les encantaba atravesar campos llenos de vacas. Era la garantía de que no estaban minados. Esas vacas, que hoy siguen dominando el verde paisaje normando, simbolizan en parte a esta población que se ha vuelto eurófoba.
Los precios de la leche, los impuestos por las nubes y la sensación de abandono de todas las administraciones, tanto en París como en Bruselas, han calado en los ganaderos, con beneficios mensuales que no sobrepasan los 400 euros al mes en la mayoría de los casos. El año pasado se ahorcaron, se dispararon o se cortaron las venas más de 700 ganaderos en Francia. Le Pen les ofrece "patriotismo económico" y salir de la PAC. Música para sus oídos.
Pero volvamos al 5 de junio de 1944. Faltan horas para que se ponga en marcha el mayor desembarco de la historia y ya tenemos a 23.000 paracaidistas cayendo del cielo en plena noche. Los aviones Dakota sufren el viento y el fuego de artillería antiaérea, que les obliga a hacer maniobras evasivas. Eso dispersa a los soldados por zonas no previstas y los desorienta, incapaces de saber dónde se encuentran, pero confunde aún más a las guarniciones enemigas, que creen que se enfrentan a fuerzas aún mayores. Además, junto con paracaidistas de carne y hueso, lanzan otros que son meros maniquíes. Los informes se extienden rápido por las radios alemanas: "Nos están lanzando espantapájaros. Es una maniobra de distracción".

Hotel Lutetia, en el centro de París, antiguo cuartel general de la inteligencia alemana en la Francia ocupada. / ALBERTO ROJAS


El Día D, la mayor operación anfibia de la historia, se está fraguando en muchos lugares. Viajemos a alguna de estas chinchetas en el mapa la noche anterior a la invasión. En el hotel Lutetia de París, cuartel de la Gestapo y la inteligencia alemana, yace con su amante el general Edgar Feuchtinger, responsable de la división de infantería que vigila las playas normandas. En el Berghof, el refugio alpino de Hitler llamado pomposamente 'El nido del águila', el doctor Morell, su médico personal, le ha administrado su cóctel de fármacos para que pueda dormir.
En Evreux, Fritz Witt, general de la división blindada XII SS Panzer, una de las más poderosas y fanáticas del Tercer Reich, bromea frente a la chimenea con sus coroneles, convencido de que los saltos en paracaídas reales o de muñecos son sólo una maniobra de distracción del verdadero desembarco, que según ellos sucederá en el paso de Calais. El responsable del llamado Muro del Atlántico, más propagandístico que real, es Erwin Rommel, el legendario 'Zorro del desierto', que tampoco está en su puesto, sino en Berlín, en el cumpleaños de su mujer. Todo aquel que tiene que tomar una decisión en el Tercer Reich o duerme o está de vacaciones o está drogado o está borracho de 'schnapps'.
Imagen del puerto militar de Portsmouth (Reino Unido), del que salieron el grueso de las tropas de invasión durante el Día D. / ALBERTO ROJAS
Para seguir el relato de aquella noche tenemos que cruzar el canal hasta Portsmouth. De este puerto británico sale el grueso de la armada. Empaquetados en naves de guerra viajan ya 130.000 soldados aliados y 5.000 lanchas de desembarco. Hoy sobreviven aquellas tabernas y pubs en su puerto donde se bebía ron como marca la tradición de la marina británica en honor del almirante Nelson o del pirata Drake.
Al fondo, barcos de guerra británicos esperan destino como parte de la OTAN. En el referéndum del Brexit, esta población, que sirvió de puente para la liberación de Europa, votó masivamente a favor del divorcio con la Unión Europea que tanto contribuyó a fundar. Ahora, en pleno laberinto, muchos temen que un 'no acuerdo' deje a su concurrida aduana en un limbo legal. Sus políticos reclaman a Downing Street 10 millones de euros como contingencia para estar preparados para lo peor, pero no les han prometido más de 300.000 euros.
Soldados estadounidenses a bordo de una embarcación la noche antes del Día-D. / REUTERS
Otro de los protagonistas, el gran jefe Eisenhower, se marcha tras arengar a Steel y a sus compañeros en Greenham Common antes del salto a Francia y se refugia en su camioneta plateada oculta bajo los árboles de un parque londinense. El historiador Antony Beevor lo retrata en su libro 'El día D' fumando cuatro paquetes de cigarrillos y bebiendo demasiado café aquella noche, mientras escribe un texto en el que asume toda la responsabilidad en caso de derrota por si tiene que leerlo en unas horas. Después se tumba a leer una novelilla del oeste, de las que es aficionado igual que Hitler. Acaba de autorizar una operación que costará miles de vidas, pero que puede acelerar el final de la guerra.
Los británicos y estadounidenses tienen los mismos partes meteorológicos, pero los interpretan de manera diferente. Unos hablan de mal tiempo en el canal, lo que hundiría las lanchas. Los otros dicen que no es para tanto. Si Eisenhower hubiera retrasado la operación había que haber esperado otros 15 días, tiempo suficiente para que los alemanes la detecten. Así que toma la decisión de atacar. A los pilotos de caza de la RAF los despiertan en el aeródromo de Duxford con la alarma antiaérea en mitad de la noche. El oficial al mando los cita en la sala de reuniones. Entonces quita la sábana que cubre el mapa y habla: "Señores. Suban a todo aquel cacharro que pueda volar. Vamos a apoyar desde el aire la invasión de Europa". Los pilotos estallan en un pandemonium de abrazos y gritos de alegría.
Para que el engaño salga bien ha sido necesario el concurso de un oscuro espía autodidacta. Conocido como 'Arabel' por parte de los alemanes y 'Garbo' por parte de los británicos, el español Juan Pujol comienza la guerra ofreciendo sus servicios como agente a la embajada del Tercer Reich en Madrid (Paseo de la Castellana, número 4) para operar desde la neutral Lisboa.
Para su propia sorpresa, lo reclutan con la intención de enviarlo a Londres. La información que remite es ampulosa, circular, basada en libros que consulta en la biblioteca y en habladurías sin origen definido, pero le escuchan. Se ofrece también a los británicos, que lo rechazan de mala manera. Sin embargo, como son capaces de leer todo el tráfico de mensajes alemanes de código Enigma gracias al equipo del matemático Alan Turing en Bletchley Park, comprueban que Pujol no miente y es capaz de intoxicar a los nazis con material más o menos auténtico mezclado con mentiras.
Paracaidistas británicos leen eslóganes pintados a tiza en un avión durante el Día-D. / UK ARMY | AFP
Reclutado y convertido en 'Garbo', será capaz de crear una red ficticia de 27 informantes en el Reino Unido (que sólo existieron en su imaginación) y de enviar mensajes que llegaban hasta el propio Hitler. El más importante de todos ellos fue el que situaba el futuro desembarco en Calais, y no en Normandía. También era lo más lógico. Calais está más cerca de Inglaterra, permite ingresar directamente en las zonas fabriles de Alemania y acceder a las plataformas de lanzamiento de las temibles V-1, las bombas volantes que Hitler envía a Londres y que atemorizan a la población con su zumbido.
"Garbo es esencial para que la invasión de Normandía tuviera éxito", comenta a EL MUNDO el historiador James Holland, autor de 'Normandy '44'. "Pero debemos reconocer que la inteligencia aliada estaba mucho mejor coordinada que la alemana. En conjunto, esa suma era más importante que todos los logros individuales". Alex Kershaw, escritor de 'La primera oleada', asegura que el papel de 'Garbo' "hizo que los alemanes tuvieran que dividir sus fuerzas 'panzer' al no saber dónde, cuándo y cómo iba a ser el desembarco".
Interior del búnker de Winston Churchill en Whitehall, Londres, donde podía comunicarse con todo el Imperio británico y dirigía las operaciones. / ALBERTO ROJAS
El primer ministro británico, Winston Churchill, regresa a su búnker de Whitehall por miedo a ese nuevo terror tecnológico de las V-1. A varios metros bajo tierra sigue la operación fumando sus habanos Romeo y Julieta y bebiendo whisky Johnnie Walker etiqueta negra, su favorito. Durante días ha amenazado con embarcarse también a bordo del crucero 'Belfast', pero el rey le convence de que permanezca en Londres. "Yo debería ir antes que usted, que soy marino, y he decidido quedarme en tierra. La misión de un rey es permanecer". Da la orden a la BBC para que emita el mensaje en clave que la resistencia francesa espera. "L'heure du combat viendra" (La hora del combate llegará).
Miles de franceses se ponen de inmediato a volar vías férreas, atacar convoyes, cambiar señales de tráfico y cortar hilos de telégrafo para dejar muda la comunicación alemana. También hay agentes femeninas del Servicio Especial de Operaciones poniendo bombas y matando nazis por todo el norte de Francia, mientras ellos duermen, como Diana Rowden, Violette Szabo o Lilian Rolfe. Muchas de ellas acabarán sus días en el campo de exterminio de Ravensbrück o en el de Dachau.
Tanque Sherman sobre la bahía de Arromanches, en Normandía. Al fondo, restos del puerto flotante Mulberry usado durante la invasión de Normandía. / ALBERTO ROJAS
El alba dibuja una línea azul en el horizonte sobre las 5.45 horas. El 'USS Samuel Chase' sirve el desayuno a los soldados de la primera oleada. Camareros vestidos con traje blanco preguntan a los sorprendidos reclutas qué van a tomar. "Están cebando a los cerdos antes de la matanza", bromea un militar. El fotógrafo Robert Capa está entre ellos. Será el único reportero que desembarque en la primera oleada. Después de comer salchichas con puré todos ciegan el cañón de sus armas con preservativos. Capa hace lo mismo con sus carretes. Nada más subir a las lanchas de desembarco vomitan todo lo que han comido. Morirán dos de cada tres pasajeros de esas primeras embarcaciones con forma de ataúd. Su destino es la playa de Omaha. El día D ha comenzado.

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